Este miércoles fue el cumpleaños de Putin. 74 años ha hecho la criaturita y, visto su rostro, impasible desde hace décadas, es como si no los cumpliera. Tiene el mismo aspecto vil y sanguinario desde hace demasiados años. Quizás como regalo a su líder, o como muestra de lo que pretenden hacer en estos meses que llevan al invierno, durante esta semana se han sucedido los ataques rusos sobre objetivos civiles en varias ciudades ucranianas. El miércoles más de una veintena de personas murieron en los edificios residenciales en los que vivían en Kiev, alcanzados por uno de esos drones a reacción que las defensas no logran abatir.
Ayer, en una jugada aún más audaz y cruel, una treintena de civiles fallecieron cuando los autobuses en los que circulaban fueron alcanzados por bombas rusas, no está claro si por drones o misiles, en la localidad de Kramatorsk, muy cercana al frente de la disputada región del Dombas. Las imágenes ofrecían una desolación absoluta, en lo que parecía una calle residencial, ancha, bastante diáfana, en la que dos estructuras, como de autobús pequeño, ardían mientras que el asfalto y los alrededores estaban sembrados de chatarra, restos de la explosión y despojos humanos. No costa que hubiera heridos en el ataque, todos fallecieron. En los márgenes de la calle se apreciaban algunos árboles con las hojas ya otoñales, con tonos bellos, que contrastaban de una manera insoportable con lo que se podía apreciar en el primer plano de las imágenes. Los pocos testimonios que se podían captar en la zona eran de rabia pero, sobre todo, de desolación, de impotencia, de incapacidad de asumir lo que había sucedido, un día más, en esa ocasión allí. El uso intensivo de drones de tecnología mejorada por parte de Rusia y la cada vez más acuciante escasez de interceptores por parte de Kiev aumenta día a día la efectividad de los ataques rusos, que no se limitan, ni mucho menos, a la destrucción de objetivos que puedan tener relación con las operaciones militares, no, sino que directamente buscan sembrar el terror en la población civil, que hasta ahora tenía el miedo en el cuerpo pero confiaba en la estadística, que señalaba el muy alto porcentaje de interceptaciones exitosas que alcanzaba el ejército ucraniano. A medida que esa tasa baja el riesgo para los civiles se dispara, a la vez que aumenta la tentación de las tropas rusas de castigar porque sí, de coger barrios donde vive gente, zonas residenciales sencillas, sin nada que ofrecer con carácter estratégico, y castigar con saña, buscando causar el mayor número de civiles muertos y extender al máximo la estrategia del miedo. Hacer sentir a todos los ucranianos que viven en las ciudades que sus vidas corren un peligro cierto. Estas semanas se han vuelto a ver escenas de masas agolpadas en los andenes del metro de Kiev, tratando de buscar refugio para pasar la noche, o el tiempo máximo que sea posible, porque ya no se fían de los pisos en los que viven. Esa angustia, que lleva instalada en la población desde el inicio de los combates está subiendo de una manera que sólo es comparable al mismo momento del estallido de la guerra, cuando toda esperanza se derrumbó y la perspectiva del enfrentamiento militar lo llenó todo. Tras haber resistido el embate inicial de las tropas rusas, detenidas a pocos kilómetros de la capital, Kiev ha vivido numerosos ataques pero con la sensación de jugar a una ruleta rusa de un tambor muy grande, con muchos más huecos de lo normal. Ahora eso ha cambiado, y la proporción de casquillos con los que se juega a esa maldita ruleta rusa ha crecido notablemente. Es de supone que volverá a haber alguna oleada de ciudadanos ucranianos que traten de escapar de su país, a medida que ese riesgo crece, pero el ambiente de acogida que hubo en Europa en el momento del inicio de la guerra ya no existe, o por lo menos no es nada claro. Se estrechan las alternativas sobre esa población.
Cuatro años y medio llevan soportando los ucranianos una situación de violencia, peligro y miseria que, a muchos, desde luego a mí, nos llevarían a la desesperación en un tiempo casi instantáneo. Con el frente bloqueado, el asedio aéreo ruso creciendo, la indiferencia norteamericana cada vez más palpable y la mencionada escasez de interceptores, este invierno que se empieza a echar encima puede ser uno de los más crudos de los que se han vivido allí desde el año 2022. ¿Cuánto y cómo podrán los ucranianos seguir soportando esta pesadilla? Putin, impasible, habiendo convertido a su país en una mera máquina de guerra, en una cárcel para todos los disputen su visión de la realidad, no desiste.
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