lunes, abril 23, 2018

Un día del libro con Muñoz Molina


Hoy se celebra el día del libro, esa jornada anual de homenaje a las letras que, en Cataluña, maridan con las rosas bajo la vigilancia de Sant Jordi, costumbre que se va copiando en otros sitios, y es bueno que así sea. Copiemos de todas partes aquello que nos mejora. A la hora de comprar libros antes, como en casi todo, las cosas resultaban más sencillas. Las novelas eran novelas, los ensayos, ensayos, las biografías no eran nada ajeno a la vida de quien se relataba y los géneros, en definitiva, eran bastante estancos. Había experimentos curiosos, pero que no pasaban de ahí. La situación, creo que también para bien, y un paseo por una librería nos obliga a pensar, ante muchos títulos, en que género encuadrarlos, y las respuestas son múltiples.

De entre los últimos libros que he leído, uno que ejemplifica este dilema antes señalado es el último de Antonio Muñoz Molina, titulado “Un andar solitario entre la gente”. Ya en sus últimas obras Muñoz Molina solía intercalar pasajes vitales propios que mezclaba con el argumento principal del texto, pero ante este último trabajo del escritor podríamos debatir horas y horas sobre cuál es realmente ese argumento principal, qué es lo que cuenta el libro. Alguno podría estar tentado a decir que, literalmente, no cuenta nada, porque en su gran parte las más de cuatrocientas páginas del texto son una detallada descripción del vagabundeo del autor, de sus paseos, de su deambular por una ciudad, tres en concreto, Madrid, París y Nueva York, y su asombro ante lo que ve. No estamos ante un texto de viajero, o las impresiones de un residente en esas urbes. No es una actualización de “Ventanas de Manhattan” en el que el jienense relató sus primeras experiencias vitales en el Nueva York que le acogió hace ya algunos años. No, es algo completamente distinto. Perdido entre la marabunta, perdido en sus ensoñaciones, perdido vitalmente en medio de la bruma de una depresión que no se nombra como tal pero que se describe con acierto, Muñoz Molina se mueve por la ciudad como un elemento ajeno, se ve bombardeado por todo lo que le rodea, la inmensidad de anuncios, el ruido constante del tráfico, las voces y los chillidos, la constante publicidad que todo lo llena, en las calles, escaparates y medios de comunicación, y ante ese bombardeo, esa invasión del espacio en el que se mueve, el autor opta por diseccionarlo, trocearlo, recortarlo, reorganizarlo. Como si de un vagabundo se tratase, acumula objetos y papeles que encuentra en su paseo diario y forma con ellos collages en su casa, donde encuentra sosiego y trata así de organizar el caos que le rodea. A medida que el texto avanza se siente el lector más comprensivo con el alama de un escritor que se encuentra ausente del bullicio y que observa todo con ojos no de extranjero, sino de extraterrestre. Nada le es ajeno, que diría Montaigne, pero todo le resulta absurdo y distante. La sucesión de escenas y sonidos a las que le somete la realidad acaba formando un relato en el texto que puede llegar a hacerse absurdo al lector, o muy adictivo, según se trate. En mi caso ha sido lo segundo, sobre todo porque Muñoz Molina ha puesto negro sobre blanco impresiones que yo también he sentido varias veces, situaciones en las que todo el mundo a mi alrededor parecía actuar con total naturalidad en medio del bullicio y yo, sólo, rodeado de todos ellos, no entendía nada de lo que veía. Decenas y decenas de las páginas de este libro me resultan mucho más familiares que historias de relaciones de pareja o de otros sentimientos compartidos, porque nuestra vida ya no es tanto de robinsones urbanos, como tan bien nos definió el maestro hace años, sino de náufragos innombrados, directamente, sin apelativo ni título otorgado, navegando sin fin en medio de la urbe sin encontrar isla siquiera en la que poder poner pie.

En su tramo final, el libro cuenta un viaje iniciático, una de las últimas aventuras en las que se embarcó el autor, en Nueva York, que le supuso hacer una caminara de muchos kilómetros hasta la casa de Edgar Allan Poe, al final del Bronx. La obra en su conjunto es una búsqueda del sentido de la vida del autor, una llamada a la luz para escapar de la mencionada depresión vital y, también, un hermoso canto de amor a su mujer, Elvira, que en decenas de veces, creo que sin nombrarla, es citada como el puerto seguro al que ese náufrago aspira a llegar, a sabiendas de que allí podrá tener nombre, descanso, alegría y sentido su existencia. El texto es excelente, y el lugar en el que situarlo en las estanterías, un debate sin fin.

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