miércoles, junio 25, 2014

Música para todos los gustos


Ayer tuve la oportunidad de darme otra velada musical de esas que merecen ser recordadas. Acudí al Auditorio Nacional al concierto extraordinario de Ibermúsica, en el que jóvenes intérpretes ya consagrados mostraban su talento, casi carente de límites. Andrés Salado al frente de la orquesta Opus23 interpretó obras de Ginastera y Gershwin en la segunda parte, mientras que en la primera, para el lucimiento de los solistas, se acompañaba de Manuel Blanco a la trompeta en una pieza de Haydn, Judith Jaúregui al pino con Chopin y Leticia Moreno al violín interpretando a Ravel. Un programa de lo más variado y atractivo.

No me gusta hacer apuestas porque casi siempre pierdo, pero estaría casi seguro que a ninguno de los que lean hoy mi blog (gracias, siempre gracias por hacerlo) les sonará ninguno de los intérpretes que he mencionado anteriormente. Una pena. La música clásica sigue existiendo en nuestros días con un montón de prejuicios adosados a su espalda que impiden que el gran público le preste atención. Aburrida, sosa, cosa de mayores y carcas, soporífera… la clásica se ve por muchos como ese aburrido desván lleno de polvo en el que habitan señores mayores con pelucas y que tocan notas lentas, sosas y carentes de emoción. Nada más lejos de la realidad. La música clásica es, sobre todo, y ante todo, música, en mi opinión la mejor jamás compuesta, pero es un mundo sonoro inmenso en el que hay piezas maravillosas, obras desconocidas, trabajos rutinarios y composiciones del montón, como en todas las ramas. Es curioso ver que en un mundo como el actual, en el que la tecnología ha matado al soporte físico de la música, en el que miles y miles de horas de composición se acumulan en dispositivos cada vez más pequeños, y en el que el poder de los medios de comunicación para crear estrellas se ha visto muy reducido, con la clara agonía del imperio de “los cuarenta” y la radiofórmula, sólo a la música clásica se le trata con mirada despectiva. Los géneros musicales modernos se han diversificado de una manera extraordinaria, los rockeros empiezan a ocupar más páginas en los libros de historia que en los folletos de los conciertos, y el nombre de las distintas tendencias de rock, rythm & blues, soul, funky, tecno, indie, latino, etc, se disgregan en infinitas familias cada vez más especializadas y escuchadas por un público menor. Nunca se ha escuchado más música que ahora, con estilos tan diversos y, probablemente, de calidad tan discutible. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que cuando uno escucha un tema que le gusta se lo pasa bien, le emociona, le transmite, como ustedes quieran decirlo. La música, que es el más abstracto de los artes, logra que el oyente alcance un nivel de sensaciones como ninguna otra forma de expresión consigue, sin que se sepa muy bien cómo se produce ese milagro. Una congregación de apasionados de flamenco delante de un cantaor, o un grupo de heavies enfervorizados con las melenas al viento frente a su banda favorita no se distinguen demasiado de los incondicionales que ayer llenábamos el auditorio, porque ambos estábamos haciendo lo mismo: disfrutar de la música que nos gusta y viendo interpretar a quienes consideramos que son maestros en lo suyo. Ambos disfrutamos, nos lo pasamos en grande y vivimos la experiencia del concierto como algo único y especial. La principal diferencia viene al día siguiente, cuando en la oficina o en cualquier otro entorno cuentas que has ido a tal o cual concierto. Las caras de los que te rodean, normalmente, suelen divergir bastante entre un caso y otro, y casi seguro que la mayoría se decantaría por una sonrisa cómplice en caso de oír tus experiencias heavies (muchos pensarán en las chicas del concierto, pero no es este el caso que nos ocupa) y cuando empieces a hablar de música clásica no pasarán muchos segundos hasta que alguien ponga cara de aburrimiento… ¿Por qué?

Dentro de unas horas, a tres manzanas de donde les escribo estas líneas, estarán en concierto los Rolling Stones, un grupo de setentaañeros que siguen rodando por ahí, quizás para poder pagarse sus caros vicios, pero que tienen un montón de grandes canciones y miles de seguidores en todo el mundo. Los críos de hoy en día empiezan a no saber quiénes son los Rolling, o los Beatles, y casi seguro que dentro de un par de centurias esos grupos sean parte de lo que entonces se denomine la “música clásica del siglo XX”. El concierto de hoy será un presumible éxito, con todo vendido desde hace muchísimo tiempo y la garantía de un público enfervorizado que acude a ver a sus ídolos ya  disfrutar de….. la música.

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