Hoy
comienza en Barcelona el Mobile
World Congress, MWC, congreso sobre telefonía móvil y redes inalámbricas
más importante del mundo, y uno de los congresos que, en su conjunto, mueve más
dinero y profesionales de los que se celebran a lo largo del año en cualquier
ciudad y de cualquier temática. Junto con el CES de Las Vegas será,
probablemente, la feria tecnológica más relevante del año, y el sector, ya se
sabe, es de los más dinámicos, pujantes y presentes de nuestro tiempo. Barcelona
recibe decenas de miles de profesionales dispuestas a aprender, enseñar sus
tecnologías y gastar. Se calcula un impacto superior a los 400 millones de
euros y no hay sector de la urbe que no se vaya a beneficiar, desde el más
selecto al más turbio.
¿Seguirá
celebrándose el MWC en Barcelona los próximos años? Es una enorme pregunta que muchos
empiezan a hacer en alto y que tiene una difícil respuesta. El mero hecho de
que nos lo preguntemos se debe a que asumimos el riesgo de que no sea así. La
entidad organizadora del evento tiene firmado un acuerdo con Barcelona para que
allí este la sede del acto al menos hasta 2022, si no recuerdo mal, pero es
verdad que los rumores de traslado crecen sin parar y que otras ciudades,
suenan Munich y Dubai, los omnipresentes Emiratos Árabes, se quieren postular
como futuras sedes. ¿Por qué este temor a la marcha de un negocio seguro y que,
desde 2008, se celebra con seguridad y (muy) creciente importancia? Pues por lo
que todos sabemos, por la deriva independentista catalana, por la obcecación de
una parte nada pequeña de su clase política y el clima turbio que este proceso
ha generado en la imagen de la ciudad. Todo lo que allí ha sucedido desde que
empezó esta locura ha supuesto un deterioro del clima de negocios y de la
posición turística y comercial de Barcelona, y con ella de Cataluña, en el contexto
internacional. La esperanza que tenían algunos de que esto no fuera sino un
pequeño bache empieza a difuminarse a medida que la cerrazón, por no llamarlo
locura, de parte del independentismo, mantiene bloqueadas a las instituciones
regionales, con una Generalitat intervenida, y un Ayuntamiento seguidista de
esas desquiciadas posturas que no hace sino ahondar en la crisis institucional.
Las escenas vividas ayer durante la recepción previa al inicio del Congreso, en
las que representantes públicos del Ayuntamiento y las instituciones
autonómicas volvieron a actuar como agitadores de parte, y no como portavoces
del conjunto de la ciudadanía la que se deben, son la peor tarjeta de visita
para que los que vienen al Mobile, que apenas conocen nada de la realidad
catalana o española, se lleven una buena imagen. Algo les chirriaría de los
discursos que escucharon, donde un completo ausente de nuestra actualidad
(afortunado por perdérsela, sí) percibiría una tensión nada disimulada y una
constante referencia a términos como libertad, derechos humanos o necesidad de
conciliación, más propios de zonas en conflicto civil. Si ese es el mensaje que
quieren transmitir los independentistas, en parte, lo consiguen con su actitud
diaria, y es evidente que eso se traduce en perjuicios, que no van a pagar los
líderes de esas formaciones, siempre bien cubiertos ante cualquier pérdida
económica sino el trabajador a pie de calle, el ciudadano normal que paga sus
impuestos y, sobre todo, trabaja día tras día para sacar adelante su vida,
negocio y familia. El año pasado Barcelona perdió la sede de la Agencia Europea
del Medicamento, una de las mejores a las que se podía optar, contando con
edificio e infraestructuras preparadas, en una candidatura excelente, que fue
saboteada por el independentismo y la ceguera nacionalista. El impacto de esa
sede en la ciudad hubiera sido enorme, tanto como lo fue la sensación de
pérdida que produjo su no adjudicación.
En
su discurso de ayer ante las autoridades y representantes de las empresas participantes,
el
Rey Felipe VI apeló a la colaboración entre instituciones y al trabajo conjunto
para mantener el Mobile en Barcelona, para no perderlo, para no expulsarlo.
Palabras llenas de lógica que, tristemente, no serán atendidas por un sector de
la política catalana. En el País Vasco tenemos experiencia de décadas sobre el
daño económico que supone la cerrazón nacionalista (por no hablar de otros
daños infinitamente más graves e irreparables). Ahora Cataluña empieza a sufrir
los costes reales de la deriva de Puigdemont y de todos los personajes que, día
a día, nos llenan la actualidad, nos aburren y, también, empobrecen, no sólo de
manera metafórica. Que el Congreso sea un éxito para las empresas y la ciudad,
y que el año que viene y todos los que vengan, sea siga celebrando allí. Y
cuando los móviles sean algo que ni imaginemos, también.
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