jueves, junio 26, 2014

La bici y Madrid. Amor y odio


Ayer, tras ser avisado por parte de la tienda que ya tenía mi bici reparada (cambio de cámaras por unas antipinchazos y nueva cubierta trasera) me fui de casa en bus hasta el taller pertrechado para, una vez cogida y pagada la reparación, lanzarme a uno de los deportes de riesgo más emocionantes y peligrosos que existen, casi comparable al salto base o al descenso de cañones en época de tormenta y crecidas. Me refiero, obviamente, a meterse con una bici entre el tráfico urbano de Madrid, de vuelta para casa. Una sensación única, irrepetible, y que demanda piernas pero, sobre todo, doce ojos, seis oídos y grados de atención más allá del alcance del cerebro humano.

Justo en esta semana se ha puesto en marcha el programa público de alquiler de bicicletas, impulsado por el Ayuntamiento para engancharse a la moda de la bici que surge en todas las ciudades y como una nueva vía de recaudación. Tras un inicio titubeante, en el que el sistema informático se cayó, habrá que esperar algunas semanas para ver cómo funciona en una esta ciudad la nueva oferta de movilidad. Lo cierto es que espero los datos con bastante curiosidad, porque los años que llevo viviendo aquí me han demostrado que Madrid es una ciudad especialmente hostil a todo lo que no sea coche. Motos, bicis, peatones, todos vivimos en un entorno no sólo diseñado exclusivamente para los coches, que también, sino en un entorno social en el que el uso de la bici, más allá de lo deportivo de fin de semana, sigue viéndose como algo excéntrico, propio de un postureo modernista y, en la mayor parte de los casos, objeto de mofa y ridículo. A ello se debe sumar que esta ciudad, inmensa, no es llana, ni mucho menos. Aunque esté en la meseta y eso pueda hacernos pensar que es plana, hay cuestas por todas partes, algunas tendidas pero constantes y muy largas como, sin ir más lejos, toda la castellana, y otras cortas y duras, como las que llevan desde Lavapies o puerta de Toledo al centro, por ejemplo. Frente a un Berlín o Amsterdam, en los que parece que el terreno se niveló de manera artificial para hacerlas llanas, y con una simple pedalada uno puede llegar casi hasta el final de la urbe, Madrid exige al ciclista esfuerzo físico y sacrificio en la cuesta. Esa es la razón esgrimida para justificar que todas las bicis del programa de alquiler sean eléctricas, ofreciendo así una ayuda en las cuestas. Pero salvadas las dificultades orográficas, que no son pocas, dos son los principales obstáculos para extender el uso de la bici en la ciudad. Uno, solucionable a corto plazo, es el de la creación de infraestructuras de uso, carriles acondicionados y rutas por las que poder utilizar la bici de manera segura. Más allá del anillo ciclista, que circunvala la ciudad, y que está bien para hacer deporte pero no para ir de un lado a otro, el Ayuntamiento ha construido algunos carriles por el centro que sirven más para el lucimiento turístico que para el uso del pedal. Hay que empezar a reservar espacios, delimitarlos y controlarlos, para otorgar a la bici un entorno en el que pueda servir y ser segura. Sino, en la selva del tráfico, soltada en medio de la marabunta, perecerá. El otro problema, el de fondo y de solución más lenta y compleja, es el del hábito social, al que antes me he referido un poco de pasada. La bici no es un obstáculo, un petardo que ocupa mi carril, un estorbo que me impide avanzar, sino otra persona en otro vehículo, distinto al coche, que va camino a su destino como yo. Cambiar esta idea y lograr que las calles y sus carriles sean de quienes transitan por ellas, independientemente del vehículo en el que lo hagan, va a ser lo más difícil de todo, y requerirá mucha educación, concienciación, vigilancia de las autoridades y, sospecho, sanciones, para que finalmente la convivencia se imponga y se haga natural.

¿Qué acabará pasando? No lo se, pero quiero ser optimista. El hecho mismo de que este debate ahora mismo esté en la calle es un avance, porque hace unos años hubiera sido, directamente, impensable. La crisis ha contribuido mucho a que la gente vea también la bici como una forma de ahorro económico, pero creo que es un vehículo que, más allá de la coyuntura, tiene un enorme futuro como alternativa de movilidad urbana. El caso de Sevilla es una muestra del éxito que ha tenido una iniciativa ciclista por la que casi nadie apostaba y muchos veían como exótica, y hoy en día es una realidad consolidada. Así que manos a la obra, a los pedales mejor dicho, y a ver si empezamos a civilizar las calles de esta querida, pero agreste, ciudad.

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