miércoles, julio 11, 2018

Setién, o el religioso que no deja de pecar


Ayer, a los noventa años, falleció José María Setién, el que fue obispo de la diócesis de San Sebastián durante cerca de tres décadas y, sin duda, la figura más poderosa del clero vaso en todo ese tiempo y el que vino después. Y poder en la iglesia vasca, hasta hace nada, quería decir poder de verdad, sin adjetivos, del que se ejerce y genera respuestas, pleitesías y sumisiones. Nada sucedía en la iglesia vasca sin que Setién lo supiera y aprobara, y nada era permitido fuera de su idea de iglesia, de sociedad y de, por supuesto, patria. Llevaba alzacuellos Setién, sí, pero sobre todo portaba una ikurriña tatuada en su corazón y un deseo independentista.

A todos nos escandalizan esas imágenes en las que, en un blanco y negro que no sirve para dulcificarlas, vemos a unos obispos entronizando a Franco como glorioso caudillo vencedor de una reconquista imaginaria, paseándolo bajo palio y ejerciendo de lacayos de un militar que ganó una guerra y dictó un país. ¿Qué clase de fe juraron cumplir esos abades? ¿Cuál era su evangelio? De una manera similar, sin imágenes tan duras, pero con el mismo fondo, durante décadas la iglesia vasca sustituyó el nacional catolicismo por el nacionalismo católico. Curas de mayor o menor rango se fueron haciendo fuertes en los movimientos que luchaban contra el régimen y apoyaron a ETA y sus ramificaciones como estandarte de una lucha liberadora en la que creían, desde luego mucho más que en cualquier mensaje evangélico. El fin de la dictadura, la transición y la democracia no significaron nada para ETA y, desde luego, tampoco para muchos de esos religiosos, que seguían viendo con simpatía a los luchadores de la patria soñada, y que no dudaban en lo más mínimo en mostrar el vacío, el desprecio, la ignorancia, ante las víctimas y sus familiares. Y Setién, desde lo más alto de su púlpito y cargo, encarnaba perfectamente ese papel. Autor de discursos y libros alambicados, densos, llenos de palabrería en los que la ética aparecía sin cesar como hilo conductor, sus palabras eran el muro tras el que se ocultaba el fanatismo del que cree que para lograr sus fines no importan las almas de aquellos que se les oponen. Hubiera sido Setién uno de los grandes en los tiempos de la inquisición, pero quiso el destino que le pillara muy tarde para los autos sacramentales. En su lugar, bendecía al nacionalismo más extremo, disculpaba a los terroristas y sus cómplices, constantemente establecía una equidistancia entre aquellos que mataban y los que los perseguían, como si fueran los dos ladrones crucificados a los lados del magnánimo pastor, al que él, por su puesto, encarnaba. Y no dejaba de arengar a las masas nacionalistas, para que persiguieran su sueño y no descansasen nunca. Junto con Xabier Arzallus, encarnó la simbiosis perfecta entre el poder terrenal y el supremo en un nacionalismo, el vasco, imbuido de clericalismo hasta límites absurdos y en una sociedad, la vasca, en la que la palabra de un sacerdote era más poderosa que la de mil personas, fueran estas quienes fueran. Setién se hizo con un enorme poder y lo uso mal, no sólo mal. Lo uso de manera pecaminosa, violando todo aquello que, en algún momento, juró creer. Como los curas nacional catolicistas, como aquellos que son detenidos por abusos, Setién fue un religioso que abusó de una parte de la sociedad para que la otra pudiera dominarla. Y nunca, nunca, mostró arrepentimiento alguno por sus hechos.

Hoy en san Sebastián habrá un funeral de los de gran boato, pompa y ceremonia, con una catedral llena y muchos en ella, mostrando condolencias y pena. Durante muchos muchos años en esa iglesia, y en otras tantas de su diócesis y anexas, los familiares de las víctimas de ETA no podían celebrar funerales a sus víctimas, porque no se les dejaba. Esa iglesia, vasca y española, que hoy entonará duelo, pegaba simbólicamente el último disparo al cadáver del asesinado, mostrando así el desprecio absoluto por él y los suyos, que no eran sino unos traidores a la causa de la liberación nacionalista. Versioneando la palabra, vale más una lágrima derramada en la soledad por una de esas víctimas que todas las que hoy se den en una abarrotada catedral, en la que Dios, si existe, hace tiempo que dejó de visitar.

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