viernes, noviembre 22, 2019

Napoleón vuelve a matar


Nunca he tenido muy claro el por qué en los tebeos a todos los personajes que adoptaban el papel de loco el dibujante los representaba como Napoleón, en una especie de convención general. El personaje cogía cualquier cosa y se la ponía en la cabeza imitando ese sombrero de doble pico paralelo a los hombros, se llevaba la mano al pecho y empezaba a andar con paso militar y cabizbajo, soltando peroratas incomprensibles, pensando seguramente en Jena o Austerlitz, y nunca en Waterloo. Reconozco que como recurso cómico funciona y al final uno asocia el personaje a la megalomanía y al fracaso, aunque su tumba parisina sea la exaltación absoluta de la “grandeur” en imagen y puro tamaño.

Bien, pues una noticia de estos días, que tiene su toque absurdo y cruel, me ha hecho recordar esa caracterización del pirado como un Napoleón en miniatura, asociado también a la muerte. En Rusia fue detenido un conocido historiador, experto en la época napoleónica, tertuliano habitual en los medios de allí y todo un personaje en lo social. Se le apresó tras verle introducirse en un río con una bolsa en actitud sospechosa. En esa bolsa llevaba fragmentos de un cuerpo humano, al parecer manos y trozos de brazos, con la intención presunta de arrojarlos al agua para deshacerse de ellos. La policía se alarmó y sacó al profesor semicongelado del río y lo llevó a su casa, donde encontró el resto del cuerpo de una joven de veintitantos años, alumna suya, con la que mantenía una relación desde hacía un tiempo, y con al que había colaborado en alguno de sus últimos libros. Al parecer el profesor la mató por celos profesionales, porque ella era ayudante en su trabajo, y empezaba, dijo el sujeto, a creerse algo y eso era imposible, había que impedirlo. Sokolov, el historiador, no se cortó mucho a la hora de pegar unos tiros a Anastasia, la estudiante y amante, y luego trocear el cuerpo, para ir eliminándolo poco a poco en una táctica impropia de un docente que sabe lo que puede hacer la policía, pero muy tópica de los asesinos desquiciados y de los personajes de películas de serie B. Sokolov llevaba hasta el extremo su adoración por la época napoleónica y se encargaba de dirigir la reproducción de batallas y escenas de esos años junto con muchos otros aficionados que existen a este tema de la reconstrucción histórica. Siempre se pedía un papel de, al menos, general de las tropas francesas, y se vestía con todo el boato y ceremonial. Al parecer en su vida privada también adoptaba costumbres decimonónicas y se sentía desubicado del tiempo en el que vivía, soñando con pertenecer a los inicios de un siglo XIX que conocía tanto como añoraba. Quizás las pulsiones del pequeño corso y su afán destructivo también anidaron en el corazón del moderno Sokolov, y cuando se ponía las chaquetillas de guerra le entraban ganas de invadir Moscú y, de paso, liquidar a todo el que se pusiera por delante. Tuvo la desgracia Anastasia de cruzarse en el camino del historiador, y de encontrar en su persona el objeto de afecto adecuado. Quizás fuera aquella una relación de amor sincero, puede que sólo un mero acuerdo mutuo de interés en el que ella hacía carrera y él tenía un público entregado para escuchar sus batallitas, siendo Anastasia la reencarnación de Josefina, o vaya usted a saber, pero en todo caso, como era muy típico en aquellos años franceses y, al parecer, en la actualidad rusa, Sokolov no se lo pensó mucho a la hora de cargarse a su pareja, y no parece que los remordimientos le cegaran en exceso. Quizás lo que más echó de menos fura una guillotina y una plaza de la Concordia para ajusticiar a su querida como debía ser en los años de la “grande armé”.

En el fondo Sokolov es muy probable que haya actuado por pasiones tan crueles y eternas como los celos y la envidia, que se extienden a lo largo de la historia sin distinguir ni de nacionalidades ni de épocas. Intuyo que amante absoluto del Guerra y Paz de Tolstoi, la mejor guía para entender las guerras napoleónicas en territorio ruso, la historia de Sokolov entronca mucho más con el Crimen y Castigo de Dostoievski y, si consigue dinero, podría ser un perfecto personaje de una película de Woody Allen, amante absoluto de la historia criminal de Raskólnikov y de personajes tan retorcidos, caricaturizables y, en el fondo, oscuros, como este asesino profesor e historiador.

Subo a Elorrio este fin de semana y me cojo festivo el lunes y martes. Pásenlo bien, usen el paraguas y nos leemos el miércoles 27.

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