martes, noviembre 14, 2017

Desde Rusia, con internet y sin amor

El año pasado tuvimos, delante de nuestros ojos, la evidencia de hasta qué punto los bulos y falsedades sembrados en internet causaban efectos políticos reales. Las dos grandes decisiones de ese año, el Brexit y Trump, en las que el mundo anglosajón se suicidó delante de todo el planeta, lo que no le sirve como freno para seguir presumiendo de todo y dar lecciones da a todo el mundo, pase lo que pase. En esas elecciones las campañas se llenaron de mentiras, bulos, rumores y otras ponzoñas, calificadas de manera eufemística como “postverdad”. Los efectos de tanta mentira fueron nocivos, y hoy los vemos con claridad en la política de esos países.

Si uno cree que su país o sociedad es inmune a todos estos fenómenos es que no ha entendido qué es esto de la globalización en la que vivimos. En Europa continental la mentira política está instalada como en todas partes, aunque de momento hemos conseguido que, por los pelos, no se haga con el poder, pero es evidente que va en auge. Movimientos xenófobos como el Frente Nacional francés o la extrema derecha alemana la utilizan día tras día, y sus resultados electorales son muy buenos. Lo interesante de este fenómeno es que se viste con trajes distintos en función del electorado al que se dirija, buscando la eficacia por encima de todo. A primera vista pocas son las coincidencias ideológicas entre un británico de extrema derecha como Nigel Farage y un dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya, pero están unidos por vínculos muy estrechos, y profundos. Ambos necesitan la mentira, la intoxicación para crecer. Uno puede hacer creer a los residentes en las islas que Bruselas les roba y otro propagar que es España quien “ens roba” cuando ambos están diciendo lo mismo, acudiendo al mismo supermercado de discursos políticos. Y sus tácticas son muy similares, sus campañas de propaganda, su forma de movilizar… tantos parecidos que resultan no sólo sospechosos. ¿Quién está detrás de todos estos grupos? ¿Quién financia y adoctrina sus estrategias? ¿Quién apoya en las redes y en el conjunto de internet a estos movimientos? Es difícil saberlo, porque el anonimato que está en la base misma del diseño de internet impide a ciencia cierta saber la persona o el lugar desde el que se produce el bombardeo de propaganda. En EEUU llevan meses investigando la ingerencia rusa en las elecciones de hace un año, negada con tanta vehemencia por Putin y Trump que la hace muy factible. Va a ser muy difícil poder probar que el gobierno ruso está detrás de todos estos movimientos, o que los apoya y financia, porque si es así bien se habrán encargado los servicios secretos rusos de ocultar su papel y crear pantallas y estructuras que opaquen su presencia. Pensemos de otra manera y, usando el aforismo ese que dice que para resolver un caso mira quién gana con su ejecución, pensemos en qué beneficia a Rusia una desestabilización occidental. El país de Putin está sumido en una crisis económica, demográfica y existencial desde hace tiempo. Su tecnología se ha quedado atrás y el poder que detenta se basa en viejas estructuras, muy efectivas, pero que no ofrecen relevo. La táctica de debilitar a los rivales para que no parezcan tan fuertes no es mala, y la desunión de los rivales ayuda a los propósitos de una nación, la rusa, que es un continente en sí misma. A Putin, y no sólo a él, le viene muy bien que Europa esté sometida a tensiones, sean estas en Ucrania, Reino Unido o Cataluña, porque debilita la posición europea, lo que directamente refuerza la suya.


Más allá de la posible detención de hackers individuales, resulta evidente que Rusia, y otros países como Corea del Norte y China, poseen instituciones dedicadas al ciberespionaje y al activismo. Lo sabemos muy bien porque también conocemos como la NSA norteamericana se dedica a fines similares. Cataluña es el último de los casos, pero habrá otros más en el futuro, y cada vez más intensos, dada la credulidad de las sociedades modernas, el nerviosismo de todos ante un futuro que corre más de lo que somos capaces de entender y el desprestigio de los medios de comunicación tradicionales, que ha sembrado el terreno para que crezcan los fabricantes de bulos, amparados en herramientas geniales como Facebook o Twitter que, mal usadas, pueden ser devastadoras. Bienvenidos al frente de guerra del siglo XXI.

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