miércoles, septiembre 06, 2017

Toma y DACA en EEUU

Día a día comprobamos los males que genera el nacionalismo en nuestras vidas, cómo puede envilecer relaciones y generar distancia entre semejantes, agriándolo todo. En España sabemos mucho de esto, y muy bien lo ha escrito estos días Jose Ignacio Torreblanca al respecto de tres nacionalismos excluyentes que han brotado con fuerza en nuestro país, y cada uno de ellos ha generado dolor y miedo. El primero ya mostró exactamente todo lo malo que podía tener una ideología, y los siguientes, a escala, han ido reproduciendo esa vileza. Triste historia. Pensábamos que países como EEUU estaban libres de esa plaga, pero comprobamos día a día que eso no es así, y créanme que el daño que me produce verlo es muy intenso.

El discurso de Trump, ese falso “America first” que esconde un “somos mejores que los demás” apela a la raíz nacionalista de un país definido, paradojas de la vida, por acumulación de inmigrantes. Los norteamericanos son de todas partes, salvo de EEUU, dado que los nativos originarios fueron prácticamente exterminados (y por cierto no por Colón o los españoles, sino por los anglosajones). Muchas de sus medidas buscan crear una fractura en la sociedad entre unos y otros, buscando grupos sociales a los que acusar de los problemas que vive el país. ¿Que el paro es alto en estados industriales en declive? Los inmigrantes son los culpables, así de falso y sencillo. Un discurso de fácil tragadera para poblaciones necesitadas de causas sencillas que expliquen su mala situación. Un desastre. La última medida de este tipo, adoptada ayer, es, si quieren, aún más injusta, dado que supone el bloqueo durante seis meses, con vistas a su desaparición, del DACA, un programa legal que amparaba la situación de los inmigrantes ilegales que, llegados a EEUU siendo niños, algunos casi bebés, han desarrollado toda su vida en el país y ahora, en edad universitaria, forman parte del futuro de la nación. Se les apodó en su momento como “dreamers”, soñadores, porque llegaron para formar parte del sueño americano y, frente a las escasas oportunidades que habrían tenido sus vidas fuera, muchos han logrado estudios y son una fuerza laboral e intelectual enorme. Suponen casi un millón de personas, y encarnan como pocos los valores no ya del sueño americano en abstracto, sino sobre todo del ideal bajo el que se ha construido aquella nación, el de la búsqueda individual del triunfo, el del mérito por encima del apellido, el origen o la condición social. La valía frente a todo lo demás. Y ahora, precisamente desde la más alta instancia del poder del país, que debe entre otras cosas encarnar y velar esas esencias del “sueño” americano, se toman decisiones que son una pura pesadilla. Básicamente Trump ha pasado el marrón del DACA al Congreso, y le ha dado seis meses para que decida, a sabiendas de que no hay consenso al respecto y esperando que esa falta de acuerdo le de la excusa para, pasados los meses, firmar la derogación del programa alegando que el legislativo no le ha permitido hacer otra cosa. Pónganse en la piel de esos cientos de miles de personas, muy jóvenes, que no han conocido en su vida otro país salvo EEUU, que su infancia y juventud ha transcurrido allí, y que ahora se enfrentan a una posible expulsión hacia naciones de las que oyen hablar en casa, pero de las que no saben ni sienten nada de nada. Es desolador. Y pónganse en la piel de sus padres, de sus familiares, que salieron corriendo de esos países en busca de un futuro que, o la economía o la política de aquellas naciones se lo negaban. Que llevan años instalados en EEUU y que han criado a sus hijos allí, haciéndoles sentir parte de la nación en la que viven. El trauma familiar que puede suponer la expulsión se medirá en desgarros, separaciones, traumas y frustraciones por doquier. Amparar a esos soñadores es hacer realidad los principios fundacionales de EEUU. Expulsarlos es una medida tan injusta como cruel, y sólo generará dolor.


Pero, además de todo esto, es una decisión económicamente muy ineficiente. Durante estos días la mayor parte de ejecutivos de grandes empresas norteamericanas, especialmente las del sector tecnológico, han pedido con fuerza que el DACA se mantenga, y que no se expulse a nadie. Ellos son los primeros que saben que la fortaleza de sus empresas está en que los mejores del mundo trabajen en ellas, en atraer a la brillantez para que colabore. Saben que cerrar fronteras, expulsar, echar, es el camino a la pobreza, a perder capital humano, inteligencia. Nada hay que permita defender esta medida de Trump que, nuevamente, se convierte en el peor enemigo de la nación que, presuntamente, dice dirigir.

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