martes, septiembre 12, 2017

Lorena Enebral, cooperante. Una heroína

Llenamos las portadas de periódicos y demás medios de comunicación de noticias importantes, sí, que sobre todo reflejan división, recelo, inquina, sembrada por unos frente a otros. Actos que son fruto de un egoísmo tan inútil como negativo, y que provienen de mentes humanas que no dejan de pensar en cómo servir a sus intereses, cueste lo que cueste. Y tras esos titulares se esconden noticias que, muchas veces, muestran otra cara, la de personas desinteresadas, que actúan por el bien de los demás, que encarnan el más puro de los conceptos de la ejemplaridad descritos por Javier Gomá. Lorena Enebral es, era, una de esas personas, que nunca salió en las portadas de la prensa. Ni siquiera el día en el que fue asesinada.

No conocía a Lorena hasta ayer, cuando de manera rápida su muerte se convirtió en noticia de relleno, de ese periodo de los telediarios que va de “y veinte a menos veinte” en el que la intensidad informativa decrece y las audiencias también. Lorena era fisioterapeuta, profesión en auge en España, fruto de la psicosis desmedida por el deporte en cuerpos no preparados, que se rompen sin cesar. Pero ella no estaba aquí, se había ido a Afganistán, uno de esos lugares del planeta que asociamos al instante al concepto de infierno, y uno de los países en los que el fisioterapeuta es tan necesario como el agua. Allí los mutilados y lesionados por la guerra se cuentan por millares. Muchos son los muertos por las infinitas guerras que no cesan en aquel país, y muchos más son los lisiados que, de una manera u otra, siguen en este árido lado del mundo pero que ya no pueden abarcar con todos sus miembros. Amputaciones, torceduras permanentes, necrosis, todo tipo de lesiones que usted pueda imaginar, incapacitantes en nuestro mundo, y que allí se convierte para siempre en taras absolutas. En ese escenario Lorena ejercía su profesión, como miembro de Cruz Roja, atendiendo a pacientes que nunca hubieran podido pagar por sus servicios. Día a día, como otros muchos cooperantes y voluntarios, religiosos y demás, que están por medio mundo, Lorena pasaba las horas en el dispensario, sito en el norte del país, viendo pacientes, para los que ella era su principal esperanza. En muchos casos la guerra llegó para ellos de forma imprevista, en otros eran combatientes convencidos. Seguro que la mayoría de ellos se encontró con la violencia sin buscarla, les salió al paso en forma de mina antipersonal, de combate imprevisto, de explosivo improvisado que cercenó sus piernas o rompió sus huesos en tantos fragmentos como dolores se pueden sufrir. Para todos ellos Lorena era el agua de la fuente. Su trabajo debía de ser muy duro, por todo lo que afrontaba día a día y por la escasez de medios en la que se movía, escasez general que abunda, cruel paradoja, en aquel país. No soy capaz de imaginar el día a día de su trabajo, de su constante esfuerzo, quizás paliado y recompensado por las sonrisas de aquellos a los que ayudaba, pero seguro que impregnado de sudor, rabia por lo que veía y dolor compartido con sus pacientes. Cada jornada Lorena trataba de mitigar algo del mal que anidaba en torno a ella, y quizás algunos días se dormía pensando que lo había logrado, pero a buen seguro fueron muchas las jornadas en las que la desesperación hizo mella, en las que se preguntaba por el sentido de lo que estaba haciendo allí, en la oscuridad, y sin ver que la guerra dejara de suministrarle pacientes. Como todos, Lorena tendría dudas, miedos, temores y sinsabores, pero cada día se levantaba luchando contra ellos. Frente a privilegiadas vidas, como la de quien esto escribe, que tiemblan ante problemas nimios, Lorena se enfrentaba todos los días a un huracán de maldad humana de fuerza cinco, y trataba de vencerlo, trataba de paliar sus efectos.


Ayer Lorena fue asesinada, al parecer por uno de los pacientes de su consulta, un chico de poco más de veinte años, que escondía una pistola en la silla de ruedas que usaba para moverse. Poco se de las circunstancias de este asesinato, pero anteriormente otros similares se han dado, igualmente contra personal médico que ayuda en aquellas tierras. Muertes promovidas por el fanatismo yihadista, encarnado allí en los talibanes, que lucha contra la medicina moderna, la presencia de extranjeros y todo aquello que el odio incubado en sus corazones vea como una afrenta a una presunta religión. Lorena ya no existe, no abrirá informativos. Pero lo merece, lo merecía. Y sobre todo, debemos reconocimiento a su labor. DEP

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