jueves, julio 04, 2019

Madrid central y la política


Una de las primeras medidas del nuevo ayuntamiento madrileño ha sido la de imponer una moratoria en las multas al llamado Madrid central, con lo que, quitándole el carácter disuasorio, ha deshecho la barrera de acceso que suponía. Para los que no viven en Madrid, mayoría en nuestro país y resto del mundo, Madrid central es un área de circulación restringida que cubre el núcleo histórico de la ciudad perimetrado por el primer anillo de circunvalación que existió, calles, rondas, bulevares y demás, que se podían denominar como M10. Un sistema de cámaras registra el acceso y multa a aquellos vehículos de no residentes o que no tienen las necesarias etiquetas ecológicas de la DGT que acceden a la zona controlada. El objetivo es reducir el tráfico y bajar las emisiones en ese entorno.

Una de las promesas de campaña del PP y en parte de ciudadanos fue la de revertir esta área. Dentro del casco antiguo de Madrid existen ya varias áreas de prioridad residencial, semipeatonalizadas y ausentes de coches, pero el experimento central abarca todo el centro urbano y vías como la Gran vía, que más allá de su denominación son utilizadas por muchos para canalizar el tráfico en el sentido este oeste de esa zona de la ciudad. La reducción de los atascos y la menor contaminación es un objetivo que, lógicamente, buscan todas las ciudades. El crecimiento constante de las mismas y del volumen de coches que las puebla ha propiciado que sean numerosos los experimentos que se han llevado a cabo para quitar coches y humos. El más efectivo de todos, que existen ciudades como Londres desde hace años, es cobrar una tasa por acceder al centro. Si no pagas no entras, y si entras sin pagar, multazo al canto seas quien seas. Es el que mejor funciona, el más sencillo de gestionar y, también, el más impopular. La idea conceptual de Madrid central es un mixto, definiendo un área central grande y una política de multas, en este caso selectivas, en función del empadronamiento y del tipo de coche. Debido al infantilismo de nuestro país y a declaraciones absurdas, como ese amor a los atascos que expresó la candidata popular Díaz Ayuso, el debate sobre la contaminación en las ciudades se ha polarizado en nuestro clásico y estúpido maniqueísmo, de tal manera que si eres de derechas amas los tubos de escape y si eres de izquierdas las flores y los coches eléctricos. Y claro, la realidad no es así. La puesta en marcha de Madrid central se hizo con prisas, adoleciendo de falta de información a los usuarios, residentes y, sobre todo, los que viviendo fuera de esa zona, acceden a ella. No hay información sobre la disponibilidad de los aparcamientos para los que, accediendo a la zona, puedan saber si dejar el coche es posible o no. Ha coincidido también con las interminables obras de la calle Alcalá y Sevilla, y el cierre parcial de la línea 2 de metro producto de chapuzas derivadas de esas obras, y en muchos aspectos su puesta en marcha parecía más la de una idea bonita para los residentes de la zona afectada que ni tienen coche ni lo usan que para todos los demás. Frente a estas críticas, la idea de fondo tiene el mérito de haber planteado el debate de cómo gestionamos el problema del tráfico en esta ciudad, la tercera de Europa, aquejada de humos y ruidos como todas ellas, frente a los que anteriores consistorios no han hecho casi nada. La Comisión Europea ha abroncado con frecuencia al ayuntamiento, y al conjunto de España, por el descontrol de las emisiones, y Madrid central era una forma de hacer algo para evitar posibles multas y reprimendas. Que el diseño y la operativa de la medida tiene fallas evidentes no quita para que sea un primer paso para reducir de manera efectiva las emisiones y el tráfico, y por tanto, su gestión y diseño futuro deben ser pensados con cabeza, por expertos, y no por hooligans políticos de uno y otro lado que lo único que parecen hacer es buscar objetos e ideas para usarlos como armas arrojadizas. Reformado, es probable que Madrid central se quede.

Una de las cosas que aprendimos durante la huelga de taxistas es que la paralización de ese pequeño colectivo de coches generó una enorme mejora en el tráfico de toda la ciudad y sus accesos, no sólo en zonas muy céntricas. La gestión de la movilidad debe ser integral, inteligente, impidiendo que vehículos como los taxis u otros de servicios permanezcan todo el tiempo en movimiento, emitiendo sin cesar. Se debe reforzar el transporte público, estudiar el efecto de la cada vez mayor movilidad compartida y actuar de manera integral en un problema que es muy complejo, en el que muchos usuarios usan el coche porque no tienen otra manera de ir al trabajo o hace sus gestiones. Debemos tirar las ideologías a la basura y, con el objetivo de mejorar y limpiar, trabajar con datos y soluciones modernas.

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