viernes, septiembre 27, 2019

China sigue construyendo a lo loco


Esta semana se inaugura la nueva terminal del nuevo aeropuerto de Beijing Daxin. Situado a 46 kilómetros al sur de la plaza de Tiananmen, la instalación consiste en un único edificio, que se convierte en la terminal más grande del mundo, con forma de estrella de mar, con cinco brazos que se extienden medio kilómetro desde su núcleo central. Diseñado por la fallecida arquitecta Zara Hadid, muestra desde el aire unas formas orgánicas a la vez que futuristas, que se realzan en su interior, de un blanco impoluto. Se prevé que de servicio a decenas de millones de usuarios y complemente al enorme, y camino de saturación, aeropuerto internacional de la ciudad, sito al noreste.

Un edificio de este tipo está asociado a cifras mastodónticas, tanto de variables de obra como financieras, y la tendencia a expresarlo todo en la unidad internacional de medida, el campo de fútbol, es tan tentadora como carente de sentido cuando esas unidades se cuentas por muchos millares, pero hay una cifra que es la que me parece más reveladora de todas ellas, y se mide en tiempo. El aeropuerto empezó a construirse en 2016, y tres años después, repitos, tres años después, se inaugura. Los mies de metros cúbicos de hormigón, los miles de millones de euros de presupuesto, los intuyo miles y miles de empleados que han trabajado para levantar semejante mastodonte y toda su infraestructura apenas son anécdotas frente a la velocidad, inaudita, con la que todo el complejo se ha erigido. En lo que lleva construir un bloque de pisos se ha construido en China la mayor terminal aeroportuaria del mundo. El reto logístico es descomunal, pero aún más lo es la fuerza de voluntad y la determinación que han mostrado las autoridades y todos los implicados en un proyecto semejante. Y pongo a las autoridades delante no por casualidad, sino porque el régimen chino es el que dictamina qué se construye, cómo, cuándo y para qué. Y el resultado asombra. Uno observa imágenes por internet de lo que eran las ciudades chinas hace veinticinco años y lo que son ahora y el cambio es tan radical que parece imposible que haya sucedido, pero es que esa misma sensación se obtiene contemplando escenas de centros urbanos de hace cinco años respecto a hoy. Bosques de rascacielos surgidos de la nada ocupan terrenos que hasta hace apenas unos instantes no eran sino conjuntos de casas bajas, allí donde existían edificaciones. El mapa del gigante asiático está lleno de urbes de nombres que nos son completamente desconocidos pero que dejan, en población y edificios, convertidas a las capitales europeas en pequeñas villas rurales. Y eso por no hablar de megalópolis como la propia Beijing, Shanghái, Xenxen y otras, cuyos habitantes se sitúan ampliamente por encima de los 15 millones de habitantes y cuyos centros de negocio urbano ya no compiten con los occidentales, sino que simplemente los rebasan sin pudor alguno. Apenas Nueva York o Tokyo son capaces de compararse con la imagen de esas megalópolis chinas. Cierto es que los niveles de renta de nuestras ciudades están a una altura comparable a la de sus rascacielos y los suyos son como nuestras tramas urbanas, pero ese diferencial también se acorta día a día. Pero es que si uno se sale de las ciudades comprueba que China ya comienza a poseer los récords mundiales de edificación en todo tipo de infraestructuras. Presas, puentes, túneles, kilómetros de alta velocidad…. Se puede coger cualquier clasificación y los puestos que hasta hace poco estaban bastante ocupados por los países europeos y copados por EEUU son ahora pasto de los chinos, encontrándose lugares desconocidos. Por ejemplo ¿les suena el nombre de Guizhou? Quizás no, a mi hasta ayer nada de nada. Pues en esa provincia se acaba de inaugurar el puente sito en el lugar más alto del mundo y que cruza el valle más alto, con más de quinientos metros de caída desde su vano atirantado. Otra joya de la ingeniería que ha recibido un montón de premios y se suma a los muchos récords que caen del lado chino. Poco a poco estas clasificaciones serán, todas ellas, dominadas por infraestructuras de esa nación.

Estos datos dicen muchas cosas, pero una de ellas, y de las más relevantes, es que el poderío de China como nación y economía no deja de crecer con el tiempo, y su primacía mundial empieza a ser no ya un juego de rivalidad con EEUU, sino otra clasificación que se decanta de su lado. Cierto es que son serios y profundos los problemas económicos, conocidos y no, que se viven en aquel país, pero su crecimiento no cesa, y si en tres años es capaz de hacer el edificio que inaugura hoy, en diez no quiero imaginar lo que puede alcanzar, y lo poco que las viejas y escleróticas naciones europeas podemos hacer para resentir semejante empuje. Da para pensar.

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