miércoles, febrero 21, 2018

Cantar por amor al arte (para Delia Agúndez y todos los músicos)

Este pasado sábado estuve en un concierto de música antigua celebrado en una iglesia del centro de Madrid. No pertenecía al ciclo del Festival de Arte Sacro que se celebra ahora en la ciudad, pero se realizaba en paralelo. Algo más de media entrada, que era de pago, en un edificio de buena acústica y muy baja temperatura, y con la polifonía de Cristobal de Morales como protagonista exclusivo. Actuaron Gradualia, formación encabezada por Simón Andueza y en la que participó la soprano Delia Agúndez, a la que conocía de anteriores conciertos. Polifacética y presenten múltiples proyectos, la carrera de Delia es un gran ejemplo de lo bello, y difícil, que resulta ser el trabajo del artista en un país donde tan poco se valora esta profesión.

Al final del concierto me quedé un rato para felicitar a Delia por su actuación, exquisita, como la del resto de cantantes, y entre una cosa y otra acabamos en un local cercano tomando algo los artistas y algunos de los miembros del público, a los que yo no conocía de nada. En una charla distendida, en la que yo aprendía mucho más de lo que era capaz de aportar, la música fue el tema fundamental de conversación, como era de esperar. Música en torno al concierto que habíamos vivido, que todos calificamos como excelente, tanto que incluso nos había permitido olvidar por momentos el frío de la iglesia. Y música como forma de vida de todos los que allí estaban reunidos, como intérpretes en el caso de los concertistas y como relacionados con ese mundo. Había un chico que era crítico de la revista Codalario, y otros dos, con los que tuve la oportunidad de charlar más en profundidad, que dedicaban su tiempo musicológico a rescatar partituras de lugares en los que yacen escondidas y abandonadas. Iglesias, monasterios, palacios, casas señoriales, edificios ruinosos, su vida era un deambular por España tratando de convencer a los dueños o gestores de lugares y posesiones de la necesidad de dar a conocer el patrimonio que se atesora, y que tantas veces corre el riesgo de pudrirse y perderse. En bastantes ocasiones habían tenido éxito, y algunos de los conciertos del citado Festival de Arte Sacro antes comentado van a ser posibles gracias a su labor. En otras ocasiones, no pocas, recurrían a argucias como sacar fotos indiscretas de pergaminos roídos por el tiempo (y algunos animalitos) sin que el responsable del archivo se diera cuenta. Y en no pocos casos su historia era la del fracaso, la imposibilidad, el no acceso a las fuentes, a veces ni siquiera a los lugares en los que se encuentran. Era una labora, tal y como la contaban, apasionante, detectivesca y proclive a encontrar joyas, pero también muy mal remunerada, a veces de ninguna manera, por lo que la vida de esos chicos buscadores era, como mínimo, precaria. Trataban de encontrar vías de ingresos alternativos, que les permitieran desarrollar su labor de arqueólogos musicales, y todo ello les obligaba a una vida frugal y llena de limitaciones. Y comentaba Delia, cuya carrera va viento en popa, que su caso era igual, que la vida de autónomo es dura, se ingresa algo, no se sabe muy bien cuanto, el día que se actúa, y al día siguiente nada es seguro. Y comentaban todos ellos como los grupos asentados, los que tienen nombre, muchas veces no pueden salir al extranjero porque no tienen dinero para pagarse unos viajes que, otras naciones, sabedoras de la importancia de la promoción cultural, sí cofinancian a sus grandes grupos musicales, que todos conocemos, y que cuentan con ese colchón que les permite mostrar su calidad, enorme, y hacer promoción comercial de su origen. Contamos en España con grupos e intérpretes de igual calidad, eso ya es una evidencia, pero sin ese apoyo ni músculo financiero que les permita girar y promocionarse, y de ahí que muchas veces parezca que el nivel musical nacional es mucho menor. Qué errónea, e injusta, percepción.


En ese rato de conversación, que fue sumamente agradable e instructivo, me encontré con un grupo de profesionales que, literalmente, daban su vida por amor al arte, y que reflejaban muy bien la precariedad en la que se mueven muchos profesionales de nuestro país, de diversos sectores y procedencias (piensen en los periodistas, tantos falsos autónomos, empleados de restauración y servicios, etc) agudizada en su caso por el abandono que el arte y la cultura sufren en nuestro país, en muchos casos por la indolencia de gobiernos que, esto es lo peor, reflejan el comportamiento de una gran parte de la sociedad. Poco más puedo hacer que dar apoyo y sentir admiración ante estos estajanovistas de la cultura. Y alentar para que todos los que puedan vayan a sus conciertos, compren algún CD, les aplaudan y animen. Viven del favor del público.

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