lunes, septiembre 23, 2013

Ángela Merkel arrasa en las elecciones alemanas


Terminaba mi artículo del viernes dando por sentada, como lo hacían otros muchos, la victoria de Merkel en las elecciones del domingo, pero pocos hubiéramos sido capaces de imaginar que esa victoria se lograría de una manera tan aplastante. Con el 41,6% de los votos, la CDU, el partido de Merkel, se ha quedado a un par de escaños de la mayoría absoluta, ha subido un montón de puntos respecto a los anteriores comicios y, en su tercera elección, ha sacado el mejor de los resultados de su historia, convirtiendo así la ligerísima subida en porcentaje de voto del SPD en una conquista inútil, y llevándose casi todos los votos de unos liberales que han desaparecido del parlamento. Merkel no ha ganado, ha arrasado.

Y no nos engañemos, esta victoria no es la de su partido, su ideología o sus siglas. No. Muy por encima de todo esto, es la victoria personal de Ángela Merkel, una mujer que ha sabido llegar al poder, mantenerse en él y usar sus resortes para conseguir sus objetivos, a veces pareciendo que no era así, otras dejando bien claro quién es la que manda. La prensa de ayer estaba llena de perfiles y análisis de la personalidad de Merkel, como por ejemplo este, pero tras leerlos lo único que me quedaba claro es que Merkel es un personaje muy desconcertante para el analista político, dado que incumple muchas de las reglas que debieran ser seguidas de manera estricta para llegar y conservar el poder. Se la ha llamado la canciller de hierro, en homenaje y recuerdo (y velada crítica) a Margarte Tatcher, pero la personalidad de ambas es diametralmente opuestas, coincidiendo sólo en dos aspectos, importantes eso sí. Ser mujer y mandar por encima de todos los demás. Ángela tiene una imagen sobria, repetitiva, conocida en todo el mundo, estandarizada en forma de chaquetas de colores y gestos con las manos que son inconfundibles, y que ayer mantenía en la celebración de su triunfo. Es metódica, obsesiva con los problemas, exigente con sus equipos de trabajo, y muy profesional, como se le supone a un alemán, pero a la vez descuida completamente todo lo relacionado con la mercadotecnia política. Sus pilladas haciendo la compra u otro tipo de labores no relacionadas con la política, como la escena que tuvo lugar este pasado fin de semana en un supermercado berlinés y presenció el corresponsal de El País, parecen demostrar que no vive desvelada por el poder, que mantiene los pies en la tierra, que será ambiciosa, porque si no no hubiera llegado hasta ese cargo, pero que no ha olvidado de donde viene y que parece tener muy claro a donde va a acabar volviendo, rasgo este que le distingue radicalmente de los políticos españoles, que poseen un aura de autosuficiencia, engreimiento y ostentación inversamente proporcional al poder del que disponen, que siempre será infinitamente menor que el de Ángela (afortunadamente, por cierto). Es una mujer que puede ser rígida en algunos aspectos pero en otros se muestra flexible, indecisa en apariencia, alejada de todo dogma o credo, y eso la hace parecer a veces voluble, desnortada, pero sospecho que en todo momento sabe bien a donde va. Esta sensación que puede transmitir desnorta a los comentaristas y rivales, tanto los de fuera como dentro de su partido, que en general le han subestimado durante los primeros años de carrera política, tratándola como una advenediza o pipiola, fácil de controlar. Imperdonable error, ya que si algo ha demostrado Merkel es que no ha dudado en sembrar de cadáveres su camino hacia el poder, dejando en la cuneta los restos de aquellos que le estorbaban, inquietaban o, simplemente, se pasaron de listos con ella. Es un enorme animal político, pero con un perfil desmadejado, difícil de interpretar y analizar desde fuera y, puede que también, desde dentro de Alemania.

Lo que está claro es que el ciudadano medio alemán ha visto en Merkel el reflejo de sí mismo, la imagen que le reconcilia con el tradicional espíritu de trabajo y austeridad germánica, todo ello envuelto en un ropaje sobrio, discreto, sin estridencias, pero también sin altanerías, sin falsedades ni oropeles pomposos que le hagan suponer que Merkel es, como otros tantos políticos, un producto de laboratorio, algo artificial. Y se han lanzado en tromba a votarla, convencidos de que ella encarna su prosperidad y futuro. Y si hay algo que no sea Merkel es artificial. Hecha a sí misma, curtida durante años al otro lado del muro, Ángela ha dejado nuevamente sin palabras a los analistas, consultores y encuestadores, que no vieron el tsunami que se venía encima, en forma de votos que, con sus manos, ha recogido a millones.

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