miércoles, octubre 26, 2016

Rajoy gana el juego


En política, como en muchas otras cosas en la vida, las estrategias deben ser valoradas por sus resultados finales, no por sus planteamientos a priori. Si he ganado un partido, lo hice bien, jugara como jugase, y si consigo ser investido como Presidente del Gobierno, también mi táctica ha resultado ser la correcta, pese a todas las críticas y dudas que hubieran surgido en torno a ello. Eso es lo que debe estar pensando ahora Rajoy que, trescientos y poco días después, afronta esta tarde una nueva investidura en la que, esta vez sí, con la abstención de algunos socialistas, le proclamará nuevamente Presidente, y esta vez de verdad, no en funciones.
 
Eso sí, presidirá Rajoy un gobierno débil en medio de la ruina política del país, tras un año convulso en el que la credibilidad de los gobernantes es nula entre los gobernados. El daño infringido al sistema político debido a los golpes, bajos y de otro tipo, que se han dado los partidos e instituciones, es muy alto, y esas heridas requerirán mucho tiempo para poder ser curadas. El PP, con 137 diputados, no puede aprobar norma alguna en solitario, y aún con el apoyo de Ciudadanos, necesitará pactar casi todo para poder sacarlo adelante. Más allá de cuestiones básicas, como la posición del país ante organismos internacionales, la gestión del terrorismo islamista o el desafío soberanista catalán, todo está en el aire, empezando por unos presupuestos que Bruselas exige que, por fin, sean realistas y recorten lo que deben. En frente el PP tiene un guirigay de cuidado, con un PSOE maltrecho como primera fuerza opositora. La abstención del sábado, aún no sabemos de qué dimensión, va a desgarrar más si cabe las costuras de un partido que se deshilacha por momentos, en una de las crisis más graves de las vividas a lo largo de su centenaria historia. Curiosamente, cuanto más dure el gobierno de Rajoy más tiempo tendrá el PSOE para repararse y armar una alternativa viable. Un gobierno del PP débil que, pongámonos en un caso extremo, cayera el año que viene tras no poder aprobar presupuestos, abocaría a unas elecciones en muy breve plazo y enfrentaría al PSOE convulso ante un precipicio insalvable. Su salvación y reconstrucción va a ser una de las noticias río de esta legislatura que ahora empieza de verdad. Y luego está Podemos, que como el gato de Schrödinger, quiere estar en la viva calle y las muertas instituciones. La crisis del PSOE ha ocultado, en parte, el cisma que se vive en ese movimiento, cisma que enfrenta a los posibilistas, con Errejón a la cabeza según los medios, que buscan mantener la transversalidad del partido y un tono amable, frente a los duros, los estalinistas, encabezados por el líder supremo, Pablo Iglesias, que no tolera que nadie le haga sombra, ni siquiera el Sol en verano, y busca agitar las calles para obtener en ellas lo que los votos no le han dado. Mi visión es que cuanto más se radicalice Podemos más apoyo popular perderá, y más marginal se hará, pero eso no implica que su táctica de broncas no suponga mucha sal en el ya excesivamente condimentado plato de la política nacional. Ciudadanos, por su parte, tiene una posición intermedia, posibilista, atractiva en potencia pero peligrosa en la práctica, ya que puede mostrar lo útil que es votarles para desarrollar reformas pero corre el riesgo de acabar diluido entre la bronca PP con el resto de la cámara. Tendrá que mostrar mucha cintura a sabiendas de que será penalizado por ella. Y luego están los nacionalistas moderados, PNV sobre todo, que pueden sacar mucha tajada, léase pasta, de esta coyuntura. Y no lo duden, la sacarán.
 
El hecho mismo de arrancar la legislatura y saber que no hay una campaña electoral en el horizonte ya es una buena noticia, pero no nos engañemos, es sólo el principio. El país necesita un montón de reformas, pactos, acuerdos y cambios, profundos muchos de ellos, que van a exigir a los partidos mucho diálogo y consenso, y todo ello en un contexto internacional y, especialmente, europeo, que no es nada favorable. Esta legislatura puede ser muy importante y fructífera, o muy decepcionante. Y la paciencia ante las decepciones se agota. A ver de lo que son capaces los diputados y, sobre todo, la sociedad española en su conjunto.

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