Una de las últimas salidas de banco de Trump ha sido la de vetar el acceso a algunos medios de comunicación al recinto de la Casa Blanca. El viernes, en una de esas parrafadas con preguntas y griterío que organiza en el despacho oval, se cebó en algunas empresas de comunicación y anunció que, desde entonces, tres de ellas tendrían prohibido el acceso a ese recinto. Las damnificadas han sido CNN, MS NOW (antes conocida como MSNBC) y la web Politico. Como es habitual, les acusó de mentir, difamar, hacer propaganda, meterse con él en todo momento y la típica diatriba de insultos que salen sin cesar de la boca de ese personaje.
A lo largo del fin de semana se ha ido cumpliendo esta orden y el personal de la Casa Blanca ha impedido que los acreditados por estos medios puedan acceder a las instalaciones y realizar cualquier tipo de cobertura informativa en la sede presidencial, lo que supone que tampoco pueden acudir a las ruedas de prensa diarias que organiza el gabinete de comunicación ni, supongo, seguir la actividad del presidente en sus desplazamientos, como está teniendo lugar estos días con motivo de la Asamblea General anual de la ONU. Esta medida es un acto de censura ante unas empresas de comunicación que poseen licencia y actúan conforme a las normas legales establecidas, y una arbitrariedad impropia de una democracia, aunque no tanto del régimen al que aspiraría llegar a presidir Trump en sus sueños. Vetar medios es algo que a los autoritarios les encanta, dar la voz sólo a los que les ríen las gracias y obstaculizar todo lo posible a los informantes que no son exactamente de su cuerda. Se empieza así y se acaba deteniendo periodistas por hacer su trabajo, manera bastante explícita de comunicar al resto que dejen de hacerlo si no quieren atenerse a las consecuencias. Pues bien, ayer, el resto de cadenas nacionales que hacen la cobertura de la actualidad presidencial, decidieron boicotear a la Casa Blanca por la medida tomada contra sus compañeros. Medios como ABC, CBS o incluso la FOX, la más próxima entre todas ellas a las ideas de Trump, anunciaron que si el impedimento para las otras empresas se mantenía ellas no iban a realizar su trabajo, y comenzó una situación extraña en la que la cobertura informativa de lo que pasa en el entorno de Trum y los pasillos de ese famoso edificio se apagó de manera muy notable. Sin el altavoz de los medios un político es poca cosa. Un político democrático, claro, dado que un dictador siempre tiene un medio, el suyo, el único, para que le haga de portavoz, propagandista, adulador y todo lo que sea necesario para beneficio del gran líder. La decisión de las otras empresas de comunicación norteamericanas ha sido muy destacada por todos los medios del mundo, es un caso extraño de solidaridad ante lo que se considera una agresión en toda regla, y en un mundo como el periodístico donde no son escasos los navajazos, figurados, entre empresas y cabeceras. Por una exclusiva se mata, por un acceso privilegiado se pueden producir peleas entre corresponsables que ríase usted de las tanganas en las noches de copas, pero esta vez no ha sido así. Las otras cadenas se han unido a las castigadas, entre otras cosas porque ya conocen al personaje y saben perfectamente que ellas mismas pueden serlo si cometen la osadía de llevarle la contraria. Es una decisión interesada, sí, pero no exenta de valentía, y que supone poner en apuros a la estrategia de comunicación presidencial. Así empezaron a verlo ya a ayer algunos gerifaltes del entorno trumpista, que no se atreven a decir que su desquiciado jefe la ha vuelto a pifiar, pero que, de una manera sibilina, trataban de rebajar la tensión y lanzaban mensajes buscando una colaboración, una vía para tratar de reconducir las cosa. Veremos a ver si Trump da su brazo a torcer, pero a poco más de un mes de unas elecciones de medio término que pintan fatal para él esto es otro problema añadido que le puede perjudicar, y no poco.
En España, el trumpista de guardia que es Óscar Puente, indigno Ministro de Fomento, escribe en X día sí y día también mensajes insultantes contra el periodista o medio que le toque en esa jornada, con un estilo zafio que, traducido al inglés, sería digno del orate que rige (es un decir) en Washington. Pero aquí se acaban las similitudes, porque no es que haya solidaridad de otros medios con aquellos atacados, no. En España ni siquiera las empresas en las que trabajan los periodistas señalados salen a defenderlos, en un acto de cobardía que demuestra hasta qué punto la profesión está vendida entre nosotros. Así nos va.
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