miércoles, febrero 13, 2019

¿Está frenando China?


En el debate internacional, en el que nuestras minucias y miserias apenas importan, la situación económica de China está en medio de todas las discusiones y especulaciones. Una constante en la economía global de las últimas décadas ha sido el imparable crecimiento chino, con tasas de dos dígitos en los noventa y cifras de uno, pero muy alto, en los últimos quince años más o menos. Los últimos ejercicios la cifra oficial de crecimiento chino ha estado en el entorno del 6,5 – 7%. Esta asombrosa progresión ha llevado a que la suma de China y EEUU sea las dos quintas partes de la economía global y que la diferencia entre las dos potencias se acorte día a día.

Desde hace tiempo se rumorea que la economía china está perdiendo impulso y que puede ser difícil que este año logre llegar a un crecimiento superior al 6%. Desde la perspectiva occidental, donde crecer cuesta, y superar un 2% es un éxito apabullante, que haya preocupación global o por si China no mantiene su ritmo del 6% puede resultar absurdo o incluso frívolo, pero tiene su importancia. Como segundo actor de la economía global, primero ya en varias estadísticas relevante, una reducción del ritmo de crecimiento chino tendrá consecuencias en todo el mundo, y no sólo afectará a aquellas naciones directamente involucradas en el intensivo comercio de materias primas que abastecen al gigante asiático (piensen en todos los recursos naturales y agrarios que Latinoamérica y África exportan a China, o que esta produce allí directamente de una manera semicolonial) sino que también la presencia china en todas las cadenas de producción y suministro global hace que esos flujos puedan verse afectados. ¿Hay algo en nuestras vidas que no se produzca en China o que, en algunas de sus fases, no pase por allí? La guerra comercial que enfrenta a chinos y norteamericanos, y que ya empieza a generar efectos negativos en otras naciones como Alemania (y de rebote a nosotros, sin ir más lejos) está tensando esas cadenas de suministro global, y hace daño a ambas naciones, que libran un pulso no tanto por la hegemonía del comercio global sino directamente por el liderazgo económico en su conjunto. A todo este panorama se deben añadir problemas internos de la propia china, donde su economía no es tan de color de rosa como se pinta. La tan anunciada burbuja inmobiliaria, que iba a reventar hace ya muchos años, sigue ahí, y el crédito y la deuda no dejan de crecer. La banca en la sombra es un monstruo del que apenas hay estadísticas fiables y el consumo privado del país no acaba de arrancar como fuerza tractora del crecimiento para suplir a una inversión que no puede seguir a los ritmos actuales. El proceso de transición de la economía, liderado por el autoritario gobierno de Beijing, trata constantemente de balancear ambos conceptos, tratando de aumentar la demanda de particulares y empresas y reducir el papel de la industria y construcción, pero ese es un proceso que ha llevado décadas en las economías occidentales y ha producido sobresaltos y problemas varios, a veces no esperados. Que China logre esa transición de una manera rápida, sencilla y ordenada es algo que todo el mundo da por imposible. La inexistencia de un estado de bienestar como el que conocemos aquí hace además que el chino medio tenga una tasa de ahorro muy elevada respecto a la nuestra, porque su futuro no está garantizado por el estado que le oprime en el presente, y eso frena muchas dinámicas de consumo que entre nosotros son vistas como naturales.

El estancamiento demográfico que se atisba en el horizonte es otro problema. Levantada la prohibición del hijo único, siguen naciendo pocos chinos, ahora porque los adultos no quieren tenerlos, en un proceso que sí ha copiado lo que se ha dado en nuestras sociedades, y eso puede hacer que el envejecimiento chino sea muy intenso en un futuro no muy lejano. Algunos analistas señalan los curiosos paralelismos entre la economía china actual y al de Japón en los ochenta, previa al estallido de su burbuja y posterior estancamiento secular. ¿Es China un Japón 2.0, condenada a repetir el mismo camino de auge y caída? Como teoría tiene un enorme atractivo y es indudable que existen paralelismos entre ambas naciones, pero la dimensión continental y el poderío global chino pueden trastocar esa similitud. Debiéramos prestar mucha más atención a este asunto, que condicionará nuestra economía y vida mucho más de lo que pensamos.

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