martes, julio 17, 2012

La princesa encarcelada


En medio del maremágnum en el que nos encontramos, más que certezas, buscamos culpables, y más que respuestas demandamos causantes del destrozo que sufrimos día a día. Sean reales o no, la sociedad quiere ver que alguien pague sus culpas y sirva de expiación ante el resto de los ciudadanos. Lo malo de este deseo, irracional, es que para llegar hasta donde hemos llegado hay mucha gente culpable que debiera pagar por ello, y esa demanda de cárcel y banquillo, a veces injustificada, es en esta ocasión más comprensible y cierta que nunca.

Pues bien, ayer, entre la desolación de los indicadores económicos patrios, hubo un rayo de esperanza judicial, que no fue otro que la condena a María Antonia Munar a cinco años y medio de cárcel por corrupción en el caso llamado maquillaje. Puede que haya gente que no conozca a Munar, no les suene su nombre ni su rostro, pero créanme si les digo que representa el arquetipo de la corrupción que ha devastado la economía y la moral de la sociedad española. Creadora de un partido llamado Unión Mallorquín, UM, Munar vio desde el principio a esta formación como la vía perfecta para enriquecerse, y bien que lo hizo ella y sus colaboradores. Elección tras elección UM no sacaba muchos votos, pero sí los suficientes como para convertirse en el partido bisagra que podía decantar el gobierno a favor de, o bien el PP y sus socios, o el PSOE y los suyos. Planteándose el gobierno como una subasta, UM y su “lideresa” vendían su apoyo al mejor postor, y el PP y el PSOE cometieron el inmenso y estúpido error de entrar en el juego. Así, durante más de una década, UM apoyó a Jaume Matas y a ejecutivos del PP y, cuando se cansó de ellos o no pujaron lo suficiente, se tiró a los brazos de Francesc Antich y el ejecutivo de izquierdas que presidía el socialista. Entre tanto, ajena por completo a los asuntos de gobierno, Munar se dedicaba a enriquecerse cada vez más, y de una manera lo más ostentosa e impúdica. El apelativo de “la princesa” que se le otorgó en Palma de Mallorca definía muy bien su estilo y tren de vida. No había negocio, obra pública, concesión, contrata o demás actos administrativos rodeados de dinero en los que UM y Munar no estuvieran presentes, llevándose comisiones sustanciosas, regalos y toda clase de prebendas, logrando amasar con los años un botín inmenso. Era la corrupción total, absoluta, el uso intensivo de una formación política para llevar la cleptocracia y el desfalco a su más elaborada y profunda versión. La podredumbre llegó a un punto en el que era difícil saber si quedaba alguien en algún partido político en Baleares que no robase, por decirlo claramente. Mientras tanto, qué hacía la policía, Guardia Civil, fiscalía, jueces y demás instituciones de control? Seré bueno suponiendo que no se quedaban con una parte del pastel, pero desde luego su trabajo no lo hicieron nunca. Tampoco las asociaciones ciudadanas ni grupos de presión denunciaron este conchabeo, salvo honrosas excepciones y algunos artículo de prensa que vistos desde fuera de las islas parecían más las crónicas de los bajos fondos de la mafia rusa que la descripción de una Comunidad Autónoma española. Y así siguió la cosa hasta que cayó, pero si lo hizo fue por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que secó de fondos la trama y por lo de siempre, porque un corrupto menor se sintió estafado por lo que se estaba llevando y acusó por elevación para salvarse. Y allí empezó el derrumbe de Antich, Matas, sus partidos, y finalmente, el de Munar.

Ahora, tras esta sentencia, Munar se enfrenta a muchos otros procesos judiciales que, si llegan a buen puerto, debieran dar con ella en la cárcel hasta el final de sus días. Si no les suena su cara cuando la ven, por favor, fíjense en ella. No tiene un rostro de esos que parece malignos o chulescos, pero créanme si les digo que pocos tienen tanta cara como ella, o encarnan tan bien los corruptos tiempos que hemos vivido que, también, nos han llevado hasta donde estamos, y pocos tienen tanta responsabilidad en haber sembrado la destrucción de la democracia allí donde tuvieron la oportunidad de asaltarla y vejarla. Munar encarna muchas cosas, sí, y ni una de ellas buena. Mirémosla y, como de un espejo, veamos que reflejo nos ofrece de nosotros mismos.

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