Es muy famoso el inicio de la novela del añorado Javier Marías Corazón tan blanco, ese “No he querido saber, pero he sabido” en el que el narrador relata como quiere negarse a conocer la verdad de un hecho cruel que ha sucedido en su entorno, prefiere vivir sin la carga que supone el conocimiento de lo que ha pasado. Lo evita. Yo tampoco quiero saber, no quiero, no quiero, no quiero, lo que viven las personas que han sufrido una pérdida, sin ir más lejos, en el desastre ferroviario de Adamuz. Esas familias rotas, que el domingo por la tarde no lo estaban, han conocido el dolor de una manera que no he vivido nunca. Y no quiero, no quiero, no quiero saberlo.
Ayer, en el funeral que tuvo lugar en Huelva como despedida a los fallecidos y homenaje a sus familias, subió Liliana Sáenz al atril para leer un comunicado en nombre de todos los fallecidos y sus familias. Con su hermano al lado, ambos despedían a su madre, que se quedó para siempre en ese rincón de Córdoba del que casi todos nada sabíamos, que se llama Adamuz. Liliana realizó una alocución de diez minutos tras la que, la verdad, todo lo que yo escriba, o lo que se añada desde cualquier medio, no sirve para nada, sólo es ruido y algarabía. Todo lo que había que decir lo dijo Liliana, y todo lo dijo bien. Desde una honda fe religiosa, que es la dominante en la ciudad onubense de la que procedían la mayor parte de los fallecidos en el desastre, Liliana trató de encontrar consuelo a su pérdida absoluta en la fe en Dios y en la esperanza de la resurrección, de un más allá de cielo al que su madre ha sido llamada con premura, inmensa premura. Liliana desgranó el sentimiento de angustia de las familias ante algo que no tiene sentido, ante la vivencia de unos hechos que son indeseables, que sólo generan dolor. En medio del desastre hay ayuda, sí, pero sólo sirve para paliar mínimamente el instante, no cubre la pérdida. En su alocución Liliana mencionó a todos los que, desde el domingo por la noche, se movilizaron sin cesar para asistir a los heridos, rescatar lo que fuera posible, dar cobijo… en este sentido los profesionales sanitaros y todo el pueblo de Adamuz, el que tuvo la desgracias de ser el más cercano al lugar de los hechos, estarán para siempre en la memoria de los supervivientes de la catástrofe, un lugar por el que algunos de ellos quizás pasaban regularmente, otros por primera vez, ni idea, pero que se volcó con sus recursos, todos los que disponía, para asistir en lo que fuera necesario. Agradecimiento sin límite expresó Liliana a todos los que han hecho posible que el dolor no creciera aún más, a sabiendas de que nada puede minimizarlo. Reclamó Liliana verdad sobre lo sucedido, expresando claramente que las familias la reclamarán sin cesar pero también sin rencor, e hizo mención expresa a la polarización indigna que ha calado entre todos nosotros, esa miseria moral que nos corroe y nos hace ver las cosas que suceden desde el sádico prisma de si beneficia “a los míos” y perjudica “a los de enfrente”, que pone en marcha calculadoras siniestras de votos en función de lo que ha sucedido, de donde y a quién le toca gestionarlo, para poder arrojarse las víctimas a la cara del contrario y así sacar un rédito repugnante. Liliana tuvo el valor de decir los que muchos piensan y, también, no pocos, callan. El valor de señalar una corrupción profunda que se ha quedado no sólo en la política, sino en los medios, en las opiniones, en el debate público, en las charlas del café, en tantos y tantos espacios de comunicación que han degenerado en vulgares cámaras de eco en las que los argumentarios de turno se suceden sea cual sea el hecho que se comenté, y que los muertos son uno de los activos que más se puede explotar de cara a herir a ese que se ve como el contrario. Liliana, con su discurso, se elevó muy por encima de la miseria moral que anida entre nosotros.
Sus palabras son un aldabonazo enorme, un grito que, a buen seguro, muchos no querrán escuchar, porque les deja desnudos ante la verdad, ante un dolor que no tiene cura, reparación, ante un hueco eterno que el tiempo suavizará, pero no logrará llenar. Ayer Liliana estuvo muy por encima de todos aquellos que se supone son representantes de la sociedad, fue la expresión del dolor y de la conciencia de una sociedad que se sabe manipulada, manejada, que entierra a sus muertos en medio de la incomprensión general, que se esconde ante la muerte y que, como mucho, la explota en beneficio propio. El discurso de Liliana es ya Historia de este país, pero, sobre todo, es ejemplo de ser y de estar. Todo sobra, basta lo que ella dijo.