Miramos
poco a nuestro vecindario sur, y mal que hacemos, porque están mucho más cerca
de lo que creemos y su influencia también es intensa y creciente. Pensamos que
todo es Marruecos, pero ni mucho menos. Junto al reino alauí está Argelia, un
enorme país, de varias veces el tamaño del nuestro, desértico en su mayor
parte, que fue colonia francesa durante más de un siglo, que tiene muy malas
relaciones con Marruecos, y por el que las primaveras árabes, preludio de inviernos
islamistas, no pasaron, porque anteriormente ya sufrió lo suyo en forma de
guerra civil en los noventa, entre islamistas y el ejército.
En
los noventa el FIS, partido islamista, ganó la primera vuelta de unas
elecciones que le abrían la puerta al poder en Argel, y el miedo se extendió entre
parte de la población del país y el resto de los vecinos, y el ejército dio un
golpe de estado. Eso abrió la puerta a la guerra que antes he mencionado, que
desangró al país y ofreció una especie de preludio, en forma de salvajismo y
sadismo, de lo que luego veríamos en Siria o Libia. El ejército acabó ganando
la batalla y el poder volvió a los civiles, de manera oficial pero no completa,
tras unas elecciones en las que ganó Abdelaziz Buteflika, un hombre menudo que
desde hace veinte años preside el país. Buteflika ha ido encadenando victorias
en las dos décadas que lleva en el poder apoyado por el estamento militar y
siendo cada vez una figura más fantasmagórica, por su absoluta ausencia. Delicado
de salud desde hace mucho, en 2013 sufrió un derrame cerebral que le mantiene
postrado en una silla de ruedas y no se sabe mucho más. Son contadas sus
apariciones públicas, no se le ha escuchado palabra de su boca en años y consta
que pasa más tiempo hospitalizado en clínicas europeas de lo que reside en
Argel. ¿Gobierna el país? Todo el mundo sospecha que no, que es una camarilla,
participada por su hermano y algunos militares, los que realmente gestionan el
día a día, mientras que Buteflika ostenta un cargo que ni si quiera es capaz de
representar. Tras dos décadas de status quo parece que la tranquilidad se ha
roto en el país, o la paciencia se ha acabado. Como muchos de sus vecinos,
Argelia tiene una natalidad pujante, lo que hace que la media de su población
sea muy joven. Unos cuarenta millones de habitantes viven en un país cuyo
principal, casi único, recurso económico es la explotación de los
hidrocarburos, especialmente gas. Cerca del 90% de la economía de la nación es
ese sector, y precios bajos del petróleo condicionan el devenir de la sociedad
y de toda la vida del país. Muchos jóvenes, que sólo han conocido el mandato
del fantasma Buteflika, ven como el país se mantiene estancado en un extraño
limbo político sin visos de apertura, y las perspectivas laborales son escasas,
tendiendo a nulas. El número de inmigrantes ilegales que se lanzan a cruzar el
Mediterráneo crece sin parar, al igual que lo hace el de nacionales que acuden
a la metrópoli colonial, Francia, en busca de un futuro que ya no ven en su país
de origen. Aislado de las revueltas que sacudieron a Túnez y Libia, Argelia ha
sido un remanso de paz, impuesta por los militares y comprada por los ingresos
del gas, que parece haberse roto por el lado de siempre, el de la población
joven que tiene ansias de futuro y no lo ve. En nuestras sociedades envejecidas
ese problema existe, pero la proporción de jóvenes es muy escasa, mientras que en
las poblaciones musulmanas y, en general, en toda África, es la juventud la
inmensa mayor parte de la sociedad, dada su estructura demográfica, y sus
revueltas son capaces de conmocionar a todo el país. El
anuncio de Buteflika de optar al quinto mandato y presentarse vía carta, porque
ni es capaz de aparecer en televisión, ha soliviantado a muchos y abierto
la espita de unas protestas potencialmente peligrosas para la estabilidad del
país.
Cada
vez que encendemos el gas en España, más que en Putin, debiéramos pensar en
Argelia, desde donde nos llega un poco más de la mitad del total que
consumimos. Tenemos fuentes diversificadas, pero Argelia es para nosotros como
Rusia lo es para el centro y este de Europa en cuanto a suministro energético,
por lo que todo lo que suceda allí puede afectarnos de una manera mucho más
directa de lo que imaginamos. ¿Se encamina Argelia hacia una revuelta tipo
Egipto o Túnez? ¿Es un movimiento reformista auténtico lo que vemos o, como pasó
en otras naciones, el islamismo se esconde tras las manifestaciones? Y como
siempre, en estos países, la pregunta clave. ¿Qué papel va a adoptar el ejército?
¿Qué posición? Todo está abierto y desconozco las respuestas a estas y otras
muchas preguntas.
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