jueves, septiembre 17, 2026

IA y efectos económicos

Desde que una tecnología sale al mercado hasta que despliega todas sus posibilidades suele transcurrir bastante tiempo, porque las estructuras económicas, incluso las físicas, determinan las posibilidades de adaptación la misma y su rendimiento. Una betería que ofrece cientos de kilómetros de autonomía revoluciona el mundo del automóvil, sí, pero si no hay una red de recarga que permita repostar no sirve de mucho, y su implantación se retarda. Normalmente, cuando aparece cualquier novedad, siempre se vende como revolucionaria, disruptiva, trascendente, un antes y un después, toda esa parafernalia que el marketing acostumbra a usar.

Las capacidades de la IA sí corresponden mucho a todo ese tipo de adjetivos, pero nuevamente su puesta en marcha en las empresas no tiene por qué suponer ese desempleo masivo que auguran no pocos en apenas unos años, fruto de todo el trabajo que la IA va a hacer y nos va a quitar. Muchos de esos estudios tienen más de campaña de venta del producto, o de colocación bursátil de la acción ahora que el proceso de Anthropic sigue en marcha, que de otra cosa. Sí se ha producido una rápida extensión del uso de los chat bots como ChatGPT en el uso diario de una gran parte de la población, y sus productos de pago son contratados por particulares y empresas para desarrollar varios servicios. La productividad, ese concepto trascendental y, a la vez, tan difícil de medir, no muestra un disparo significativo en las economías desde la llegada de la IA, lo cual no quiere decir que sectores concretos no hayan experimentado cambios profundos y acelerado su producción. Pensemos, por ejemplo, en las empresas de software, que son de las primeras que han sentido la presencia de la IA como programador. Su uso ahí es intensivo y sí se ha detectado un frenazo en la contratación de juniors, de nuevos empleados, mientras que lo que llevan tiempo en la empresa siguen en ella. En el nivel en el que se encuentra actualmente la IA es capaz de desarrollar varias de las labores que antes hacía un becario. Apenas conoce las tripas de un negocio concreto y es rápida ejecutando tareas con una tasa de error variable, pero escasa sometida a supervisión. Eso hace que estas herramientas se hayan convertido en una competencia muy dura no tanto para los empleados maduros, que afrontan la innovación tecnológica con más recelo, sino curiosamente para los jóvenes que se incorporan al mercado laboral, que ven en estas herramientas a un rival con el que, en muchos aspectos, difícilmente pueden competir. Eso ha llevado a que las protestas contra los ejecutivos de las empresas tecnológicas se hayan dado más, y antes, en los campus universitarios, donde su presencia hasta hace no mucho era demandada por la comunidad educativa y ahora los alumnos los ven como los causantes de su futuro desempleo. Lo cierto es que en todos los negocios digitalizables que en una era de servicios cada vez son más, la implantación de la IA es creciente y es probable que se expanda. Quizás todavía no estamos en condiciones de calibrar el efecto real de este desarrollo, y puede que en pocos años muchos de los que ahora nos apiñamos por las mañanas camino al trabajo estemos en casa sin empleo y con una renta generada por sistemas de IA, es una de las utopías de muchos, pero hasta llegar a ese supuesto paraíso queda tanto que se antoja imposible. A día de hoy sectores concretos como la educación, la atención al cliente, la gestión de datos o la comunicación empiezan a estar más en manos de sistemas de IA que de humanos, y su uso ahí es intensivo, y es probable que sufran transformaciones inevitables, pero nuevamente es muy difícil hacer pronósticos concretos. Los vehículos autónomos empiezan a despegar en las ciudades, pero a un ritmo mucho más lento del que se anunció, cuando se decía que en pocos años llenarían nuestras calles, para poder vaciarlas de manera mucho más efectiva. Otra predicción de futuro tecnológico que aún está en eso, en ideales.

Lo que sí es cierto en el cambio propulsado por la IA es que es más rápido que los anteriores, y por ello ofrece menos tiempo para adaptarse, tanto conceptualmente como de manera práctica a la hora del reciclaje laboral. Toda tecnología destruye empleos y crea otros, y el neto normalmente es positivo, pero es la velocidad a la que se producen ambos factores lo que permite que su implantación no sea traumática. Si la destrucción es mucho más rápida que la creación, la tecnología puede ser vista como un problema para la sociedad, y se genera un rechazo. ¿Estamos cerca de ese punto? No lo se.

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