Marwan,
según parece, tiene cuatro años, es moreno, con el pelo liso, y la imagen
no permute describir su rostro en detalle, aunque a buen seguro refleje agotamiento,
pérdida y nerviosismo. Medio de las infinitas arenas del desierto sirio, un
grupo de adultos, con petos en los que se identifica a ACNUR, rodean a Marwan y
parecen interesarse por él. Una mujer está cerca y se agacha para tratar de
hablarle y mirarle a la cara, pero el mantiene un gesto hacia el frente,
siguiendo la línea que ha trazado durante horas, días, a saber cuánto tiempo,
en su peregrinaje, en su huida del infierno de Siria.
Es muy difícil saber qué historia
concreta se encuentra detrás de esta escena, quién es realmente Marwan, cuál es
su familia, cómo ha llegado hasta allí y qué es lo que ha visto del horror de
la guerra, pero eso no es lo importante. Pudiera incluso ser una imagen falsa,
un trucaje, un error, una pérdida infantil en medio de la nada, donde parece
imposible no perderse, pero tampoco sería importante. Porque hay miles, decenas
de miles de Marwan, de niños perdidos que vagan por el desierto en el que se ha
convertido Siria, su país, hasta hace pocos años una nación sometida a un régimen
dictatorial, con luces y sombras, estabilidad y opresión, y que desde hace tres
años se desangra en una guerra despiadada y cruel, como pocas se han visto en
los últimos años, de la que millones de personas tratan de huir con lo puesto, arriesgándose
a cruzar desiertos inhóspitos, que no son como las paradisíacas postales de los
oasis diseñados para turistas, no, sino inmensas, infinitas extensiones de
arena y pedregal en las que nada crece y por las que nada fluye, donde se
intercambia una segura muerte en la guerra por una más que probable muerte por
hambre y sed. Miles son las personas que, ahora mismo, deambulan por esas
mismas arenas, sin rumbo fijo, con la única idea en la cabeza de huir, huir,
huir, escapar. Muchos de ellos no llegarán a ninguna parte. Se perderán en la
inmensidad, sin medios para saber dónde están y cuál es la población a la que
poder dirigirse. Algunos acabarán dando vueltas sobre sí mismos, desorientados,
débiles, ahogados en el polvo, viendo espejismos crueles en los que el agua, el
tesoro del desierto, se muestra engañosa frente a sus ojos, para luego
convertirse en la más falsa y cruel de las decepciones. Poco a poco las arenas
irán cubriendo sus pies, protegidos por un calzado inadecuado, o simplemente
descubiertos, y los irá enterrando. Los más débiles irán cayendo y conformando
el rastro de la caravana que partió un día de un lugar y que poco a poco se va
reduciendo a causa de la penalidad del camino. Miles de personas agonizan, a
estas horas, en las frías arenas del desierto, conscientes de que el sol y el
maldito amarillo del polvo van a ser lo último que verán sus ojos. Recordarán
sus pasadas vidas en Siria, lo que allí hacían, a lo que se dedicaban, sus
profesiones, sus amores, sus recuerdos de juventud y madurez, sus alegrías y
decepciones, y se preguntarán en su interior cómo han acabado en medio de ese
erial, qué ha pasado para que sus vidas queden rotas, sus esperanzas frustradas
y sus sueños convertidos en la pesadilla que ahora pueden contemplar. Sumidos
en la frustración, agotados, desesperados, morirán sin que ninguna cámara
retrate su agonía, sin que ningún ciudadano del resto del mundo les contemple,
sin que sean importantes para nadie, sin que su muerte despierta la más mínima
conciencia de culpa entre el resto de sus semejantes. Morirán solos en medio de
la nada, para nada.
Por eso no es importante que Marwan sea
realmente un refugiado de la guerra de Siria o no, porque si queremos basta con
enfocar nuestras cámaras al fondo de esa imagen, a la línea de horizonte que
parece cortada con tiralíneas, a esa inmensa extensión de yermas arenas, y
seguro que encontraremos a otros Marwan, a miles de ellos, a cientos de miles,
que transitan con la misma cara de desorientación y pena que la que parece
mostrar ese niño. Puede que él haya logrado el milagro de llegar al paraíso, el
lugar en el que le puedan curar y atender, pero serán muchos, demasiados, los
que no lo logren, los que vean sus vidas truncadas en el desierto, a causa de
esa maldita guerra de Siria a la que no prestamos atención y, por lo que se ve,
no nos importa en lo más mínimo
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