jueves, diciembre 19, 2019

Esto se acaba. Resumen nacional del año


Sí, 2019 se nos va, y toca hacer resumen del año, costumbre extendida, vilipendiada por no pocos, pero que es necesaria. Cosas de la vida, el día de ayer fue un perfecto condensado de lo vivido en este loco año, en el que la política se ha enfangado en medio de comunicados interesados de parte, que nada tienen de verdad, y la violencia, fruto del independentismo, ha convertido calles en Barcelona en modernas versiones del Bilbao de los noventa, demostrando que una cosa es el progreso y otra la realidad, y que muchos de los que se visten falsamente de lo primero no son sino vulgares trogloditas que desean cavernas para todos los demás que no comulguen con sus ideas totalitarias

La sensación que me viene cuando termina el año es no sólo de tiempo perdido, sino también de decadencia. Haber tenido que acudir a dos elecciones frustrantes, veremos a ver si también frustradas, hace que no sean necesarias muchas palabras más para definir nuestra situación. La ingobernabilidad se ha extendido por todas partes a medida que el ejecutivo central convierte su provisionalidad en la manera habitual de vivir, y el sectarismo de las formaciones no deja de crecer. Se ha producido la casi liquidación de una formación centrista y el explosivo crecimiento de un partido de extrema derecha, que rivaliza con la extrema izquierda en actitudes y declaraciones absurdas, peligrosas, nada constructivas. El problema del nacionalismo catalán sigue enquistado, y así estará durante las próximas dos o tres décadas, y los que pretenden creer que en una negociación exprés en la que el ejecutivo ceda a todo encontrarán la solución al problema es casi seguro que sólo crearán problemas mayores. Si algo tiene de bueno la situación actual es que, poco a poco, la sociedad puede descubrir que el gobierno no es necesario para todo, que posee instrumentos propios para arreglar sus problemas y que el pulso del día a día lo desarrollamos todos los que vivimos en el país, no sólo los que pretenden ser gobernantes, o juegan infantilmente a ello. La economía sigue creciendo con unos presupuestos que van camino de ser las tablas eternas de la ley fiscal y, aunque debilitadas, las tasas de creación de empleo y de PIB siguen siendo muy positivas, sobre todo si miramos nuestro entorno. La deuda pública sigue desmadrada y crece el problema de su gestión a largo plazo, dado que a corto nadie parece interesado en meterla en vereda. De hecho, todo lo que sean debates de largo plazo, como la educación, las pensiones, la demografía o el reto de la inteligencia artificial brillan por su ausencia en un patio nacional de ráfagas de tuits afilados, donde el posicionamiento debe ser instantáneo, sectario, sesgado y bien cuadrado respecto a la línea ideológica a la que uno se supone que debe pertenecer. Prietas las filas de los nuestros, vienen a decir todos. Esa polarización todavía, por fortuna, no ha calado en la calle y en el día a día, aunque de tanto insistir será inevitable que lo haga. La crónica negra, a la que tan aficionada es parte de nuestra sociedad (no logro entenderlo) ha proporcionado casos jugosos donde el morbo ha seguido predominando sobre el hecho informativo, y la degeneración de ciertos medios es ya evidente en estos aspectos. Cuestiones como la violencia machista han seguido, tristemente, ocupando portadas y espacios, una violencia que no es ahora más frecuente de lo que lo era en el pasado, de hecho creo que nunca la ha habido menos, pero que ahora es denunciada en masa y conocida por todos. Sabido es que para arreglar un problema primero hay que ser conscientes de que existe y enfrentarse a él, y en esos momentos ese problema lo domina todo, y parece que no hay otra cosa.

Como siempre, las noticias que leemos hacen referencia a lo malo que pasa a nuestro alrededor, porque por definición, las buenas noticias no son noticiosas. El ruido puede aturdirnos, pero no debiera cegarnos. Pese a nuestros problemas diarios, vivimos en uno de los países más seguros, desarrollados, civilizados, democráticos y prósperos del mundo. Si la muerte de inmigrantes que tratan de llegar a nuestras costas se produce es porque somos frontera y destino, porque la gente se mata por llegar aquí. El no valorar lo que tenemos es la mejor manera de conseguir depreciarlo, devaluarlo, deteriorarlo. Hay que mejorar muchas cosas, obviamente, pero no seamos ciegos a una realidad de prosperidad que, en el mundo, es cegadora. No seamos como nuestros políticos que, nos guste o no, son parte de nosotros mismos.

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