miércoles, noviembre 08, 2017

Un año, ya, de la victoria de Donald Trump

Desde que vivo solo en Madrid disfruto de las noches electorales norteamericanas, cosa que sería imposible en casa materna. Me voy un poco antes a la cama, duermo dos o tres horas y a eso de las dos de la mañana me levanto y sigo la programación especial, viendo cómo caen los estados para uno u otro lado, en un sistema de votación extraño, algo anticuado, y con sesgos derivados de su carácter mayoritario puro, que sigue siendo ejecutado el primer martes después del primer lunes de noviembre, cada cuatro años en las presidenciales, desde hace más de dos siglos. Un ritual democrático del que pueden orgullecerse los norteamericanos.

La democracia garantiza legitimidad, pero no acierto. Hace cuatro años, cuando Florida cayó para Trump, empezaron a levantarse fantasmas asustados que, poco después, serían de cuento de terror. A estas horas de la mañana ya sabíamos que Trump, el peor candidato imaginable, el más populista, abusón, simplista, demagogo, mal formado y bochornoso de los candidatos posibles, se hacía con el cetro del poder de la nación más poderosa del mundo. Glups. Lo inimaginable había sucedido, tras un año en el que, elección a elección, Trump había ido eliminando a rivales republicanos que, salvo excepciones, demostraron ser al menos tan inútiles como él. La campaña con Hillary fue sucia, tanto por lo que vimos y oímos como por lo que no, que poco a poco sale a la luz, aunque quizás nunca tengamos muy claro hasta qué punto las influencias externas, principalmente rusas, fueron determinantes para lograr la derrota demócrata. Para eso habrá que investigar mucho y conseguir pruebas certeras y, un año después, estamos más cerca de tenerlas, pero es cierto que aún no están. Transcurrido este tiempo, ¿qué podemos decir de la presidencia de Trump? Lamentablemente, lo más acertado es que se equivocaron aquellos que afirmaban que el poder domaría al payaso, que la responsabilidad le haría comportarse de una manera más ajustada a derecho y a lo convencional. No, Trump es el personaje que parece, y tiene una edad en la que ya le da igual casi todo. Su actitud ha sido la de un fanfarrón que, entrando en una casa, se dedica a perturbarlo todo. A lo largo de este tiempo ha desequilibrado la situación de EEUU en el contexto global, haciéndolo pasar de actor decisivo para la estabilidad global y defensor de los valores occidentales a foco de incertidumbre y comportamiento antisocial. El proteccionismo, algo inaudito, figura en la agenda norteamericana, tanto en la faceta económica como en la política. Los aliados, europeos y del resto del mundo, empiezan a ver a Washington como un problema más que una fuente de soluciones. La retórica populista de Trump es igual de básica y errada sea cual sea el problema, y trata las crisis internacionales de calado, como la de Corea del Norte o Irán con la misma bravuconería con la que se mete con los medios de comunicación que le critican, de tal manera que los tuits que dedica a King Jon Un o al New York Times podrían ser perfectamente intercambiables. Su ignorancia se manifiesta en decisiones como la retirada de EEUU del tratado por el clima de París o la restricciones de fondos para programas de investigación médica. Sólo la bolsa, que sigue subiendo, marcando máximos históricos, y la economía, que se mantiene fuerte, parecen ajenas al vendaval Trump, demostrando que los ciclos económicos viven ajenos a las decisiones de los gobernantes y que, pese a la ineptitud, la economía subirá hasta que no pueda más y empiece a caer.


Lo peor que ha hecho Trump en este año de mandato es haber sembrado la división dentro de los propios estadounidenses. Incidentes como el de Ferguson este verano han vuelto a reabrir la herida entre supremacistas y defensores de los derechos humanos. Trump gobierna claramente “frente a” parte de la sociedad de su país, actúa orgulloso contra lo que considera una versión blanda, progre y falaz del norteamericano, y ha despertado fantasmas que, con dificultad, permanecían encerrados en la sociedad americana, que desea en su conjunto que esas pesadillas no se reaviven. Como Puigdemont y sus secuaces, Trump está siendo muy efectivo a la hora de dividir, fracturar, romper la sociedad que dice gobernar. Ese es su principal pecado, la mayor de las taras que arrastramos desde su llegada al poder.

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