miércoles, diciembre 18, 2019

Mascar chicle hace seis mil años


En los descubrimientos del pasado juega un papel fundamental la tecnología y la pura suerte. A veces, de casualidad, se encuentran restos o pistas que nos ayudan a componer el puzle de lo que fue o hubo en algún momento, y cada pieza vale la información que somos capaces de extraer de ella. A veces algunas piezas descolocan, como las pinturas rupestres encontradas hace unos días en Indonesia. Datadas hace unos 46.000 años, suponen prácticamente duplicar, de golpe, la antigüedad de los registros de este tipo, y nos llevan a pensar que la capacidad de representación y lo que entendemos como humano es algo mucho más antiguo y profundo de lo que pensábamos. Quién sabe cuántas pinturas yacen en cuevas olvidadas, esperando a ser descubiertas, y qué nos dirán de nosotros mismos.

Ayer, sin ir tan lejos en el tiempo, pudimos hacer un viaje de seis mil años al pasado gracias a algo parecido a un chicle. Se ha publicado un artículo científico en el que unos expertos habían analizado una resina de abedul mascada por alguien en esa remota edad del tiempo. No parece que sea este el primer chicle descubierto de las eras antiguas, pero sí es el primero en el que se han encontrado restos de ADN de la persona que pasó un rato con él en la boca, y esas trazas genéticas, unidas a la capacidad que poseemos para leer la molécula maestra de la vida nos permite acceder a una información que, hace pocos años, sería simplemente inimaginable. La resina mascable ha sido hallada en lo que hoy en día es Dinamarca, y corresponde a una mujer de procedencia relacionada con las tribus de cazadores de la Europa continental, no de las poblaciones originarias que ocupaban esas tierras escandinavas. Lola, que así ha sido apodada esta mujer, sufría de problemas dentales, que con casi toda seguridad le acarrearían la pérdida futura de alguna de sus piezas. Los rastros de la goma mascable no acaban ahí, porque se ha podido determinar que antes de entretener sus mandíbulas con el chicle Lola cenó pato y avellanas, lo que es una dieta bastante sana para la época actual (y casi para la presente). Resulta curioso que ese pedazo de ungüento masticable, que intuyo que ahora tendrá una consistencia sólida por el paso del tiempo, sea capaz de darnos tanta información, y nos permita imaginar la escena en la que tras la cena, no se sabe si sola o en compañía, Lola disfruta de un momento de relax masticando, sin pensar en mucha cosa. Es imposible saber lo que pasaría en ese momento por su cabeza, qué pensaba, en qué creía, qué le preocupaba, a quién amaba, pero uno piensa en esa escena y es imposible no encontrarle un cierto aire familiar, un regusto a lo que nos pasa a cada uno de nosotros hoy en día, cuando terminamos de comer o cenar, y durante unos instantes miramos a la nada y pensamos un poco, buscamos algo de relajo, pasar el tiempo. Nada de la vida de Lola es como la nuestra, y casi seguro que cualquiera de nosotros no sobreviviría más allá de unos pocos días en su mundo, que se nos haría tan ajeno a nuestras mentes como lo sería el nuestro para ella. Su visión de lo que hoy es Dinamarca sería sorprendente, completamente ajena. Y lo mismo para nosotros contemplar una Europa de bosques salvajes, agrestes, violentos y despiadados, donde la supervivencia sería una lucha constante y lugares como Londres o París serian, seguramente, la nada absoluta. El planeta en el que vivía Lola es otro comparado con el nuestro, pero la sensación de relajo y calma que le aportó aquel momento en el que mascaba la goma es plenamente humana, la vivimos y buscamos hoy mismo en nuestras vidas de la misma manera que la vivía y buscaba ella. Si Lola hubiera nacido hoy, aquí, a buen seguro sería indistinguible de nosotros, como pasaría si alguno de nosotros naciéramos en esa época. Sus genes son iguales que los nuestros, permiten la creación de un mismo tipo de especie, el ser humano, con sus características físicas y potencialidades intelectuales idénticas. El libro de instrucciones para crearnos es el mismo, la misma estructura de ADN.

Hasta hace no demasiados años este trozo de goma de mascar sería, como mucho, una curiosidad que no aportaría demasiado a un yacimiento, pero este es un excelente ejemplo de cómo la tecnología no sólo cambia nuestras vidas presentes, sino que nos abre a un mundo de conocimiento que altera, profundiza y desvela todo lo que nos rodea, incluyendo lo pasado, de lo que conocemos mucho menos de lo que creemos. Nuestra capacidad de convertir restos aparentemente inútiles en válidas piezas del puzle crece sin cesar, y puede llegar a ofrecernos estampas tan interesantes, y conceptualmente intensas, como la de Lola, divagando tras la cena, en un bosque danés de hace seis mil años.

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