miércoles, diciembre 11, 2013

Tres periodistas españoles secuestrados en Siria


Esta semana se ha sabido que Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova, corresponsales del periódico El Mundo, permanecen secuestrados en Siria por milicias próximas a Al Queda desde hace más de un mes. En todo este tiempo de sombra la familia pidió discreción al medio de comunicación para tratar de mantener algún tipo de contacto discreto con los captores. A esos dos nombres debemos sumar el de Marc Marginedas, corresponsal de El Periódico de Cataluña, cuyo secuestro se hizo público a finales de septiembre, nuevamente tras un lapso de tiempo impuesto por la familia desde el momento en el que se produjo su desaparición.

Es triste que haya sido la noticia de estos secuestros de periodistas lo que haya hecho que, por un momento, la mirada de los medios y la opinión pública haya vuelto a girarse hacia lo que sucede en esa sucursal del infierno en la que se ha convertido Siria. Si se acuerda, a finales de agosto y principios de septiembre Siria ocupaba todas las portadas y aperturas informativas porque EEUU amenazaba con intervenir para vengar el ataque que se había producido con armas químicas por parte del ejército de Asad sobre la población civil en las afueras de Damasco. Una guerra que llevaba ya más de un año de duración y cerca de cien mil muertos era noticia por el asesinato de unos pocos centenares de personas y la posible implicación de EEUU en ella. Paradójico y cruel. En aquellos momentos resurgió el debate sobre la negativa de ir a la guerra por parte de las potencias occidentales, y quizás muchos descubrieron entonces que en Siria YA había una cruel guerra en marcha. El gatillazo que sufrió Obama, amagando y no dando, y el respiro de alivio que se sintió en los gobiernos occidentales una vez que se veía que los americanos no iban a intervenir volvió a meter a Siria en el cajón de los problemas olvidables, donde se encuentran guerras y conflictos pseudoeternos, de enorme crueldad y trascendencia, pero que en el fondo a nadie le importan. Y claro, la guerra siria siguió su curso. Con la presencia de inspectores de la ONU parece ser que sin el uso de armamento químico, pero no hay problema para matar a cientos, miles de personas, con bombas, fusiles y cañones. Esas son muertes de segunda, que no suponen turbación para nuestras rocosas y firmes conciencias, y que pueden seguir produciéndose sin límite, hasta la extenuación. De tal manera que Siria ya sólo ocupa algunos espacios en los medios cuando, vaya vaya, las muertes son muy numerosas en un día, o una bomba despanzurra un colegio y mata a varios niños, de manera convencional, no vayan a decir nada ustedes, y en un breve en torno a la mitad del minutaje de los telediarios, los que son largos, se muestra alguna imagen tormentosa de esos niños desparramados por el suelo de lo que era su aula de estudio, convertida en una escombrera. Y luego rápido a otra cosa, a ser posible inocua y dulzona, que borre el escaso y amargo recuerdo que la imagen de los niños haya podido dejar en la mente del sufrido espectador. Sólo la presencia de periodistas internacionales, de un grupo de chalados que no disfrutan de buenos contratos ni de protección ni de condiciones nobles, sólo su existencia sobre el terreno es la que permite tener alguna idea sobre lo que está pasando allí, y que de vez en cuando imágenes como esas logren cruzar las barreras que conforman la mediocre actualidad patria que como fosos y alambres de espino, criban todo lo que a ellas llega e impiden que muchas de las noticias que realmente lo son sean tratadas como tales, y consigan asomarse unos minutos por nuestras pantallas.

Periodistas que se juegan el pescuezo, literalmente, para que usted y yo podamos si no saber lo que pasa en Siria, convertida en el caos absoluto y el en reino de la desinformación, tener una imagen que nos permita recordar que allí, a no mucha distancia de nosotros, la gente sigue matándose en múltiples frentes, todos contra todos, que no hacemos nada por evitarlo, y que de lo que suceda en ese país depende en gran parte el equilibrio estratégico de una de las zonas más complejas e influyentes del mundo. Hay veces en las que la profesión de periodista se asoma al abismo de la zafiedad, se mancha en lo vulgar, obsceno y cutre, y ensucia su nombre y trayectoria. Pero en muchas otras ocasiones el periodista no es sino nuestros ojos y oídos allí donde no podemos ver ni escuchar. Un abrazo y todo el ánimo del mundo a las familias de los tres secuestrados. Que vuelvan pronto a casa

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