martes, diciembre 09, 2014

Cuando el metro falla, es que falla de verdad


Normalmente el metro no suele fallar. Es cierto que desde hace un tiempo las frecuencias se han reducido mucho más de lo debido, en una política de ahorro contraproducente que genera menos ingresos de los costes que reduce, y que por lo que he comprobado este puente no se va a rectificar en la temporada navideña, en la que es imposible acceder al centro en vehículo privado. De hecho casi es imposible acceder de ninguna manera. Además, para los que no tenemos coche, el transporte público, en este caso el metro, es nuestro vehículo, salvación y vía única de transporte.

Pues esta mañana esa vía única ha decidido jugar conmigo. He salido de casa a la hora habitual y al coger mi línea ya he visto que el siguiente convoy venía con más tiempo de lo que suele ser habitual a mi temprana hora. Ha llegado, llenito, y hemos tardado unos cuatro minutos en partir de la estación. En la siguiente, con otros minutos parados, el conductor ha avisado de que un tren sito un par de estaciones más adelante se encontraba detenido, por lo que la circulación era ocasional y tenía retrasos, como ya estábamos comprobando todos los viajeros. Al arrancar el tren camino a la segunda estación he decidido alterar el itinerario de todos los días y coger una línea alternativa, que también acaba desembocando en la que me conduce directamente a la puerta del trabajo, y que intercambia con la mía en la segunda parada desde que salgo de casa. A trancas y barrancas hemos llegado a esa segunda estación, y puede que no haya sido yo el único en tener esa idea, porque una riada de personas nos hemos bajado allí, rumbo a unas pobres escaleras que, de ser dibujos animados, tratarían de salir corriendo. Peldaños y pasillos recorridos, he llegado al andén de la segunda línea, y al minuto ha aparecido un tren. Las primeras paradas han transcurrido con normalidad, pero a mitad de trayecto nos hemos detenido un par de minutos en un túnel, sin saber muy bien porqué, y al llegar a la siguiente estación, a tres del segundo intercambio, hemos estado un buen tiempo parados en el andén. Vuelta a arrancar, nueva estación, y otros cuatro minutos parados, hasta que el conductor ha avisado que por un problema de señalizaciones la circulación no se prestaba con normalidad. He mirado al cielo, en este caso disfrazado de fluorescente y celosía atornillada, pensando en cómo es posible que dos líneas a la vez puedan registrar problemas diferentes, intentando calcular probabilidades, pero desistiendo, tanto por lo complejo del problema como por la asunción de que con tanto tiempo perdido tendría hasta margen para haber encontrado una solución. A trancas y barrancas, pero sin los muñecos de la tele, hemos alcanzado el segundo intercambio, la prevista solución alternativa a mi problema inicial, a la que he llegado con más de un cuarto de hora de retardo sobre lo que estimaba inicialmente, y me he vuelto a introducir en una riada de personas, que iban hacia todas las partes inimaginables, atestando pasillos, escaleras, cintas, desvíos y cualquier otro espacio disponible. Finalmente he alcanzado el andén de la línea que conduce directamente a mi trabajo y, al par de minutos, ha llegado un tren que en dos paradas, sin sobresaltos, parones ni incidencia de ningún tipo, me ha depositado en mi destino, donde he podido comprobar al salir a la calle que me he perdido un precioso amanecer, además de una buena minutada.

Cuando uno está parado en un vagón, ahí abajo, sin ver ni saber nada, nada puede hacer. Es una de las situaciones más impotentes que conozco. En un atasco de tráfico se puede mirar por la ventana, intuir en un cambio de rasante o curva si la cosa sigue más allá o no, pero en el túnel nada sabes, nada ves. Sólo el tiempo, que pasa, y las caras de los que te acompañan, que se van avinagrando poco a poco a medida que el transporte que tenía que llevarles a su destino se convierte en un problema de mayor o menor entidad. Metro de Madrid hoy no nos ha regalado nada navideño, más bien un poco de carbón para “calentarnos” a primera hora.

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