miércoles, julio 18, 2018

Ortega masacra a los nicaragüenses


La concesión del premio Cervantes a Sergio Parra sirvió para que, por un momento, nuestros medios de comunicación pusieran un instante su atención en Nicaragua, ese pequeño país centroamericano que vivió su época de esplendor mediático en los ochenta y que, desde entonces, apenas ha sido noticia, y no porque no hayan sucedido cosas allí. Parra formó parte de los guerrilleros sandinistas que acabaron con la dictadura de Somoza y llevaron a aquella pobre nación los sueños de libertad y progreso. Pronto abandonó Parra, un hombre honesto, aquella estructura de poder al ver cómo degeneraba en algo muy parecido a lo que habían derribado.

El entonces líder del movimiento sandinista, Daniel Ortega, es quien hoy en día sigue presidiendo el país y controlando su rumbo, aunque el papel de su esposa en la toma de decisiones es cada vez menos disimulado. Ortega empezó como un joven guerrillero, un émulo del che, y en los ochenta era uno de los nombres que iban de boca en boca por parte de los izquierdistas europeos, que, veían en el sandinismo la perfecta encarnación de la lucha del pobre contra el rico. La presencia de la “contra” financiada por EEUU, el escándalo del Irán-contra-gate y las revelaciones de Oliver North al respecto supusieron el fracaso de la insurgencia patrocinada por EEUU y la consagración global del sandinismo como un movimiento libertario. El gobierno sandinista era, sin embargo, poco más que la copia del modelo castrista, una dictadura vestida con otros ropajes, pero igual de férrea, sólo que al mando de un país y sociedad mucho más pobre y aislada que la cubana. Con esos mimbres era lógico pensar que Nicaragua no iba progresar mucho y, en efecto, año tras año, aparecía en las listas de los países más pobres del mundo, sin experimentar avances de ningún tipo. La ausencia de violencia organizada sacó a esa nación de los informativos y sólo cuando había elecciones algunos enviados especiales volvían a la Managua que recordaban como revolucionaria para narrar una nueva y aplastante victoria de un Daniel Ortega al que se le iba poniendo cara de dictador latinoamericano, un rictus que parece ser inevitable cuando uno de esos personajes siniestros organiza un desfile para celebrar su particular “fiesta del chivo”, que diría el gran Vargas Llosa. Y entre medias, nada. Algunas noticias trascendían sobre la presencia de inversores chinos en el país y su proyecto de un canal alternativo al de Panamá aprovechando las aguas del lago Managua, pero poco más. Hace unos meses Nicaragua volvió a ser noticia, se imaginarán que por algo violento. Lo que empezó como una revuelta contra una subida de impuestos en forma de cotizaciones sociales más altas se ha convertido, con el tiempo, en todo un enfrentamiento civil entre partidarios y detractores del régimen de Ortega, convertido este último en un dictador fantoche que, como todos, se ve abocado a disparar a su pueblo para conservar el poder, que es lo único que le importa, aunque eso suponga muerte, destrucción y pobreza en su país. Ortega tuvo hace unas semanas unos gestos de acercamiento a la oposición, no se si por presiones externas o no, pero sólo fue una táctica para ganar tiempo y, puede, desorientar a los enemigos. Tras ello ha vuelto a la táctica de la mano dura, el disparo, el ataque y la represión. Hoy Masaya, una de las localidades en las que prendió la mecha contra el régimen, está asediada por fuerzas militares leales a Ortega y, no lo duden, dispararán cuando reciban la orden del dictador para hacerlo. Y matarán.

En las memorias de Sergio Parra, que he leído hace pocos meses, se percibe un desencanto profundo, una angustia fruto de la rotura de un sueño al que entregó los mejores años de su vida o, al menos, los más juveniles. No es raro el caso de Parra, porque a demasiados bienintencionados les sucede que son manipulados por los listillos, los Ortega de turno, que saben que les necesitan para alcanzar el poder pero que luego, instalados, en él, todos los demás son prescindibles. El futuro de Nicaragua se antoja tan pobre y triste como su pasado, y la esperanza de su población, la de vivir en libertar, se ahoga en otra dictadura latinoamericana que no tiene nada de novedoso respecto a tantas que en el pasado fueron.

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