lunes, abril 09, 2018

Auschwitz, siempre presente


Cuando el viernes comenté en el trabajo que iba este fin de semana a visitar la exposición sobre Auschwitz que se exhibe en el Canal de Isabel II hubo varios comentarios de desaprobación por parte de algunos compañeros, sobre el mal rollo que genera algo así y sus nulas ganas de visitarlo. No comparto su idea, creo que es una exposición a la que todos debemos ir, pero sí pensé, en mi interior, que ellos no la necesitan, porque el nombre de ese lugar permanece asociado al horror en su dimensión más profunda y horrible. Mientras esa asociación perviva, será difícil que vuelva a repetirse algo así. Mis compañeros se horrorizan al escuchar Auschwitz. Y eso es bueno. Ojalá pasase lo mismo con toda la humanidad.

La exposición es enorme, densa e intensa, no cae en el dramatismo fácil ni en la sensiblería, y supone un viaje por la historia de Europa desde el inicio de las teorías eugenésicas y nacionalistas hasta el auge del régimen nazi, pasando por épocas decisivas como la Primera Guerra Mundial o los turbulentos años de Weimar, marcados por la hiperinflación, la inestabilidad y el desorden. La documentación que se exhibe es abundante y los textos, muy bien trabajados, explican al visitante no experto el desarrollo de unas ideas que, como se anunciaron desde sus inicios por parte de los jerarcas nazis, sólo podían acabar en algo similar a la Solución Final, aunque nadie pudiera creérselo entonces (cuesta incluso asimilarlo ahora). Al principio hay una breve introducción a la imagen del campo de exterminio, a la sensación de los presos y a elementos icónicos de ese lugar, como son los trenes, los zapatos o los pijamas de rayas que llevaban los desdichados que moraban tras sus alambradas, pero rápidamente el visitante se sumerge en el devenir histórico que le va relatando años y años de la historia más cruel y absurda de Europa, de una Europa de la que somos hijos. El desarrollo de la II Guerra Mundial se explica de manera breve haciendo más hincapié en la evolución de los métodos genocidas nazis, basados inicialmente en los fusilamientos masivos que desarrollaban los grupos de las SS en las localidades conquistadas y en la experimentación de formas más “eficientes” de eliminación. Los campos de concentración que existieron desde el principio del régimen, inicialmente en suelo alemán, pero luego ya extendidos en todas las zonas ocupadas, fueron lugares en los que venenos, gases tóxicos y otro tipo de sustancias fueron testadas en los sujetos retenidos y eliminables, primero aquellos considerados infrahumanos, como deficientes mentales, incapaces, o pacientes psiquiátricos, y luego todos aquellos que el régimen considerase como susceptibles de ser exterminados. Auschwitz tiene una historia ideológica, sí, que es la fundamental, pero también una técnica y científica, que es la que acaba generando el inmenso complejo de campos de concentración en el este de Europa y su eficacia a la hora de lograr la eliminación de los allí recluidos. El papel que en este sentido jugaron las industrias alemanas, con IG Farben a la cabeza en el caso del complejo polaco, es innegable, y se muestra en la exposición de manera muy clara. Esa empresa montó una enorme planta de fabricación de goma sintética en los alrededores del campo, en la que empleaba como esclavos a algunos de los que no eran directamente seleccionados para el exterminio, de tal manera que el Auschwitz no es sólo una prisión, o un campo de exterminio, sino un complejo de instalaciones destinadas a la eliminación de personas y a la obtención de beneficio a mayor gloria del Reich. Allí se junta la locura asesina más refinada con la explotación laboral y el genocidio con la cuenta de resultados y la I+D+i aplicada. Un escenario de pesadilla, inmenso en todos los sentidos, que muestra como la tecnología y planificación más desarrollada de su época se destinan, en su integridad, al puro horror. No hay consuelo alguno en aquel lugar.

El último punto de la exposición se titula “el mundo perdido” y es un video de unos pocos minutos en los que se ven distintas escenas de personas europeas, de distintos orígenes, procedencias y credos, todas ellas a lo largo de los años treinta. Se ven bailes, celebraciones familiares, paseos por las calles, compras en tiendas, cosechas en el campo…. Esas personas son iguales que usted y yo. La tecnología que usan es distinta, pero lo que viven y sienten es lo mismo. Ellas habitaban un mundo que, en apenas unos años, se convertiría en lo más parecido al infierno que uno es capaz de imaginar, y eran incapaces siquiera de preverlo. Acongoja ver sus caras, gestos, sonrisas, miradas a cámara, llenas de ingenua normalidad. El lema de la exposición “No hace mucho. No muy lejos” se refleja en cada uno de esos rostros y nos recuerda que de nosotros depende que nunca nada como eso se vuelva a repetir.

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