El pasado sábado, mientras en Madrid el tiempo aún aguantaba y la tarde era un ir y venir de gente llenado calles y locales, en Francia se sucedían las protestas violentas tras una serie de nuevas manifestaciones, encabezadas por los estudiantes. A lo largo de la tarde las redes se iban llenando de escenas de violencia en París, Marsella, Lyon y otras tantas localidades galas, en las que el protagonismo había dejado claramente de estar en manos de los que encabezaban reivindicaciones sociales para pasar a grupos de guerrilla urbana, pillaje o, directamente, invasión. La violencia escaló hasta alcanzar dimensiones no vistas en muchos años, y los saqueos se sucedieron sin freno.
Quizás la imagen icónica de ese día vaya a ser la del incendio y destrucción del ayuntamiento de Limoges, dotado de un campanario que sucumbe a las llamas y cae en una especie de secuela civil de la flecha abatida de Notre Dame, esta vez no por la desgracia fortuita sino por la mala acción premeditada de unos energúmenos. El balance que dejó ese día, repetido de manera más moderada ayer, es propio de quedar registrado en los libros de historia bajo epígrafes como “el día de la ira” o cosas por el estilo. Más de dos mil detenidos, cientos de policías heridos, un fallecido entre los manifestantes, unos mil quinientos locales afectados por los destrozos, con daños que van desde significativos hasta totales, enormes pérdidas de mobiliario urbano y de dotaciones públicas… es imposible hacer un balance rápido de lo que ha supuesto ese día, pero es probable que la factura se mida en muchos millones de euros, a los que habrá que añadir el lucro cesante, aún más complejo de evaluar, de un fin de semana de turismo en el país que se transformó en reclusión forzosa de los visitantes en sus hoteles si querían salir indemnes de la batalla campal que se desarrollaba en las calles por las que querían deambular. La imagen de un París, Lyon o cualquier otra ciudad de importancia convertida en un campo de batalla sin control alguno ha recorrido los medios de todo el mundo, y se ve perfectamente a grupos de salvajes dotados de armamento pirotécnico y estrategia acorralando a las fuerzas y cuerpos de seguridad, que en muchos casos se ven incapaces de frenar unos estallidos de violencia que son impropios de cualquier tipo de violencia social. Las escenas de pillaje se han repetido a lo largo y ancho del país, con las tiendas de moda y productos electrónicos como principales objetos de ataque. Comercios con los estantes arrasados, fruto del pasto de hordas medievales que no han dejado nada, que se han llevado lo que han podido y destruido lo demás, arrasando con escaparates y mobiliario del interior de los locales. En otros casos el pillaje ha sido menor, porque los locales no tenían los bienes que interesaban a los desalmados, pero los actos de destrucción sí han sido sistemáticos. No pocos restaurantes, bares y establecimientos similares han ardido, quedando totalmente destruidos. Supermercados, tiendas de conveniencia y similares han vivido escenas de pillaje que han causado más daños en forma de destrozos que por el valor de las mercancías sustraídas. En general, el paisaje tras lo sucedido es desolador, con calles completamente mancilladas en las que el peritaje de los seguros comenzará hoy mismo, pero con negocios que, en no pocos casos, verán su supervivencia amenazada por lo que ha pasado. O se establecen una ayudas rápidas y generosas por parte del exhausto estado francés o más de uno de esos comercios tendrá que cerrar para siempre. No serán pocos los que hoy no puedan acudir a su trabajo porque quedó afectado el sábado, o directamente porque la PYME que les contrata no les necesita porque ya no hay ni mostrador desde el que atender los pedidos. Muchos, del extrarradio de las ciudades, contemplarán hoy el paisaje después de la batalla cuando acudan a los centros urbanos.
¿Qué hay de social en todo esto? ¿qué de reivindicativo? ¿qué de negociable? Nada, absolutamente nada. Una cosa son las protestas que se reproducen desde hace semanas con reivindicaciones de todo tipo y otra el salvajismo destructor que se ha visto este fin de semana. Si con lo segundo hay opciones de diálogo y acuerdo, nada puede hacerse ante lo primero a parte de la firmeza policial y judicial. Este discurso es, aproximadamente, el que expresó Macron ayer en su comparecencia ante una nación francesa espantada. Para un opinador sin cargo como yo es válido, pero me temo que para el presidente de un país atribulado resulta claramente insuficiente. A seis meses de las elecciones, Francia emerge como el gran problema económico y social de la UE. Y aún no ha empezado el carísimo invierno que nos espera.
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