miércoles, diciembre 04, 2019

La OTAN en punto (casi) muerto


Celebra hoy la OTAN en Londres una cumbre en la que conmemora su setenta cumpleaños. Sería fácil tirar del tópico y hablar de los achaques de la edad de una organización ya veterana, asociando sus problemas actuales con el tiempo que lleva en marcha, pero lo cierto es que la salud de la organización de seguridad y defensa occidental es bastante peor que la de la media de los setentones con los que nos cruzamos cada día en nuestro camino y sus problemas tienen tanto de existencial como de operativo. Es poco probable que la organización pueda sobrevivir mucho más de mantenerse en la situación actual. Algo debe cambiar.

El primer problema, el existencial, surgió cuando cayó el muro. Cuando te asocias para defenderte de un gran enemigo y te quedas sin enemigo gran parte de la asociación pierde sentido. La OTAN empezó a convertirse en una especie de ONG militar, en la que la N de No sobraba por todas partes. Los atentados de 2001 le pusieron de frente a la amenaza yihadista, y se enfrentó a la llamada “guerra contra el terror” tanto en frentes militares como en Afganistán, donde tenía sentido su forma de actuar, como a frentes internos de seguridad e inteligencia, donde el pacto atlántico bien poco podía hacer por definición. Los conflictos de seguridad, cada vez más asimétricos y digitales, la han descolocado por completo y la sibilina presión rusa que aprieta en el este de Europa hace que las naciones amenazadas por Putin vean en la OTAN a un salvavidas que apenas es capaz de coordinarse de manera efectiva para realizar maniobras militares. El otro gran problema del tratado es el de la seguridad europea, que está en el origen de su creación. Al firmarlo, los países europeos, deshechos tras la II Guerra Mundial y con la URSS en las puertas firmaron un pacto mediante el que subcontrataban la seguridad a los EEUU, a cambio de ceder soberanía sobre el terreno. Las naciones europeas occidentales se libraron de los gastos militares y pudieron dedicar esos recursos a reconstrucción física, inversión y gasto social, porque eran los americanos los que gastaban el dinero. A cambio, las directrices de la seguridad del continente se fijaban en Washington y Europa cedía espacios, recursos y lo que fuera menester para que las tropas norteamericanas se sintieran como en casa. Este pacto tiene un cierto componente mefistofélico, porque al final, con el paso de los años, las naciones europeas han ido asimilando como natural el no tener ejércitos propios dignos de tal nombre ni sistemas de defensa que les permitan defenderse de manera autónoma. Están en manos de EEUU en todos los sentidos, y hasta ahora la voluntad emanada desde la Casa Blanca mantenía el pacto sin estridencias, pero se acabó el “hasta ahora”. La llegada de Trump ha puesto esta situación fuera de control. Para el magnate la política internacional no son intereses ni ideologías, sino cuentas de pérdidas y ganancias. Meto dinero en la defensa europea y qué saco a cambio, se pregunta el mandatario de color zanahoria, y sus asesores le dicen que las cuentas no salen bien. Desde su llegada al poder Trump, en este tema, ha tenido una postura muy clara, tanto de desprecio de la propia idea de pacto atlántico como de presión para que las naciones europeas paguen más, mucho más, por su seguridad. Está de acuerdo en seguir como subcontrata pero quiere renegociar los términos económicos del contrato y subir, mucho, los costes del mismo. Ante este movimiento la respuesta europea es diversa y desorganizada. Un grupo de países, encabezados por Francia, quieren lanzarse hacia la construcción de una fuerza de defensa de la UE digna de tal nombre, para garantizarse la independencia del amigo americano, que ya no es tan amigo. Los países del este, amenazados por Rusia, saben que sólo los norteamericanos tienen un ejército de verdad que puede meter miedo a Putin, y no quieren oír nada que no sea seguir el dictado de Washington, y en medio están otros muchos países que ni fu ni fa, parecen carecer de postura propia y, sobre todo, ni capacidad ni deseo de gasto para embarcarse en aventuras

El cruce de reproches que se están lanzando en estas horas Trump y Macron, aderezados con amenazas de aranceles mutuos por impuestos y otras cuestiones económicas es el síntoma de esta creciente división entre las dos orillas del Atlántico, que muestra, en un nuevo contexto, el repliegue del mundo occidental en medio del creciente e imparable auge asiático. Si se consuma el Brexit Reino Unido puede acabar siendo un satélite de EEUU, sometido a sus normas comerciales, y el continente y anglosajonia pueden acabar dándose la espalda, lo que sería nefasto para ambas visiones de una misma realidad política, basada en la democracia liberal y el capitalismo de mercado. Que Macron haya dicho que la OTAN se encuentra en estado de muerte cerebral pueden ser una típica boutade gabacha, pero no está demasiado lejos de la realidad.

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