El espacio que nos rodea
determina, en muchas ocasiones, cómo vivimos. Hacemos lo que hacemos en los
huecos en los que nos movemos, y muchas veces ellos nos condicionan. La luz de
las ventanas, el espacio entre sillas y mesas, el que puedas estirar los pies,
o el que estés apretujado en una estancia llena de papeles y enseres. Estás
cuestione, que hacen que IKEA se forre día a día, son tan importantes que
muchas veces sólo nos damos cuenta de ellas cuando cambian de manera brusca o
inesperada. Como en el día de hoy.
Y es que hoy hemos tenido en el
trabajo la primera de las dos mudanzas que nos esperan este año. Con motivo de
las obras de remodelación del edificio en el que trabajamos, y hasta que la
planta de destino que va a ser nuestra definitiva, la 21, esté concluida, nos
han bajado provisionalmente a la planta 8, en una de las que la obra ya ha
terminado. La reforma ha consistido básicamente en pasar del siglo XIX al XXI.
En origen nuestras oficinas han sido hasta hoy despachos de uno, dos o cuatro
personas, completamente tabicados en madera desde el suelo hasta el techo, y un
largo pasillo pegado al hueco de ascensores, en un estilo muy similar al de los
departamentos universitarios de toda la vida. La luz era abundante, pero sólo
porque desde la altura a la que nos encontrábamos, planta 19, entraba sol a
raudales por las enormes ventanas del edificio. La movilidad entre los despachos
era nula si exceptuamos las idas y venidas por el pasillo. A cambio, la privacidad
de cada uno era mucho mayor, inmensa si pensamos en los que disponían de
despacho individual, escasa entre los que, como yo, estábamos en uno
compartido, el más poblado de toda la planta, por cierto. La imagen visual era
casposa, con el color a madera ajada por todas partes y una sensación de agobio
gracias a los archivadores y armarios que se encontraban dispersos por todas
partes. La obra, más allá de la renovación de ventanas, techos, suelos y
servicios, ha consistido en hacer las plantas más diáfanas, con despachos
acristalados para los jefes y pradera de puestos de cuatro enfrentados dos a
dos para el resto, con algunos armarios que ejercen de separatas y definen
espacios, pero con una sensación de amplitud mucho mayor que hasta ahora. El
tono de la oficina ha pasado del marrón antiguo a un blanco inmaculado, que es
el que domina en todos los elementos de uso, que supongo irá “coloreándose” a
medida que pase el tiempo, pero que da una sensación muy distinta. El hecho
mismo de levantar la cabeza ahora mismo de mi monitor y ver una amplitud de
espacio sin paredes da ya una sensación muy distinta. Más allá de las impresiones,
habrá que ver cómo se amoldan los compañeros a un entorno muy distinto al que
han estado habituados durante muchos muchos años. De momento lo que más se oyen
son críticas y quejas, pero es probable que con el tiempo se vayan apaciguando
y, con el uso, se haga del espacio, ahora casi virgen, un entorno de trabajo al
que todo el mundo se acostumbre y, personalizándolo, haga también suyo.
Una discusión que hemos tenido estos días al
respecto de la obra es si las praderas, estos espacios de oficina abierta tan
en boga, son más productivos o no que los despachos, y hay opiniones para todos
los gustos. El hecho de que estén ya implantados en casi todas las oficinas del
mundo indicará, supongo, que lo son, porque están pensados para ello, y el
diseño de una oficina, además de acoger a los trabajadores, persigue por encima
de todo la eficiencia y la mayor productividad posible. Habrá que ver cómo lo
llevamos y, sobre todo, qué sucede con los hasta ahora típicos gritos que se oían
mucho, y deberán bajar de volumen. Experimentemos.
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