¿Cómo huir del ruido que todo lo rodea? Sin campaña electoral ya vivimos en situaciones de tensión constantes bastante elevadas, en el trabajo y en muchas otras facetas de la vida. Buscar evadirse es casi un deseo permanente que incluso genera sus propias dinámicas de estrés, convirtiendo lo que puede ser una ayuda en algo contraproducente. A veces basta con no buscar mucha cosa, con estar sentado tranquilamente en un lugar plácido y dejar el tiempo pasar. Algo tan simple que asombra en su sencillez, y que puede llegar a dar vértigo por la antítesis que supone respecto a lo que hacemos cada día.
Este puente, gracias a la generosa hospitalidad de JMCC, he podido pasar unos días con unos amigos en un pueblo de Extremadura, de esos que cuesta ubicar en el mapa porque si no lo buscas con la escala más precisa te escapas de sus calles simplemente al señalarlo con el dedo. Una localidad de apenas un par de cientos de personas de censo, que acoge en fines de semana e interludios como los que hemos vivido a población flotante que, o bien acude a pernoctar en las casas rurales que tiene la localidad o abre las viviendas propias que pasan la mayor parte del año cerradas. Una población con una iglesia, plaza con fuente y dos bares hermosos, uno en cada esquina de la plaza, que tiene piscina que en verano se convierte en el centro de la vida local, pero que en estas fechas ya clausurada, se convierte en un lugar de extrarradio algo desolado, estando como imaginarán a pocos pasos de cualquier otro punto del pueblo. Una localidad que apenas tiene tiendas, pero sí una churrería que abre por la mañana y que, a unos precios de saldo, elabora unas porras que son un regalo para el desayuno y que congregan el mayor de los ambientes en el momento más temprano del día. Una localidad en la que, fuera de la hora del vermut del mediodía, cuando las terrazas de los dos bares se llenan, el silencio domina plenamente sus calles escasas, estrechas y cortas. De vez en cuando pasa algún coche por ellas, y a lo largo de este fin de semana se ha dado el hecho de que han transitado más personas a caballo rumbo a una procesión que se celebraba ayer en el monasterio de Guadalupe que vehículos de ruedas. Uno de esos espacios que no llegan a ser urbanos, pero que suponen el inicio de la comunidad humana, con su aglomeración de casas y estructuras, conformando un espacio habitado, social y de relación. Una población bonita, en la que, como sucede en casi todas las localidades españolas, se agrupan casas con gusto junto a edificaciones amorfas, hechas de retazos, construidas con todas sus formas al aire y sin reparar nada en la estética ni la conformidad con las edificaciones colindantes. Un aglomerado de viviendas en las que uno puede encontrar restos de la historia medieval de nuestro país junto al más barato de los ladrillos sin enfoscar rodeando una ventana de aluminio propia de un cutre pabellón industrial abandonado. Y todo en medio de la quietud absoluta. Creo que era el domingo cuando estaba en el amplio patio que JMCC ha conseguido crear en torno a su vivienda, en una zona de sombra casi permanente, con vistas a una palmera de la propiedad y un limonero del vecino, sin que se pudiera escuchar sonido alguno, y pensaba en que el principal valor que tenía estar allí era que, parafraseando la novela de Bret Easton Ellis, había que hacer menos que nada. De vez en cuando un pájaro, abundantes por la zona, se posaba en las ramas de uno de los árboles que contemplaba, se movía, hacía algo y luego se marchaba. El aire era de una serenidad clara y apenas soplaba el viento, la temperatura era agradable, un calorcito suave nada agobiante, y la tarde de domingo, mágica en este caso al ser el lunes festivo, se dilataba de una manera anormal, como un reloj daliniano, perdiendo su forma y extendiéndose a lo largo del cielo que podía contemplar. No había prisas, no había urgencias, no había móvil, no había noticias, no había sonidos, no había existencias, no había nada.
¿Cuántos se paga por una experiencia así? ¿Cuántos negocios venden esa sensación de relax fabricado a cambio de bastante dinero? ¿A qué lugares exóticos se nos invita a ir para tener experiencias de ese tipo? Basta una buena compañía, un lugar tranquilo y un tiempo sereno para poder alcanzarla, y en esos pueblos olvidados del interior del país resulta casi natural encontrar ese refugio que no pocos buscan con ansia para liberarse, precisamente, de la que les domina. El atasco que viví ayer al mediodía de entrada a Madrid por la A5 era una especie de recordatorio no sólo de que el puente se acababa, sino de que la vida de retiro quedaba atrás, pero a sabiendas que JMCC y su familia, sabios, han creado para sí y los suyos, su propio oasis, su refugio.
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