miércoles, diciembre 20, 2017

Cada vez somos menos y más viejos

La demografía es una de las ciencias a las que menos caso se le hace. En el Bachillerato y la Universidad de la estudia en historia, y se asocia a épocas de alta mortalidad, pirámides muy marcadas y lucha por la supervivencia. En nuestra época, en la que la vida se da por segura y larga, hasta que deja de serlo, se la considera una rama del estudio asociada a otros tiempos. Pero nada más lejos de la realidad. Sus análisis son determinantes para la evolución futura de la economía, el diseño de políticas públicas y su financiación y, desde luego, la gestión de una sociedad y los valores que en ella anidan. Pues bien, desde hace tiempo los demógrafos están aterrados.

Y lo están porque las cifras, que no mienten, gritan a los cuatro vientos que nos morimos. Este artículo publicado ayer vuelve a poner sobre la mesa cifras de escándalo. La natalidad en España vuelve a situarse en mínimos históricos, con cifras de 8,79 nacidos por mil habitantes. No nacen niños, hoy lo hacen en la menor cantidad medida desde que hay registros, y las tasas están muy bajas desde hace décadas. A finales de los setenta estábamos en cifras del entorno de los 18 hijos por mujer, más del doble, y desde entonces no han dejado de caer. Hay varios factores que explican este descenso, tanto sanitarios (derrumbe de la mortalidad infantil y, por tanto, garantía casi segura de supervivencia de los hijos que se tengan) y el revolucionado papel de la mujer, tanto por su incorporación al mercado de trabajo como por el control de la natalidad derivado del uso de métodos anticonceptivos. Pero no quiero escribir sobre el porqué de estas cifras, cosa sobre la que hay muchos y muy buenos artículos por ahí, sino sobre las consecuencias. Hoy en días las generaciones jóvenes son aproximadamente la mitad de lo que lo eran en los años ochenta, y siguen declinando. La edad media de la población española no deja de crecer y supera ya los cuarenta años, y el colectivo de pensionistas y jubilados crece sin parar, y más que lo va a hacer cuando se empiecen a jubilar en masa las generaciones del baby boom del cincuenta y sesenta, las mayores que ha conocido nuestra sociedad. Un nacido a mediados de los cincuenta llegará a los sesenta y cinco años en 2020, y ese fenómeno estresará aún más a un sistema de pensiones diseñado para unos tiempos de trabajo abundante y, sobre todo, muchos empleados cotizantes frente a pocos receptores de pensión. Si el número de los primeros no crece, o no lo hacen sus cotizaciones porque los salarios no aumentan, y el número de jubilados sí aumenta, no quiero utilizar el término quiebra, pero el resultado de hacer las cuentas se le parece bastante. Además, los efectos del aumento de la edad media de una sociedad son mucho más profundos, dado que supone un cambio de visión de la misma, de prioridades y decisiones. Los presupuestos se volverán más conservadores para sostener cada vez a una población más dependiente y la inversión en educación se verá reducida, quizás no en importes absolutos, pero sí desde luego en su peso sobre el total, convirtiéndola poco a poco en una partida menos relevante. El que la sociedad envejezca tiene ventajas e inconvenientes, pero es inevitable que suponga un cambio respecto a lo que estamos acostumbrados, y esto sucederá nos guste o no. Además, y esto es lo más profundo, a la demografía le pasa como al Titanic, que aunque vea el iceberg al fondo es un barco tan grande y pesado que no puede maniobrar con agilidad suficiente para responder, debe empezar a cambiar de rumbo antes de que aparezca el obstáculo para que tenga opciones de eludirlo. La inercia de los procesos demográficos es enorme e intensa, y medidas que pretendan revertirlos deben ser implantadas con intensidad, mantenidas mucho tiempo y a sabiendas de que sus resultados se verán en el muy largo plazo. Todo ello es aborrecible para una gestión política de corto plazo, que es el pan nuestro de cada día.


Hay mucho escrito sobre este asunto, quizás lo último sea el libro “El muro invisible” del colectivo Politikon, lectura muy recomendable donde se estudia la situación de las generaciones jóvenes en España desde todos los aspectos posibles, con la demografía de fondo. Pero lo cierto es que este fenómeno de envejecimiento, acelerado al extremo en España, se da en todo occidente, frente a la pujanza de naciones como México, Indonesia, Nigeria, Pakistán y otras que crecen a tasas enormes y que, en pocas décadas, contarán sus habitantes por varios cientos de millones. Y contar habitantes es una forma de medir poder político e influencia global. Esta es otra de esas variables que juegan en estos tiempos de cambio para alterar el equilibrio, ahora internacional, que hemos conocido durante décadas y que también se modifica sin remedio.

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