martes, abril 29, 2014

La burbuja culinaria no cesa


Ayer tuvo lugar en Londres la ceremonia anual de entrega de los premios restaurant, que consagran a los mejores restaurantes del mundo. Tras un año como líder de la clasificación, el Celler de Can Roca, local sito en Gerona, fue desbancado por el danés Noma, que ostentaba el número uno hasta que los hermanos Roca le arrebataron esa posición hace un año. Hay otros dos restaurantes españoles entre los diez primeros (Aduzir y Arzak) y muchos otros entre los cincuenta, en los que, al parecer, no figura ningún japonés. Es probable que la fiesta se celebrara hasta altas horas de la noche en medio de un ambiente de elevado lujo.

Todos los que me conocen saben, y me critican y achacan, mi nulo gusto culinario, mis extraño paladar (concretamente todo lo que no me gusta, que es muchísimo) y mi desprecio hacia la comida y todo lo que ella conlleva. Y en estos tiempos en los que los fogones han sido encumbrados hasta los altares más selectos esta faceta mía aún es más sórdida y repugnante. Sin embargo, seguiré fiel a ella pese a quien le pese. Y sin entrar en gustos personales, seguiré siendo una especie de lunático Don Quijote que, en medio de la soledad, no me cansaré en denunciar hasta qué punto todo lo relacionado con la cocina se ha convertido en una enorme burbuja de diseño, impostura, maneras y orgullo difíciles de soportar. Los chef son dorados como reencarnaciones de artistas, que así se les llama en muchos lugares, se les otorga un poder absoluto, que pueden utilizar con mimo o desprecio, tanto hacia sus empleados como los comensales, enarbolando unas formas que ni a los banqueros se les permiten, y todo lo que se vincula a la gastronomía se ha convertido en uno de los negocios más boyantes de los que existen. Programas de televisión, revistas, series, especiales, concursos… vaya uno donde vaya se encuentra a un señor, mucho más que a una señora, con un delantal, haciendo no se que cosas, poniendo a parir a quien no las hace, y exaltando los supuestos valores de un plato que él ha hecho y que pareciera una indignidad que fiera comido por unas bocas que no saben apreciar su arte. Y no, la cocina no es arte. Es una necesidad, un negocio, una técnica, una forma de hacer las cosas, una manera de preparar los alimentos, una distracción, un entretenimiento, pero no es arte. Ahora, con la excusa del arte y las “experiencias” (Consejo, manténganse muy alerta cuando vean esa palabra en torno a cualquier cosa o situación) ir a comer a algunos sitios se ha convertido en una inversión enorme, algo al alcance de muy pocos, de un sibaritismo que se exhibe sin pudor alguno, de algo de lo que poder presumir sin que genere mala conciencia, de alardear delante de los conocidos de haberse gastado un montón de euros en cenar en no se qué lugar y observar, con deleite, como el resto alaba nuestro gusto, nos mira admirados, con tono de envidia y pone nuestro ego a la altura de los vapores que se escapan de una olla mal cubierta. Mercados gastronómicos que disparan los precios de sus productos, bares y barras de tapas que, subidos a la burbuja, hacen que las recetas de siempre se decoren de manera psicodélica y sus precios sufran una inflación desatada… todo por eso que se da en llamar “sentir una experiencia” que al final se traduce en que la cartera de uno es la que más “siente”.

Es necesario comer bien, de manera sana, variada y nutritiva, y se que yo no lo hago, pero la ostentación en la que se ha subido este mundo empieza a parecerme auténticamente insufrible, y la tontería que lo rodea, aún más. Se que mi voz clama en el desierto, y en este asunto aún más, pero comprobar como gran parte de la humanidad sigue pasando hambre mientras en los países desarrollados la obesidad empieza a ser epidémica y la gente se gasta enormes sumas en productos orgánicos o que estén de moda me parece un comportamiento fuera de todo lugar. Y es que en este caso, además de desnudo, el emperador está sometido a un constante ataque de gula

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