viernes, julio 07, 2017

El grave riesgo de ser imprudentes

Finalmente ayer se desató una enorme tormenta en Madrid, por la tarde, tras un día de lluvias intermitentes pero intensas. Todo el espectáculo que uno pueda imaginar en el cielo servido en porciones tamaño restaurante vasco. En el refugio de la oficina todo era contemplar, admirar y agradecer el estar bajo techo y a resguardo. Imaginaba uno lo que podía ser estar en la calle, andando o moviéndose en cualquier vehículo y daban escalofríos de pensarlo. Las alertas amarillas que ayer por la mañana lucían los mapas estuvieron plenamente justificadas, y pese a que los bomberos hicieron múltiples salidas y se registraron inundaciones parciales, no hubo nada salvo incidentes menores, sin consecuencias serias.

No pasó lo mismo en Cáceres, en la zona del jerte, en la que numerosos ríos son utilizados para realizar barranquismo y otro tipo de deportes acuáticos. La tragedia se cebó en una familia, un matrimonio y dos de sus hijos, fallecidos, tragados por el río, y un tercer hijo, aún en el hospital, pero que no se si querrá salir de ahí cuando se entere de lo que ha sucedido. El monitor que les acompañaba durante el descenso salió vivo y podrá contar con más detalle qué es lo que pasó para que este desastre fuera posible. La zona estaba también en alerta amarilla por fuertes tormentas, lo que quiere decir que los caudales de los ríos pueden experimentar subida explosivas cuando el cielo se derrumba sobre ellos. Son cauces abruptos, escarpados y estrechos, en los que los niveles de las aguas no responden de manera progresiva ante una tormenta, sino que se comportan de forma brusca y descontrolada. Una apacible cascada de sonido relajante se puede convertir en minutos en una catarata bajo cuyo impulso no haya nadie capaz de salir. Con un pronóstico como ese era una imprudencia realizar actividades acuáticas en ese lugar, hubiera sido mucho mejor suspenderlas y quedarse en casa, renunciar a un día de descanso en el que se buscaban “experiencias intensas” y sustituirlo por otro más relajado, familiar, a resguardo, aburrido dirían algunos, pero seguro. Y es que cada vez son más los que buscan y practican actividades que entrañan riesgos tratando de encontrar en ellas emociones que den no se si sentido, pero sí más valor a sus vidas. Envalentonados tras leer alguno de esos horrendos (y falsos) libros de autoayuda en los que se repite como un mantra que uno es único, de valía infinita y con capacidad para superar todos los retos si se lo propone, el personal se lanza a aventuras para las que no está preparado y muchas veces todo acaba en un rosario de anécdotas más o menos dolorosas, y no pocas veces en desgracias como la sucedida ayer en el Jerte. Las montañas se llenan los fines de semana de sujetos que nunca han paseado por ellas y que, con unas deportivas, se lanzan a subir riscos de dos mil metros de altura porque ellos pueden, de no hacer nada se compra el sujeto de turno unas zapatillas, caras a ser posible, y se pone a correr diez kilómetros, porque el correr y llegar a la meta está siempre a tu alcance, y su corazón y articulaciones empiezan a crujir como locas, casi al mismo tiempo que se dispara la futura facturación de fisioterapeutas y otras especialidades médicas, que tienen en estos “valientes” a uno de sus principales nichos de clientes. Entiéndaseme bien, el deporte es sano y la práctica de excursiones y actividades al aire libre son beneficiosas, pero todo tiene que ir de una manera progresiva y segura. No es muy normal que, como pasó en mayo, casi cuarenta mil personas disputasen la maratón de Madrid, prueba de una exigencia salvaje que, aun estando en condiciones, pasa factura al cuerpo y lo desgasta muchísimo. Hace apenas una década eran muy pocos miles los que se apuntaban a esta prueba, muestra nuevamente del furor por lanzarse a conquistar “metas que están a tu alcance” y la particular burbuja de las carreras, que colapsa los centros urbanos de cualquier ciudad los fines de semana.


Si quiere hacer deporte, muy bien, adelante, pero como cabeza. Vaya poco a poco, escoja disciplinas que le sean más propicias y hágase chequeos médicos para saber cuál es su estado físico y los límites que posee para no forzar en exceso. Sea progresivo y casi seguro que notará mejorías en su rendimiento. No haga el loco y siga las recomendaciones de seguridad de expertos, monitores y autoridades cuando se prevén condiciones adversas, no arriesgue su vida por una tarde en la que una tormenta se la puede jugar. Y sobre todo, deshágase de todos esos libros de autoayuda, que son una basura, llenos de patrañas y mentiras, que buscan sacarle los cuartos y, si los ha leído, lo han conseguido. Nada hay en ellos que pueda ser útil.

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