martes, noviembre 25, 2014

De “el pequeño Nicolás” al “gran Fran”


Llegué a casa el sábado por la noche a la hora a la que casi todo el mundo sale de juerga, lo que ya dice mucho del estado de mi vida social, tras una tarde larga fuera. Me cambié y, de mientras cenaba muy poca cosa, puse la tele, y observé como en Tele5 se emitía la ansiada entrevista al llamado “pequeño Nicolás”, que a sus veinte años de edad, mofletes hinchados y melena leonina no aparenta ser tan pequeño. Con unos ojos con aspecto lloroso pero de mirada fija, y ante un grupo de personas que simulaban ser periodistas, Nicolás iba desgranando bombas con una claridad pasmosa. No aguanté mucho delante de la tele.

Tras el plantón que le dio Pablo Iglesias a Tele5 el jueves, y su propuesta de plasma estilo Rajoy, rechazada por la cadena, los directivos de Fuencarral se buscaron un as bajo la manga para derrotar al debate de la Sexta, y se encontraron con una baraja completa. A cada pregunta que le realizaban, Nicolás contestaba con una afirmación aún más gruesa que la que había soltado cinco minutos antes, y al poco tiempo daba la sensación de que él era, como en esas ilustraciones orientales que muestran quién rige el mundo, el que sito en su centro, y con múltiples brazos, movía los hilos y voluntades de toda España. Por un momento me entró la risa, pero a medida que la entrevista seguía y las afirmaciones de Nicolás no dejaban de crecer me empecé a sentir un poco tonto, con la sensación de estar asistiendo a un magnífico teatro, una absurda broma interpretada por un genio del humor, un personaje, el tal Nicolás, que se merece varios premios por su interpretación, que aguató el tipo, que fue capaz de demostrar que en los programas de sábado noche en la tele española hay de todo menos periodistas, y que necesita tanto tratamiento psiquiátrico como sesión de peluquería para mantener las ondas de su pelo (tiembla Paula Echevarría, el próximo pelo Panten es el de Nicolás!!!) era tal el cúmulo de despropósitos y la supuesta gravedad de lo que allí se estaba afirmando que, de ser cierto sólo el 1%, sería motivo suficiente para salir corriendo rumbo a Barajas. Como comentaban muchos en twitter, el espíritu de Orson Welles se estaba levantando, cual cilindro invasor marciano, asombrado y orgulloso de su sucesor, que mantenía a un país enganchado a la pantalla contando una sarta de bulas que tenían un aspecto muy creíble, dado lo que ya sabemos de la cutre vida y sociedad que hemos compuesto entre todos. Un país hastiado y descreído prestaba atención a un jovenzuelo muy bien posicionado, que le contaba a la audiencia todo lo que se quisiera creer sobre las cloacas de un estado, de un país, en el que la mierda hace mucho tiempo que nos anestesió a todos con su olor. De ese deseo de creer en la conspiración surge el éxito de Nicolás ante la audiencia, y de la corrupción que todo lo enfanga su ascenso entre la camarilla de pelotas y sobornadores que tratan de medrar comisionando a quien fuere con tal de llevarse contratos y mucha más pasta de la que le cuestan los sobornos. Es así de simple y obtuso. Surgido al calor de la burbuja, inflado con el dinero fácil, listo para colarse por los huecos disponibles, y megalómano hasta el extremo, Nicolás, en parte como Pablo Iglesias, ha aprovechado la coyuntura y las oportunidades para subir hasta lo más alto, hacer creer a todos su discurso y llevarse la fama y gloria. En su melena no hay u pelo de tonto, y sí muchos de iluminado, y el espectáculo del pasado sábado fue de los antológicos. Vacío y falso, sí, pero espectáculo a fin de cuentas.

Imagino a los directivos de Tele5 abriendo botellas de champán y disfrutando de una noche de juerga y desenfreno, justo la que yo no tuve, a medida que la audiencia de su desahuciado programa se disparaba y derrotaba a todos sus rivales, marcando un máximo absoluto. Muchas veces reiteró Nicolás que no cobraba nada por asistir al plató, como si eso fuera un aval de la sinceridad de sus declaraciones, pero a cada segundo que pasaba la cadena facturaba miles y miles de euros, y los espectadores, asombrados, gozaban con el espectáculo. Y España, en su conjunto, descendía otro peldaño en el camino del sainete cómico a la farsa patética, eso sí, esta vez no vestida de flamenca o torero, sino luciendo la moda de FAES y con una onda en el pelo que para mi quisiera.

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