martes, abril 08, 2014

De momento, la distancia nos salva del Ébola


Hay veces en las que poner tierra de por medio resulta ser la mejor opción para evitar los problemas. Si pudiera, Rajoy lo haría. EEUU es el típico caso de estudio de las ventajas que ofrece estar aislado físicamente del resto del mundo, y separado por una enorme masa de agua, para así garantizar la inviolabilidad de sus fronteras. Esto es verdad, pero el mérito de los norteamericanos está en haber convertido lo que también podía ser un hándicap para relacionarse con todos los demás en una vía de comunicación muy especial. En todo caso, huir de los problemas, cuando se descontrolan, es una salida instintiva y, a veces, la mejor de las posibles.

El Ébola es un ejemplo de esto. Confinado en regiones remotas de África, sus apariciones, periódicas a lo largo de los años, han sido controladas tanto por la virulencia del virus como por el pánico que provoca, que hace huir a la gente de los alrededores del brote, y contribuye a controlarlo ante la ausencia de portadores. Este virus es muy dañino, y parece diseñado específicamente para ser el protagonista de una de esas películas de desastres a las que tan aficionado es Hollywood. Se contagia a través del contacto físico entre portadores o sustancias que hayan sido compartidas por ambos, pero no por el aire, como la gripe, o mediante picaduras de mosquitos, como la malaria. Su periodo de incubación es largo, unas tres semanas, por lo que el paciente puede estar infectado durante todo ese tiempo sin saberlo, lo cual es muy peligroso de cara a la propagación, y una vez puesto en marcha, es de una letalidad asombrosa. Ratios de fallecimiento del 70 o el 80% son habituales en los brotes que se han producido hasta ahora, y no hay vacuna ni medicamento que pueda frenarlo. Supone algo parecido a una condena, de ahí el miedo atroz que despierta su nombre. Es precisamente esta altísima mortalidad lo que, aunque les parezca curioso, juega a favor de su control, dado que los portadores del virus mueren en exceso como para garantizar que la extensión del brote se mantenga aún en poblaciones estáticas. Es, por así decirlo, demasiado efectivo como para poder crecer, mata a demasiados portadores como para que su tasa de crecimiento pueda mantenerse en el tiempo. Esto, que es positivo de cara a su control, especialmente en poblaciones no muy extensas, no sirve de mucho si el brote de Ébola se produce en una aglomeración urbana, una ciudad densa en la que miles de personas se cruzan y comparten existencia en una muy pequeña porción de espacio. Una de las pesadillas de los epidemiólogos era que el virus lograse alcanzar una zona así, en la que los protocolos de actuación ante la enfermedad ni están desarrollados ni es tan fácil proceder al aislamiento de las personas afectadas. En ese caso es muy probable que frenar la enfermedad supusiera aislar a toda la ciudad y, literalmente, paralizarla, con los estragos económicos, sociales y de todo tipo que eso puede suponer, y que son fáciles de imaginar. Sin embargo, ese escenario de pesadilla cada vez está más cerca de producirse. El último brote de la enfermedad, que surgió hace un mes más o menos, se extiende ya por cuatro países del África central, ha alcanzado por primera vez a Mali, uno de los muy poblados entre los de la región, y en el que se sigue desarrollando un conflicto civil que dificulta enormememnte las labores sanitarias, y por primera vez ha llegado a una ciudad, Conakri, la capital de Guinea, con dos millones de habitantes que residen en su alargada silueta, poseedora de un puerto de gran actividad y un aeropuerto internacional con vuelos a muchos destinos a lo largo del mundo. Ya ha habido un susto con un vuelo procedente de esa ciudad con destino París, que fue retenido en el aeropuerto Charles de Gaulle, en el que finalmente los vómitos de un pasajero no tenían relación con la enfermedad, pero los nervios ya están algo descontrolados.

De momento el brote está lejos de ser controlado, y los casos aumentan a tasas muy elevadas. Las medidas de control que se llevan a cabo en esos países cada vez son más intentas y es mayor el número de especialistas que trabajan sobre el terreno, pero evidentemente el brote es serio, grave y peligroso. La falta de cura es lo más alarmante, y sólo pensar que un paciente infectado pueda extenderlo fuera de África sería un escenario de pura pesadilla. Imaginar que el virus logra llegar a Asia, con las densidades de población que se alcanzan en las urbes chinas, por ejemplo, nos llevaría a una situación muy peligrosa. Hay que seguir atentamente esta noticia, y confiar en que el brote pueda ser confinado dentro de los límites actuales, e investigar, investigar mucho para encontrar una cura que no lo haga tan peligroso.

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