Siguen incesantes los ataques rusos, mediante drones a reacción, sobre infraestructuras y viviendas ucranianas, y el balance de víctimas que se suceden a diario en las ciudades del país atacado crece con intensidad desde que la nueva tecnología rusa de drones ha irrumpido en el frente. La incapacidad de las defensas ucranianas para detenerlos hace que Moscú dispare casi a placer. Ayer más de medio millón de habitantes de Kiev carecían de electricidad, y aún estamos a las puertas del inverno. No ha llegado la nieve por allí, pero cuando lo haga poco habrá, tecnológicamente hablando, para defenderse de ella.
¿Ha abandonado EEUU a Ucrania? La pregunta surge tras la denuncia efectuada ayer por Zelensky del no funcionamiento del sistema Starlink, propiedad de Elon Musk, que es la pieza clave de comunicaciones que permite a las tropas de Kiev mantener el contacto entre sí y con los mandos operativos. También es lo que dota a los drones de guiado y les permite localizar los objetivos cuando se trata de atacar posiciones lejanas, desde luego fuera del rango visual del operador. Musk salió ayer a defenderse diciendo que ellos operan la compañía, pero que los permisos de uso son dados por las autoridades norteamericanas dado el carácter estratégico que tiene el sistema. Una manera de escurrir el bulto y pasar la pelota directamente a una Casa Blanca que ayer no dijo nada al respecto, por lo que se puede interpretar que es probable que sí haya bloqueado el acceso y no le importen sus consecuencias. Esta red también permite los ataques en profundidad de Kiev ha efectuado sobre instalaciones rusas, tales como refinerías, centros de datos o almacenes logísticos, y puede que ahí se encuentre la causa última de la decisión de EEUU. A apenas tres semanas de las elecciones de medio término, con una inflación ascendente y récord en el precio de los combustibles, el papel de Rusia como suministrador global e diésel es cada vez más relevante, pero los ataques ucranianos han hecho mella en su capacidad de refino y exportación. Hace no muchos días Washington firmó un acuerdo con Moscú para que los rusos aumentasen sus exportaciones de diésel, levantando en la práctica todas las sanciones que pudiera haber contra ese producto. Este acuerdo fue muy criticado por congresistas demócratas y republicanos, y visto con malísimos ojos en la UE, pero se pactó. Trump alegó que esto iba a permitir contener los precios del combustible, y desde entonces comenzó una serie de ataques verbales contra Zelensky, acusándole de ser el culpable del incremento de los precios por sus acciones contra las refinerías rusas. El que, con su guerra absurda, ha provocado el estrangulamiento de Ormuz lanzando culpas infundadas al presidente de una nación atacada que trata de defenderse como puede. El mundo al revés. Lo cierto es que alguien, probablemente en el Pentágono, ha pensado que una manera de evitar que Zelensky destruya instalaciones rusas es dejarlo a ciegas, cortarle el acceso a la red de Starlink, de tal manera que todas sus acciones ofensivas se convierten en imposibles. Supongo que en esa reunión alguna otra persona añadiría que eso no sólo iba a causar la parálisis de los ataques ucranianos sobre el suelo ruso, sino la incapacidad operativa generalizada en toda la maquinaria de guerra ucraniana, pero es de temer que esta derivada ya estuviera en los planes de los que dictaron la orden de bloqueo. En el fondo, esa decisión no va a suponer nada en el precio global de los hidrocarburos, pero sí es uno de los mayores balones de oxígeno que puede recibir el Kremlin en su ofensiva de invierno. Es todo un regalo.
Evidentemente tanto Kiev como la UE asisten muy preocupadas a todos estos movimientos, en los que parece que la sintonía entre Trump y Putin es algo más que una música de fondo. Es probable que Moscú aproveche esta ventana de oportunidad para arreciar en sus ataques y habrá que ver los daños que puede causar, y las víctimas, temiendo que no sean pocos en ambos casos. Y desde Europa, ante una tensión creciente y con incidentes casi a diario en las fronteras y en el campo de la ciberseguridad, resulta sombrío el comprobar que la fiabilidad del aliado norteamericano se puede convertir en mera traición si así lo determinan los intereses del magnate que lo rige sin rigor desde hace casi dos años.
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