Lo primero, destacar que las elecciones de medio término de EEUU tuvieron lugar, hecho del que llegué a tener algunas dudas, dado el comportamiento autoritario del personaje y su tentación de hacer todo lo posible para evitarlas. Con disputas legales en algunos condados, cosa bastante habitual por allí, se puede decir que el proceso se ha desarrollado con normalidad, ajeno a influencias externas, sin que haya denuncias relevante de manipulación de votos, injerencias cibernéticas ni hechos raros que desvirtúen unos resultados que son incontestables, inapelables.
Se daba por hecha la pérdida de la Cámara de Representantes para los trumpistas, algo parecido a nuestro Congreso, que se renovaba en su totalidad, como cada cuatro años. Esta cámara representa la población del país y es la más representativa, valga la redundancia, del sentir político de EEUU. Había más dudas con el Senado, cámara de enorme poder, nada parecido al nuestro, compuesta por dos representantes por cada estado, sea cual sea su población, que se renueva por tercios cada dos años. Pues bien, los demócratas han conseguido la mayoría absoluta en ambos parlamentos, que es lo que allí se denomina “el Congreso” refiriéndose de manera agregada a “the House” y “the Senate”. Una mayoría clara que permite a los legisladores demócratas poner en marcha una serie de proyectos de ley y normas que traten de contrarrestar los poderes presidenciales. El desastre republicano, más bien trumpista, ha sido total, con hechos tan relevantes como que Texas ha elegido a un gobernador demócrata después de décadas de control republicano (estas elecciones bianuales se aprovechan para renovar cargos locales en abundancia). ¿Supone esto el fin de la presidencia de Trump? No, porque el presidente tiene numerosos poderes que son discrecionalmente propios y no necesitan el respaldo de las cámaras para ejercerlos, y puede vetar algunas de las iniciativas que nazcan del legislativo, pero es evidente que, desde ayer, el poder de Trump queda seriamente tocado, por la vía de los hechos, al no poder refrendar sus propuestas en las cámaras, y, sobre todo, por la expresión del hartazgo popular ante la desquiciada manera de ejercer el poder que desarrolla. Muchas son las causas que han provocado el desplome trumpista, probablemente la central sea la inútil guerra de Irán y el enorme coste en forma de inflación que esto ha supuesto para el consumidor norteamericano, que ve como su salario creciente no alcanza a cubrir la cesta de la compra ni el llenado de los depósitos de gasolina de sus enormes e imprescindibles vehículos, pero también hay un descontento profundo por el ejercicio autócrata del poder por parte de un narcisista patológico que ha convertido a la Casa Blanca en el centro del odio nacional e internacional. Los estadounidenses han visto en estos dos años como su prestigio en el mundo se ha hundido cada vez que el patán naranja ha salido en los medios a decir lo que sea, y eso tiene un coste reputacional enorme. Las alianzas forjadas por EEUU durante décadas se están disolviendo por la deriva irracional de una administración llena de extremistas cegados que viven en un sueño falso de grandeza expresado en revoques dorados en todas las esquinas. El fracaso interno y externo de Trump es incuestionable, y ni siquiera las cifras de un PIB creciente pueden esconder un empobrecimiento del americano medio. Las encuestas no dejan de reflejar que la percepción del ciudadano norteamericano sobre la marcha de su país y su futuro es crecientemente negativa. Trump llegó al poder con el lema, falso, de hacer a América grande otra vez, y en dos años no ha dejado de disminuirla, de aislarla, de reducirla, de constreñirla. El resultado de ayer es la justa cosecha a la tóxica inutilidad mostrada en este tramo de su segunda presidencia.
¿Cómo reaccionó el narcisista ante los resultados? Al menos los aceptó, algo es algo, quizás porque no implicaban su salida del poder. Reunió a los medios a las afueras de la Casa Blanca para supervisar las obras de su condenado salón de baile, que es de lo que más está pendiente, y dijo, después de pedir a los electores que al votar pensasen en que lo hacían a él (así actuaron. Y así salió lo que salió) que su nombre no estaba en las papeletas, por lo que él no era el culpable de la derrota, en una excusa a lo Óscar Puente sobre no soldar raíles o cosas por el estilo. El desquiciado que sigue al frente de EEUU no parece que haya sacado muchas lecciones prácticas de su derrota. Es probable que quienes le rodean empiecen a hacerlo, por la cuenta que les trae si quieren seguir cerca del poder después de los próximos dos años.
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