martes, junio 03, 2008

Lluvia

Como traca final de este caótico y oscuro mes de Mayo que hemos vivido, y no me refiero al PP, sino a la meteorología, el fin de semana el cielo se derrumbó sobre Vizcaya. Esta vez los registros de Elorrio, con 58,4 litros entre el Sábado 31 de Mayo y el Domingo 1 de Junio no son los más relevantes. Deusto alcanza los 138 en esos dos días, y Llodio toca la marca de los 130. Garajes anegados, rescates en lanchas y escapadas en la noche bajo las aguas, especialmente en la margen derecha de la ría de Bilbao, que a muchos les han traído a al cabeza los recuerdos de las inundaciones de agosto de 1983, hace ya 25 años.

Todos los que somos de Vizcaya, y hemos llegado a la treintena, tenemos algún recuerdo e historia de esas inundaciones, porque fueron tan “generosas” que afectaron a todas las localidades, no sólo a Bilbao, pese a que fue allí donde los estragos de destrucción y muerte fueron los mayores. A mi me habían operado de fimosis hacía pocos días, en una clínica de Deusto que daba a la ría, donde los astilleros Euskalduna fabricaban lo que a mi me parecían dinosaurios de acero que impresionaban mucho. Tras la operación, normal y correcta, me fui a casa, pero durante algunas mañanas debía ir al ambulatorio de Durango para hacer una serie de curas y cuidados. No recuerdo del día exacto de Agosto, pero esa mañana llovía con una fuerza enorme. Camino a Durango los baches salpicaban una barbaridad, y eso unido a la furgoneta “cuatro latas” que tenía mi padre hacía que el paseo fuese, como decirlo, sosegado. Llegamos a Durango, me hicieron las curas, y al salir seguía lloviendo con fuerza. Camino a Elorrio los charcos cada vez eran mayores, hasta que llegamos a la altura de la chatarrería que sirve de divisoria entre los municipios de Apatamonasterio y Elorrio. Allí, donde el río hace un pequeño recodo entre altos plataneros, las aguas ya se habían salido y ocupaban toda la carretera. Era imposible seguir, así que mi padre optó por meterse a al izquierda, junto a un caserío que linda con la carretera, y aprovechando la ligera pendiente ascendente de la campa próxima, para allí el coche y esperar a que la lluvia parase. Creo que estuvimos bastante tiempo allí, pero recuerdo muy pocas cosas de lo que pude hacer o no. Si tengo fija la imagen de un poste eléctrico que, junto a las curvas de Apata (esto sólo sonará a los “nativos”) empezó a echa chispas, al vencerse algunos pinos de la ladera por el agua y arrastrar cables de la luz en su caída. Era una minitormenta, con descargas, ruido y espectáculo. Pasadas las horas el cielo clareó, las aguas bajaron y pudimos volver a casa, siendo ya el mediodía. Mi hermana seguía dormida en la cama y ni se había enterado de que nos habíamos pasado toda la mañana de “excursión”. En los telediarios del mediodía se mencionaban algunos problemas en las carreteras, pero nada alarmante. Mucho atasco y retrasos, pero poco importantes.

Lo que nadie predijo es que eso era el preludio de lo que vino por la tarde, cuando se desató la tormenta que arrasaría Vizcaya, que caía obre un terreno ya enfangado, y de la que, curiosamente, no tengo ningún recuerdo personal. En Elorrio causó estragos. Arrancó el puente de “tintilín”, el antiguo sito frente a correos, derrumbó al tapia que cubría el rió frente a donde ahora están los baños municipales, y todo furioso, tomo la calle del río como suya, no sólo de nombre. Coches y gente flotando por la plaza, en una imagen que no vi, pero que no puedo imaginar, y que sólo fue el preludio de lo que iba a llegar aguas abajo, cuando el “Bocho” se ahogó, y las siete calles se tornaron en siete bravos y enfurecidos mares, ansiosos de cobrarse sus víctimas.

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