miércoles, marzo 23, 2016

Los islamistas de DAESH arrecian su campaña de terror

Lo expresó muy bien el primer ministro belga Charles Michel cuando aún reinaba bastante confusión sobre la dimensión de los atentados de Bruselas. El país llevaba esperando bastante tiempo un desastre y, finalmente, los peores presagios se han hecho realidad. Con gesto serio, Michel apenas dio información pero dejó bien claro que las horas que restaban del día iban a ser las más duras. A medida que el balance de muertos subía y que las imágenes que, a cuenta gotas, llegaban a los medios de comunicación confirmaban estos augurios, las palabras de un desbordado primer ministro se convirtieron en descripción de impotencia y horror.

Resulta asombroso hasta qué punto es fácil matar gente y destruir la rutina de una gran ciudad, convirtiéndola en una ratonera. Apenas cuatro o cinco personas, dos objetivos sin control alguno, y sin posibilidad de tenerlo, unas cuantas bombas, la conciencia de entregar la vida por Alá, y se acabó. El desastre, la matanza, el horror. Bélgica, un país descontrolado, que ha sido escogido por DAESH desde hace tiempo como base operativa en Europa, vivió ayer sus horas más tristes y duras desde hace décadas por obra y gracia de unos malnacidos, sí, pero también de muchos otros que les han ayudado. No es necesaria una gran estructura logística para perpetrar algo como lo sucedido ayer, pero es evidente que esa organización existe, planea actuaciones, selecciona objetivos, y decide atacar cuando lo cree conveniente o posible. Algunos han relacionado lo sucedido ayer con la detención el fin de semana de Salah Abdeslam, el superviviente de los atentados de París. Y es posible que la orden de ejecutar el atentado se haya dado como respuestas a esa detención, pero el trabajo previo estaba hecho desde antes. Es como si DAESH tuviera organizados ya varios atentados, objetivos, pruebas de fuerza. Todo está testado y comprobado, y el día que me apetezca, hago la llamada o el acto que sirva de contraseña y lo pongo en marcha. La eficacia de la organización y el apoyo que posee, con cientos de fanáticos convencidos resulta asombrosa a la par que atemorizante. Asusta mucho también ver cómo DAESH responde ante las medidas de seguridad que se implantan y aprende (evoluciona, podría decirse). Si aumentamos los controles de acceso al embarque de los aviones y todo lo relacionado con el vuelo, no hay problema, nos hacemos estallar en el interior de la terminal, que es un lugar de acceso público, y que tiene víctimas potenciales en igual medida, y con el efecto deseado de dejar el aeropuerto fuera de juego. Si aumenta la vigilancia en centros de transporte colectivos, no hay problema, escojo una simple parada de metro, muy transitada, en la que por definición la vigilancia no puede ser intensiva, y cargo con una maleta explosiva y me detono, y se acabó el tren y, de paso, derrumbo el transporte público de la ciudad y la colapso. El mensaje de estos atentados es demoledor. No importa dónde y cuánto aumentéis las medidas de seguridad. Sabemos, al igual que lo sabéis vosotros, que la seguridad absoluta no existe, que las concentraciones de personas son inherentes a una gran ciudad, que los lugares públicos no pueden ser controlados, que las brechas de seguridad existen en todas partes, y que tarde o temprano nos colaremos por una de ellas. No hay posibilidad de frenar una riada de terror que, como el agua, no deja de buscar agüeros por donde meterse y que, finalmente, siempre los encuentra.

La única manera de evitar atentados como estos es el trabajo previo, el de las fuerzas y cuerpos de seguridad y de inteligencia, el de miles de horas de profesionales que espían, escuchan, siguen pistas y sospechas, y pueden llegar a desarticular células y comandos antes de que actúen, como una seguridad activa. Pero aunque detengamos a miles de ellos, basta con que uno se nos escape para que pueda hacernos llorar a todos de rabia e impotencia. El mensaje que, en un día como hoy, hay que gritar alto y claro es que no nos vamos a rendir. Que nos harán llorar una y mil veces, pero que no nos vencerán nunca. Que nuestras víctimas son la fuerza que nos impulsa para resistir.


Subo a Elorrio a pasar los días festivos y me cojo Lunes y Martes de la semana que viene, por lo que si no hay sorpresas, hasta el Miércoles 30. Disfrute, descansen, ojo a la carretera y, dado que hay malos profesionales entre nosotros, sean ustedes los buenos.

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