Los platos de pasta me gustan
mucho, sin condimentos, sin aditamentos, pasta sola con poco tomate y nada más.
Y son un buen reflejo de la política italiana. Nutritiva, siempre sabrosa y
enredada hasta el límite. Es imposible coger un espagueti sólo de un plato, y
es igualmente imposible deducir un resultado electoral antes de que las urnas
se cierren. Al votar, los italianos son el país más sorpresivo, pasional y
caótico del mundo. Quizás en Bruselas se hayan negado a admitirlo, pero ahora
no les queda otro remedio que hacerlo, a ellos y a nosotros.
Y es que el resultado de las
elecciones italianas de ayer es, como mínimo, complejo, y entrando a
analizarlo, horroroso. Bersani,
el gris y plano líder del centro izquierda, el PSOE local, gana en el Congreso,
por apenas un puñado de votos a Berlusconi, pero gracias al premio en
escaños que consigue el partido que resulta vencedor obtiene la mayoría
absoluta y por tanto el control de esa cámara. Pero en el senado la cosa es
distinta, dado que los regalos a los ganadores en forma de escaños extra se dan
por circunscripción regional, y así un ganador en votos en el conjunto del país
no tiene porqué hacerse con la cámara, como de hecho parece haber sucedido,
dado que Berlusconi es el que más senadores posee, aunque les suene increíble
oírlo, como a mí. El
tercer partido en discordia en ambas cámaras es el movimiento populista y
antipolítica de Bepe Grillo, que ha obtenido un resultado aún mejor que el
que pronosticaban las encuestas, con un impresionante 25% de los votos. Grillo,
un histriónico, para mucho un bufón, para mi un peligro, mantiene un discurso
populista en extremo, faltón, zafio y destructivo, y ya ha anunciado que no
piensa pactar con nadie porque su objetivo es que todos los políticos se vayan
a tomar por el culo, que así rezaba su eslogan de campaña. Si a esto unimos que
el partido de Mario Monti, el tecnócrata, el serio profesor, el que ha sacado a
Italia de la debacle durante un año, el que fue impuesto por Bruselas, ha
obtenido un triste 10% de los votos nos encontramos con que probablemente las
dos cámaras italianas estén controladas por fuerzas opuestas, y lo que apruebe
una lo revoque la otra, y así una y otra vez. Italia se levanta hoy volviendo a
los años noventa, ochenta, setenta, sesenta…. Eras cuasieternas de gobiernos frágiles,
que apenas duraban un año, imposibles de sostener de ninguna manera, que sólo
se rompieron cuando tangentópolis, el escándalo de corrupción transversal que
afectó al país en los noventa, arrasó con la democracia Cristiana y el Partido
Socialista, y emergió un tal Silvio Berlusconi, que fue el que mantuvo los gobiernos
más sólidos, estables y duraderos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Suena
a chiste malo, pero es así. La incertidumbre que desde esta mañana se asienta
en el poder de Roma generará una onda de choque en toda Europa, que tal como
hizo ayer con la bolsa norteamericana, desestabilizará los mercados y llevará a
nuestra prima de riesgo de paseo por las nubes, pero más allá de los efectos a
corto plazo, abre una situación no sostenible que tiene difícil arreglo. O se
organiza un gobierno de salvación nacional, en el que la presencia de
Berlusconi en el mismo ya invalida el concepto de “salvación” o existe la posibilidad
de que vuelva a haber elecciones, como sucedió en Grecia, y creo que Grillo es
quien más desea que se produzca ese evento.
La verdad es que ayer, a medida
que el recuento avanzaba, mi incredulidad crecía, no tanto por el resultado de
Grillo, sino por el de Berlusconi, uno de los sujetos más repugnantes que
imaginarse uno pueda, que tras amagar con presentarse o no durante meses, en
apenas semanas de campaña ha conseguido casi ganar unas elecciones en las que
no contaba para nada allá por las navidades. ¿Por qué la gente vota a
Berlusconi? ¿Aspiran a entrar en sus fiestas bunga bunga y acostarse con sus
bellinas si les prestan su voto? ¿Envidian su riqueza y creen que algo les
caerá? Sinceramente no me lo explico, aunque siendo política italiana nada
tiene porqué tener explicación.
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