Desde que he puesto la tele
cuando me he levantado hasta que he salido de casa el telediario era un rosario
de imputados, detenidos, encausados, presuntos, corruptos y malhechores de
distinto pelaje pero idéntica condición ética. Una catarata de podredumbre
fruto de las ganas de trincar que abundaban por todas partes, la orgia de
dinero vivida en los años de la burbuja y la total falta de controles, legales,
institucionales y, sobre todo, morales, que han regido en la sociedad durante
los años en los que nos creíamos ricos e invencibles. De aquellos sucios polvos
surgen estos mugrientos lodos, y más que aún nos quedan por ver.
Frente a este ejemplo continuo,
deprimente, ¿dónde se encuentra la ejemplaridad? ¿el camino recto? Más allá de
los libros del gran Javier Gomá, donde encontramos hoy en día ejemplos de
virtud y que sirvan para regenerar esta sociedad? Difícil me lo pongo, pero
creo que hay dos alternativas. Una pasa por el día a día en nuestro entorno
particular. En él encontraremos a personas anónimas que nos caigan bien o mal,
que sean capullos integrales o bondadosos, y es en estos últimos en los que nos
debemos fijar, en su ejemplo, en su hacer, en su profesionalidad, callada,
modesta, que a veces es transparente, porque son como los cristales más limpios
y perfectos, los que menos se hacen notar, mientras que los sucios y rajados se
ven a distancia. ¿Y en el campo de lo público, de la gobernanza, del liderazgo?
En el páramo desolado en el que estamos puede que haya surgido un brote, y no
es otro que el Papa Francisco. No quiero fijarme en el aspecto religioso,
aunque sea imposible disociar la figura de su confesión, pero sí en el hecho de
que al menos hay un personaje público en el mundo que se atreve a decir
públicamente que la honradez, la sencillez y la humildad son lo más importante.
Este discurso es completamente transgresor, pero de verdad, porque frente a
aquellos que hacen pose para organizar escándalos cutres con el objeto de
vender más ropas o perfumes, lo auténticamente transgresor, rupturista, es
proclamar que en el zafio mundo en el que vivimos, en el que el objeto de
nuestras vidas es destacar, aplastar, pasar por encima de los demás, de los
derechos y las leyes, el no respetar y el aprovecharse de todo, hacer una loa a
la humildad es, simplemente, una locura. Un discurso completamente fuera de lo
común, alejado del dogma imperante, que se enfrenta al marketing más profundo y
a todas las doctrinas económicas y políticas. Menos es más, una filosofía
rompedora que pretende llenar haciendo ver que lo importante no son las cosas que
tenemos, sino como somos, que no es el tamaño de nuestro coche ni de nuestra
casa, sino la generosidad que disponemos hacia los demás, que no es el volumen
de nuestra cuenta corriente sino el cómo tratamos a los que nos rodean. Algo
revolucionario que, sospecho, ninguno de nosotros es capaz de llevar a cabo en
la práctica, a lo sumo intentar y fracasar en el empeño ante la fuerza del
mundo que nos rodea, que como mínimo tachará de estúpidos a aquellos que hagan
proclamas semejantes. Sin embargo ese discurso me parece no sólo innovador,
sino verdadero, acorde a los principios de la iglesia y, lo que es más
importante, el auténtico y necesario bálsamo que nos puede ayudar a reconstruir
el tejido moral y social en medio de la gangrena de corrupción, mala fe y
hastío que nos rodea. De hecho la relevancia del discurso de Francisco y los
gestos que lo acompañan, coherentes con él, han dejado descolocada a mucha gente
y arrastrado una enorme corriente de simpatía hacia el nuevo Papa que, en una
semana, ha logrado más poder blando que su antecesor en ocho años. Todo un
hito, que está por ver como se sustancia y mantiene en el tiempo, pero que ha
supuesto una tímida pero novedosa luz en medio del erial.
Recuerdo como hace no muchos
años, en los tiempos que pensábamos dorados, hubo una niña repelente que se
hizo famosa con un tema musical aún más repulsivo titulado “antes muerta que sencilla”
que yo critiqué duramente desde este foro y desde donde estuviera tanto por lo
mala canción que era como por el nefasto mensaje que transmitía, lleno de
falsedad, vacío y degradación. Mucha gente lo cantaba y bailaba, y entonaba un
estribillo que es el que nos ha llevado a este desastre en el que nos
encontramos. Francisco ha empezado a entonar el estribillo contrario, “sencillo
antes que todo” y ojala obtenga un éxito comparable al que tuvo aquella
canción, hoy afortunadamente olvidada. Que el mensaje de Francisco perdure.
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