Es histórica la vista que ayer comenzó el Rey y la Reina a Ceuta, que hoy continuara con la llegada a Melilla. Es la primera vez que los monarcas acuden a esas dos ciudades, y después de que lo hiciera el rey Juan Carlos y Sofía en 2007, hace ya diecinueve años. Una eternidad en estos tiempos. También es la primera vez, desde Alfonso XIII, en la que el Rey se queda a pasar la noche en Ceuta, cosa que nos hace pensar en la anomalía que se vive en lo que hace a la relación de las instituciones del estado con esas dos ciudades y el miedo atroz que nos corroe frente a las amenazas, siempre veladas, en ocasiones expresas, de Marruecos.
En su discurso de ayer, sin alaracas, sin palabras altisonantes, pero con la firmeza requerida, el Rey dijo un par de obviedades, pero que suenan transgresoras. Dejó claro que la soberanía e integridad territorial de España, como la del resto de naciones, no es negociable y se debe defender, y que Ceuta y Melilla son España, como cualquier otro territorio de nuestro país, y que no se tolerarán acciones hostiles que pretendan alterar esa realidad. Tan sencillo como eso, tan claro, tan fácil de expresar, pero, al parecer, tan imposible de decirlo en la boca de muchos. El contexto en el que se produce la visita otorga a esas palabras toda su relevancia, porque desde que se produjo el intento de invasión de finales de julio, Ceuta vive una situación de anormalidad incuestionable, de dejadez por parte de las autoridades del estado, de descontrol en la mayor parte de las realidades en su día a día y, en definitiva, de sensación de abandono por parte del país al que pertenece, sensación que en todo este tiempo ha estado más que fundada en los hecho desarrollados por el gobierno nacional. Bueno, más bien en la ausencia de los hechos que debió llevar a cabo. El acto hostil alentado por Marruecos, probablemente también organizado, ha sido de una dimensión tan inmensa como cruel, y ha dejado a las autoridades de la ciudad, recordemos que posee unos ochenta mil habitantes solo, a merced de una coyuntura inasumible para sus medios desde todos los puntos de vista. La idea de que la frontera se ha vuelto una amenaza para los habitantes de Ceuta se ha convertido en una realidad, el que al otro lado de esa divisoria se encuentra un régimen que no disimula en lo más mínimo sus ansias expansionistas y que muestra el desprecio más absoluto al coste que eso le pueda suponer pone a los ceutíes en la tesitura de tener que defender un espacio con unos medios que no son, desde luego, los adecuados, y con una moral que se mantiene firme entre la población, pero que en ningún momento oculta la angustia que lleva viviendo desde hace dos meses. Con la economía de la ciudad muy tocada, los intercambios comerciales con la península reducidos a lo imprescindible, el turismo desaparecido, los ceutíes viven en una situación de excepcionalidad que nos es muy difícil de imaginar al resto de habitantes del país, empezando por el hecho de que las localidades en las que habitamos no están delimitadas por una valla que marca lindes y derechos. Esa frontera fue, durante varios años, un lugar de intercambio comercial y fuente de riqueza para ambos lados, porque es en esos espacios donde, además de separación, se da una cooperación más intensa, fruto de la necesidad mutua, pero ya desde el Covid Marruecos decidió clausurar todo ese entramado, formal e informal, y comenzar a asfixiar económicamente a la ciudad (igual táctica con Melilla) cortando lazos no sólo económicos, sino también humanos. La presión ha ido creciendo, con el asalto de 2021 se convirtió en amenaza y, desde este verano, es asedio. Ceuta necesitaba una visita real desde hace mucho mucho tiempo. Llega inevitablemente tarde, pero lo ha hecho, y la población se ha volcado con un líder no político, no electo, que ha mostrado la cercanía a su sufrimiento que otros, elegidos y representantes altísimos del estado, no han tenido el cuajo mínimo para expresar. Los vítores de ayer eran sinceros, el orgullo de los que los expresaban era real, como la Real visita que presenciaban.
Han sido los reyes los que han acudido al cementerio musulmán de Ceuta para honrar la memoria de los que allí están enterrados a causa de la invasión del 30 de julio. Ciento cuarenta personas fallecieron en ese desastre, la mayor parte de las cuales ocupa un nicho en ese cementerio ceutí identificadas con un número, porque no se saben sus nombres. Marruecos no ha querido saber nada de ellos, aunque la mayor parte sean ciudadanos de ese país. El Rey de España ha recordado la memoria de las víctimas causadas por la invasión alentada desde Rabat. Eso también es real, y eleva la figura del monarca, le honra. Le sitúa aún más por encima de la mediocridad que nos rodea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario