martes, octubre 20, 2026

Historia del telediario, para Ana Blanco

Ayer, con motivo del setenta aniversario de TVE, se emitió una edición especial del Telediario en el que algunos de los presentadores que han pasado a lo largo de estos años por la casa hicieron su entradilla a las noticias que consideraron más relevantes en todo este tiempo, algunas entre la infinidad de las habidas. Junto a ellos, reporteros de la casa actuales y míticos realizaron locuciones sobre imágenes que contextualizaban la noticia seleccionada, en la que se añadían otras de estilo similar y se hablaba del paso del tiempo en la percepción que ese suceso había dejado en la sociedad. Fue un interesante ejercicio visual y, en parte, de añoranza.

No, cualquier tiempo pasado no fue mejor, no, pero lo nuevo no tiene por qué ser sinónimo de bueno, y soy partidario de dejar que siga lo que funciona y cambiar o arreglar lo que no. De todos los presentadores seleccionados que apareciendo ayer me quedo con Ana Blanco. Ella seleccionó el 11S, la locura con la que se inició nuestro siglo, y en los pocos minutos en los que estuvo delante de la cámara, dio una lección a la gran mayoría de los que hoy se ponen al frente de una cámara en nuestro país para dar noticias. Blanco se jubiló hace no muchos años, salió de la pantalla, en la que había vivido décadas, con un silencio atronador, sin solicitar atenciones ni recibirlas como es debido. Simplemente lo dejó. Tengo mis ideas de por qué, y viéndola ayer me reafirmé en ellas. Blanco es la representante de un periodismo de noticias serio, riguroso, que busca la objetividad, a veces la encuentra y a veces no, pero que en todo momento sabe que está realizando un trabajo profesional, que trata de ser creíble y ve al espectador como un ciudadano que requiere información. Ana Blanco es la antítesis de lo que domina hoy en los medios, televisivos y redes, en los que la inmediatez, el ruido, el adoctrinamiento y el espectáculo lo han copado todo. La propia TVE ha sido la abanderada en la extensión hasta el extremo de un formato de infoentretenimiento que es la mayor perversión de lo que puede representar el trabajo del periodista de informativos, y eso sin contar con el evidente sesgo partidista que todos esos programas tiene ahora mismo en la desvencijada corporación pública. Blanco se pasó la mayor parte de su visa sentada frente a una mesa, contando noticias con una dicción precisa, una entonación suave, nada estridente, nada impostada. Era una imagen de credibilidad enorme. Algunos la acusaban de fría, de aburrida, pero es que creo que los informativos deben ser así, fríos, muy fríos. Si alguien quiere espectáculo que se vaya a los magazines de noche, si es que encuentra entretenimiento en ellos. Contar noticias es una labor seria, en la que hay profesionales que se juegan el tipo en situaciones peligrosas, en la que expertos de verdad saben de los temas de los que hablan cuando son preguntados, en la que hay horas y horas de profesionalidad metidas en piezas de pocos minutos, que a veces quedan mejor y otras peor, porque todos erramos, pero que día tras día se levantan con el mantra que debiera estar en la mente del periodista. Ir, ver, volver y contar. En esas cuatro palabras no hay conceptos como seguidor, redes, trending topic, petar, relato o las demás bobadas que han acabado inundando el mundo informativo de hoy en día. Más allá de la relación de los medios con el poder, que debe ser siempre lo más crítica posible, el informativo debe realizar una labor de composición de la actualidad, de criba y explicación, en la que el rigor debe pesar por encima de todo lo demás. Siempre ha habido informativos de autor con características muy especiales, los de TVE siempre estaban más a favor del gobierno de turno que de la oposición, nada es perfecto, y pretenderlo es absurdo, pero antes existían unas pautas profesionales que impedían que muchos de los horrores que hoy se emiten a diario fueran posibles, no ya por el sesgo, sino simplemente por la cutrez, por la vergüenza que producen.

Creo que Ana Blanco huyó en cuanto pudo de un medio en el que lo fue todo, porque todo el mundo le admiraba, al ver cómo ese medio era devorado por otra forma de hacer las cosas que ella ni compartía ni quería ni entendía. Ana Blanco desapareció sin rencores, pero sin querer saber nada de lo que había hecho durante tantos años de carrera, y decidió esconderse. Sospecho que cuando pone ahora la televisión se le amarga el gesto y se siente ajena a casi todo lo que ve, se siente con algo de rabia por la destrucción de una manera de hacer las cosas que ella encarnó como casi nadie. Si, ayer bastaron un par de minutos para que Ana Balnco hiciera callar a tantos. Menuda lección.

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