viernes, abril 06, 2018

50 años de 2001


Esta semana se ha cumplido el 50 aniversario del estreno de “2001, una odisea en el espacio” una de las películas más famosas de Stanley Kubrick y, sin duda, de las más impactantes que jamás se hayan rodado. Por tal motivo, o no, La Cultureta de Onda Cero dedicó gran parte de su último programa a la figura de ese controvertido director, perfeccionista hasta el extremo y creador de títulos que son historia eterna del cine. Su calidad, exigencia, potencia visual y capacidad de turbar al espectador se citan casi en cada escena de sus obras. Rechazado por algunos, amado por muchísimos, comprendido por pocos, Kubrick creó una marca propia y su muerte nos privó de su genial visión. 2001 es todo eso y mucho más.

No recuerdo haber visto 2001 en cine, aunque me suena que alguna vez mi madre me ha comentado que sí fuimos a la sala a verla cuando era muy pequeño. Mi mala memoria se llena de huecos cuando viajo al pasado y los vacíos no hacen sino crecer. Sí la he visto en televisión, varias veces, y mantengo el recuerdo fascinado que me embargó cuando la contemplé por primera vez, cierto que sin entender gran parte de lo que veía, cautivado por unas imágenes que eran, simplemente, atrapadoras. Cada uno de los cuatro episodios de la película, que en un momento inicial me parecieron aislados, se presenta como capítulos integrados en un proceso de crecimiento de la inteligencia humana pastoreada por esas mentes superiores, que van colocando balizas a lo largo de nuestra historia, balizas en forma de monolito negro, oscuro, cual tótem en manos de chamán. El uso de la imagen es tan prodigioso como el de la música, en la que se utilizan fragmentos de composiciones clásicas como los valses de Strauss o el inolvidable “Así hablo Zaratustra” de Richard Strauss, que despierta hasta atronar cuando el primer homínido descubre el uso de la herramienta como extensión de su cuerpo y mente. La película, que anticipa tecnologías que hoy son habituales como las tabletas o algo parecido a internet, y que plantea el reto de la Inteligencia Artificial en su tercera parte como quizás nadie haya logrado desarrollar, es tan profunda e intensa que muchos son los que se han inspirado en ella para desarrollar sus historias. Quizás sea Chritopher Nolan el director actual que trata de ser el Kubrick moderno, haciendo que cada una de sus películas sea la referencia en el tema que trata. Y en el caso de la ciencia ficción dura, Interstellar, otro monumento cinematográfico, bebe mucho de 2001, le homenajea, sigue y replica, y se erige como la mejor de las réplicas, si se me permite la expresión, u homenaje si queremos verlo desde otra óptica. Ambas tienen por detrás un amplio estudio científico para dar verosimilitud a la historia, y una profunda carga emocional y filosófica sobre el destino de la humanidad, el papel de los hombres en el universo y lo que denominamos “creación”. Pero es evidente que 2001, además del mérito de adelantar muchos de estos conceptos y dilemas, va más allá que la obra de Nolan. En todo momento lo que vemos es pura reflexión, que a veces podemos disfrazar de emoción y aventuras, pero que, como las grandes olas que azotan el primer planeta que visitan los personajes de Interstelllar al atravesar el “gargantúa”, se ven barridas por una carga de profundidad intelectual y de pensamiento que arrolla. En 2001 los actores, que lo hacen bien, poseen muy poco protagonismo, no son estrellas, la historia se los come y los conceptos que tras ella se desarrollan absorben todo el estrellato interpretativo. Resulta significativo que sea HAL 9000, el ordenador de la tercera parte, el personaje más creíble, el más humano, el que nos genera más empatía. Desde luego para mi mucha más que cualquiera de las personas humanas que se ven retratadas en todo el filme. Hasta los monos del principio pueden resultar más humanos que los individuos.

2001 no podría haber sido como es sin la presencia de Arthur C Clarke, autor de un pequeño relato “El Centinela” en el que se basa la historia. Clarke, científico, escritor y visionario, fue un genio absoluto que creó excelentes novelas de ciencia ficción y supo intuir el futuro de una sociedad interconectada mediante el uso de satélites y radiofrecuencias. Era tan visionario como el propio Kubrick, y la genialidad de ambos logró alumbrar una película que no deja de ser discutida, rebatida, admirada, criticada, incomprendida, alabada y sometida a todo tipo de debates, dudas y exégesis. La literatura entorno a la película es enorme y su actualidad, ayer y hoy, plena. Verla de vez en cuando es tanto un reto como un regalo. Háganlo y, a la salida, debatan sobre lo que han visto y les parece. Seguro que la conversación no acabará nunca.

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