miércoles, febrero 19, 2014

Violencia desatada en Kiev


Era uno de los escenarios posibles, el más peligroso, el menos deseable, pero finalmente es el que ha sucedido. Ayer la batalla campal que, de manera intermitente, se ha desarrollado en Kiev entre el gobierno y los opositores se transformó en un enfrentamiento abierto, salvaje y descontrolado, en el que han muerto unas veinte personas, los heridos se cuentan por miles y los daños materiales se intuyen muy cuantiosos. Viendo las escenas de televisión uno se teme que este balance crezca a medida que avancen las horas, haya o no una tregua en los enfrentamientos, que se adivina difícil, inestable y, en todo caso, provisional.

¿Ha cruzado Ucrania el punto de no retorno en su crisis? No lo se. Ayer por la noche muchas voces hablaban de inminente guerra civil, y las escenas vistas reforzaban esa idea, así como el saber que en localidades lejanas a la capital, especialmente en la zona del país más cercana a Europa, se han producido asaltos a edificios gubernamentales y la toma de arsenales y munición. Sin embargo, no quiero usar ese concepto de guerra porque me parece prematuro, y demasiado horrible. Sólo imagina que una nueva guerra puede estar surgiendo en el corazón de Europa me hace palidecer. En todo caso los enfrentamientos de esta noche suponen la ruptura casi total entre una oposición a la que sólo une la demanda de caída del gobierno y un gobierno cuyo principal objetivo es aguantar en el poder. Yanukovich, el presidente, con el apoyo incondicional de Rusia, no parece que vaya a dudar a la hora de poner en marcha todos los medios necesarios para controlar el país, quién sabe si recurriendo al ejército, o a la instauración del estado de sitio. Los opositores, cuya figura más reconocida pero no única es el exboxeador Vitali Klitschko, un hombre de aspecto imponente, acostumbrado a dar y recibir, muestran su fuerza en la calle, pero también su desunión. El grupo de europeístas que reclaman que Ucranai estreche sus lazos con la UE y se libere del yugo ruso cuenta con todas mis simpatías. No buscan que el país renuncia a sus señas de identidad, pero creen que es Europa, la democracia, la economía de mercado y la sociedad libre lo que necesita su país, y no un sistema de poder corrupto, omnipotente y autoritario, como el que emana de Moscú. Lo malo es que junto a ellos hay muchos más opositores, arribistas que esperan su oportunidad en el caso de que caiga el gobierno, y un fuerte grupo de ultranacionalistas, que ven con malos ojos a Rusia porque recuerdan los tiempos de la ocupación soviética pero ven peor el “desorden” que implica la libertad europea. Durante semanas hemos visto como en la plaza de Kiev convivían esos manifestantes que enarbolaban banderas de las doce estrellas junto a milicias paramilitares que presentaban un aspecto muy atemorizante, con estilos y formas que recordaban a tiempos pasados pero no olvidados. Todos ellos sólo tienen un objetivo que les una, la caída de este gobierno proruso, pero de ahí en adelante la oposición diverge en estrategias y tácticas. La violencia que se ha vivido esta noche, lamentablemente, refuerza a las partes más extremistas de ambos bandos. Desde hoy los prorusos ven el riesgo de que los contrarios acaben con su poder de manera violenta y los opositores contenmplan a un gobierno que no duda en usar toda la violencia posible para defenderse. En medio, los dialogantes de uno y otro lado salen escaldados y tienen que huir para evitar ser apaleados por unos y otros. Es muy fácil que una situación de este tipo se descontrole y acabe en un enfrentamiento de baja intensidad, con actos vandálicos y terroristas, o con un estado asediado que amordace a la población y la someta al poder militar. Ahora mismo todos los escenarios son posibles pero, desde ayer, los más oscuros prevalecen sobre los más claros.

Y todo esto sucede en un enorme país que comparte frontera con Polonia, Eslovaquia y Hungría. Gracias al googleearth puedo ver que Kiev está a setecientos kilómetros de Varsovia y a mil doscientos de Berlín. Y por Ucrania pasan algunos de los gaseoductos más importantes que suministran energía a la Europa Central. Es decir, una crisis cada vez más profunda y grave emerge en el centro del Continente y enfrenta, como tantas veces ha sucedido, a dos formas de vida, democracia y autoritarismo, que llevan enfrentándose (y matándose) en Europa desde hace demasiados años. Triste y cruel manera de empezar a conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial, la de 1914, reavivando fantasmas del pasado.

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