miércoles, noviembre 27, 2019

Blade Runner, noviembre de 2019


Llegué ayer a Madrid con el autobús a la hora prevista, aunque cierta congestión en la M30 hizo que entrásemos en la estación con unos diez minutos de retraso sobre el horario habitual. Lloviznaba, una capa de nubes bajas cubría el cielo y, por lo que pude apreciar, la parte alta de las torres de la Castellana. Desde la ventana del bus, mojada con incontables gotitas, no había paisaje, sino luces amorfas repartidas sin ton ni son, que lo llenaban todo pero eran indistinguibles. Correspondían a pisos y oficinas, sin saber muy bien a cuál correspondía cada una de esas presentes formas luminosas. La sensación que ofrecían era, con el plomizo cielo, de cierto agobio, abigarramiento.

En cierto modo, el paisaje de ayer era una demo, un pequeño juguete, que recordaba a esas escenas urbanas de Blade Runner que tanto hemos identificado con la ciudad distópica, futurista, moderna, decrépita y lluviosa que esa película nos enseñó a todos. En este noviembre, al que apenas le quedan unos pocos días, hemos llegado al futuro que se planteaba en esa película, ya que era el noviembre de 2019 el escenario temporal planteado por Ridley Scott en su obra. Estrenada en 1982, ponía su horizonte temporal treinta y siete años por delante, una cifra que no es corta, pero que se inscribe perfectamente en el ámbito vital del ser humano, y que desde nuestro tiempo actual nos llevaría a saltar hasta el 2056. La película no fue un éxito instantáneo, pero sí se consolidó como un referente del género en pocos años y como una obra imprescindible para los amantes del cine en otros años más. Su argumento es algo confuso, como todos los que se basan en las novelas de ese genio que era Philip K Dick, y contó con las interpretaciones de un Harryson Ford que lo bordó, como siempre, y un pequeño papel de Rutger Hauer, que prácticamente improvisó el discurso final de su personaje, esas lágrimas en la lluvia, que son ya parte de la historia del cine y del arte. Del futuro planteado en el filme no existen los replicantes, esos seres humanos creados artificialmente dotados de intelecto y fuerza, pero no de sentimientos, ni las colonias en el espacio en las que trabajan esos seres, ni nada que se le parezca, aunque uno pasea por la calle y se encuentra a ejércitos de humanos abducidos por su teléfono móvil que pueden pasar perfectamente por una subespecie. Sí tenemos con nosotros a las grandes corporaciones, de las que Tyrrell, al fabricante de los replicantes en la película, es el exponente credo por Scott para ejemplificar el poder creciente de los emporios tecnológicos e industriales, que hoy en día dominan parte de nuestra existencia. Las empresas tecnológicas más conocidas del mundo ocupan el papel de esa siniestra corporación que juega a ser el villano en la película pero que, como nuestras empresas del silicio, lo hace todo por el bien de la humanidad. Realmente creo que el filme no jugaba a ser futurista y acertar, quizás a sabiendas de que ese empeño siempre está condenado a un melancólico fracaso, sino que planteaba un dilema ético y humano que puede darse en un escenario futurista o no. El trabajo de los Blade Runner, los cazadores de replicantes, encarnados en el protagonista Rick Deckard, es el de desenmascarar los peligros que se encuentran sumidos en presuntos humanos que no lo son, y algo parecido es lo que realizan los cuerpos de inteligencia policial para captar células durmientes yihadistas, o la labor que día a día especialistas en seguridad y contraespionaje desarrollan rastreando la red persiguiendo perfiles falsos de boots, hackers y demás personajes que se hacen pasar por lo que no son para realizar actividades ilegales o, como mínimo, encubiertas. Hoy en día los replicantes no adoptan un cuerpo humano, pero cada vez más sí un lenguaje y una conversación en nuestras pantallas que les asemejan a nosotros, sin que lo sean, y nos puedan engañar. ¿Está Harryson Ford ahí para protegernos?

En el año de la película Japón era la estrella ascendente de la economía global, y quizás sean nipones los caracteres de la cartelería asiática que se muestra en muchas de las escenas de una supuesta Los Ángeles del mañana. Hoy es China el poder que crece sin freno, por lo que la peli sí acertó en la “asiatización” si se me permite el palabro, del futuro. Dentro de treinta y siete años no se cómo serán ni nuestras ciudades ni nuestras vidas, ni si estaré aquí para poder verlo, pero a buen seguro, cuando sea de noche y llueva, y las luces urbanas se difuminen en la lluvia posada en los cristales, a más de uno le vendrá a la mente la banda sonora de Vangelis y se acordará de esa película de replicantes que tanto impactó en su momento y, probablemente, siga tan viva.

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