jueves, diciembre 01, 2016

Merecido Premio Cervantes para Eduardo Mendoza


Dice la costumbre, no escrita, que el premio Cervantes se otorga de manera alterna a escritores españoles y latinoamericanos, tratando de hermanar ambas orillas en galardones, dado que ya lo están en lengua. Tras la concesión del año pasado a Leonardo Padura, del que nada había leído y 2016 me ha dado la oportunidad de enmendar en parte ese error, ayer se conoció que el galardonado de este año es Eduardo Mendoza, escritor barcelonés actualmente afincado en Londres, autor de una extensa obra literaria, más pequeña en su vertiente de teatro y poesía. Me encanta que se lo hayan dado, porque se lo merece, y mucho.
 
Dos factores juegan en contra para el reconocimiento de Mendoza como el gran escritor que es por parte de la sesuda crítica y la intelectualidad. Uno es el hecho de que es un superventas. Sus novelas se venden como churros, y seguro que es uno de los autores más leídos en España, tanto por el hecho de que algunas de ellas estén recomendadas como obras escolares como porque su público no distingue de edades ni clases sociales. Es un autor famoso y con una obra muy famosa. El otro factor, aún más grave si cabe, es que en su obra el humor es uno de los protagonistas más importantes, y ya saben que el humor es visto por la crítica como un arte menor, como algo que rebaja la calidad de una obra, sea literaria, cinematográfica o de cualquier otro tipo. Y son precisamente estas dos características, especialmente la segunda, las que le hacen ser merecedor de un premio que parece diseñado tanto para él como para sus personajes. El humor de Mendoza es fino, sutil, inteligente, corrosivo y lleno de matices. En muchas de sus obras sirve como certero bisturí para desentrañar una sociedad que es mucho más compleja y retorcida de lo que los medios y la imagen nos quiere hacer ver. Su Barcelona cosmopolita mantiene un lumpen escondido que aflora en sus escritos sin que haga falta rasgar mucho la superficie, y en su galería de personajes, todos ellos geniales, ninguno imposible, encuentra uno retratos que coinciden plenamente con personas que cada uno conocemos en nuestro día a día. Mendoza es, en este sentido, un retratista social tan agudo como lo fue Galdós, pero que baña en humor la crudeza del paisanaje que contempla. Como le comenté a un jefe del trabajo hace una semana, hablando de los libros de Juan Marsé, “Mendoza es como Marsé pero con gracia”. Y qué apropiado que esa obra reciba un premio denominado Cervantes, autor de novelas en las que el humor tiene tanto protagonismo. En el fondo El Quijote no es sino una novela de humor, la primera de las novelas y la primera de las divertidas, en la que caricaturas de personajes famosos e identificables en su época viven aventuras imposibles y escenas que si a nosotros nos producen sonrisa en su tiempo debieron provocar carcajadas y escándalo a pares. Un caballero iluminado que se enfrenta a gigantes imaginarios y que es ridiculizado por nobles a los que finalmente demuestra su valía es muy parecido a ese detective de Mendoza, que pasa temporadas en el psiquiátrico, y que cuando sale de vez en cuando resuelve misterios cerca de tocadores de señoras y lugares tan inapropiados para el hampa. Sus tácticas de investigación son tan disparatadas como impropio es Rocinante para cabalgar, pero ambos consiguen llegar a sus objetivos y, lo que es más importante, al corazón del lector, al que arrebatan y, también, hacen reír de una manera, sana, jovial y despreocupada.
 
No se si el jurado del premio habrá pensado en ello, pero esta concesión a Eduardo Mendoza es, quizás, el mejor acto posible para celebrar el 400 aniversario de la muerte del genial Cervantes, que se ha cumplido en este 2016, y que ha tenido unos fastos bastante cutrosos en comparación a los que ha podido disfrutar su coetáneo Shakespare, que ha visto como medio mundo se volcaba en celebrarle mientras que aquí vivíamos de sainete electoral, desgobierno y ausencia de festejos, presupuesto y convicción para eventos literarios. Quizás todo haya sido una jugada, desde el más allá, del genial Miguel, que ha escrito el capítulo de este año como una parodia de la celebración literaria y que, para rematarlo, ha puesto la guinda de Eduardo premiado para que las historia, como mandan los cánones, acabe con el aplauso del público.

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